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¿El bien o el bienestar?

jueves, 6 de mayo de 2010

¿El bien o el bienestar?

Ramón Córdoba Palacio. M D.

En el ejercicio de su noble misión, la obligación del médico es buscar siempre para su paciente el bien, el mayor bien posible dentro de las limitaciones que plantee la condición clínico patológica de éste y también las propias -aunque cambiantes- de la medicina como actividad humana. Infortunadamente se proclama con frecuencia, y en medios académicos, que la actividad médica tiene como finalidad el bienestar de quienes la requieren. Más aún, con el propósito de procurar bienestar a los pacientes, se promueven procedimientos reñidos francamente con la ética médica personalista, ya que lesionan gravemente el respeto a la dignidad del ser humano que dicha ética exige en grado sumo, desde la fecundación hasta la muerte, sin que sea lícito optar por ninguna intervención para poner fin a la vida -ortotanasia-.

El tener claridad en el significado de ambos vocablos, el bien y el bienestar, no es un algo intrascendente, pues las con-ductas médicas que tengan por finalidad el procurar uno u otro pueden tener consecuencias benéficas o, al contrario, graves e irreparables daños para el paciente. La determinación de realizar el bien para el paciente no siempre trae aparejado lo que en el lenguaje ordinario se entiende y se reclama como bienestar ni a corto ni a mediano ni a largo plazo. La prescripción de una dieta más o menos estricta a un diabético, junto con fármacos parenterales que pudieran ser de rigor aplicarle una o varias veces al día, sin duda le causará molestia, pero no hacerlo cediendo a su deseo de bienestar sería una grave falta al deber médico de cuidar de la existencia y de la salud del paciente. Insistimos: “el bien” ontológico y moral no conlleva siempre lo que en el lenguaje ordinario se desea y se entiende como “bienestar”.
Si el deber primordial de la actividad del médico es procurar el bien del paciente “favorecer, no hacer daño”, enseña ya el Corpus Hippocraticum tenemos que ser conscientes de que ese bien puede ocasionar molestias de mayor o menor magnitud a quien lo recibe, al paciente, y el médico está ineludiblemente obligado, por respeto a la dignidad y a la libertad de aquél, a informarle con lenguaje comprensivo de acuerdo con su capacidad cognoscitiva, acerca de las conductas que debe adelantar y las consecuencias de rehusarlas para que pueda ejercer idóneamente su autonomía si está en condiciones de hacerlo. Más, si no es correcto que el médico imponga autoritariamente su criterio, tampoco lo es que deje de indicar lo adecuado así vaya en contra del bienestar y prefiera tergiversar su criterio profesional, honestamente fundamentado. Sobre este tema, el consentimiento idóneo o informado, volveremos en otra oportunidad.
No olvidemos que lo que el paciente confía al médico es, en primer lugar, el cuidado de su existencia, y que el diagnosticar y tratar enfermedades, el prevenirlas, la rehabilitación cuando sea necesaria, son simples elementos que le permiten cooperar con su paciente para que él lleve a cabo el proyecto de su vida como persona. Esos elementos que hacen parte de aspectos científicos y técnicos, la tecnociencia con los cuales cumple su misión el médico, pueden desviarlo de su verdadera meta si los hace absolutos y termina comportándose como un perito en procedimientos terapéuticos, diagnósticos, etc., desconociendo a la persona que requiere su atención y mirando sólo la entidad nosológica, el sistema u órgano enfermo, el examen paraclínico, etc., deshumanizando la más humana de las profesiones.
Ese bien que honestamente quiere hacer realidad el médico en su acción de ayuda a quien se confió a su cuidado, debe recaer «en el paciente mismo en cuanto titular y beneficiario de la salud por qué se lucha», como lo enseña Laín Entralgo, pues si otros intereses se interponen, por nobles que parezcan -la sociedad, el Estado, “el buen orden de la naturaleza”, etc.-, convertimos al paciente, que es un fin en sí mismo por ser persona humana, en “objeto”, en cosa explotada para ganancias de otros, menguando así su dignidad y la nuestra como profesionales, ya que nos comportamos como intermediarios mercantiles.

Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com.co/html/sep03/opinion/opinion.htm

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Medellín, Antioquia, Colombia
Magister en Filosofía y Politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana. Diplomada en Seguridad y Defensa Nacional convenio entre la Universidad Pontificia Bolivariana y la Escuela Superior de Guerra. Docente Investigadora del Instituto de Humanismo Cristiano de la Universidad Pontificia Bolivariana. Directora del Grupo de Investigación Diké (Doctrina Social de la Iglesia). Miembro del Grupo de Investigación en Ética y Bioética (GIEB). Miembro del Observatorio de Ética, Política y Sociedad de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del Centro colombiano de Bioética (CECOLBE). Miembro de Redintercol. Ha sido asesora de campañas políticas, realizadora de programas radiales, así como autora de diversos artículos académicos y de opinión en las áreas de las Ciencias Políticas, la Bioética y el Bioderecho.

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