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CASO TUSKEGEE Y LA TERRIBLE UNIDAD 731 JAPONESA

viernes, 31 de julio de 2009

Caso Tuskegee

Historia

En 1932 el PHS (Servicio Público de Salud) de los Estados Unidos decide llevar a cabo un estudio sobre la evolución de la sífilis en la población negra de Tuskegee, en el Condado de Macon (Alabama). Financiado con fondos federales se planteó como un estudio de casos y controles. Para ello fueron seleccionados unos cuatrocientos varones negros sifilíticos (de ahí lo de “claramente racista”), y otro grupo similar de doscientos no sifilíticos pobres y casi analfabetos sirvió de control. Su objetivo era comparar la salud y longevidad de la población sifilítica no tratada con el grupo control.


La gran vergüenza: planificación de la continuidad del estudio para ver la evolución de la sífilis sin tratamiento en la población negra

A los sujetos seleccionados para el estudio se les ofrecieron algunas ventajas materiales, incluso sanitarias, pero que en ningún caso incluían el tratamiento de la sífilis. También se les ofreció una comida caliente por día y cincuenta dólares en caso de muerte para solventar los gastos de su funeral.

Ante un entierro: los negros eran inhumados envueltos en un saco y la primera indemnización que recibían los pacientes tenía como fin poder costearse un ataúd. Para muchos esta era la mayor cantidad de dinero que habían recibido en su vida.

Además no se les informó de la naturaleza de su enfermedad y sólo se les dijo que tenían mala sangre (Bad Blood). Para explicar cómo se llegó a esta situación, el médico blanco que dirigía el ensayo utilizaba una terminología científica totalmente incomprensible para los sujetos.

El grupo de estudio fue formado como parte de la sección para enfermedades venéreas del servicio de salud publica de los Estados Unidos (PHS). El inicio del estudio Tuskegee se le atribuye comúnmente a Taliaferro Clark. Su propósito inicial era seguir el proceso natural de la sífilis sin tratamiento alguno, en un grupo de hombres afroamericanos, por 6 a 8 meses, para después continuar el seguimiento en una fase bajo tratamiento. Mas tarde, Clark accedió a la implementación de prácticas engañosas sugeridas por otros miembros del estudio. Clark se retiró del estudio un año después de haber comenzado.

En 1932 Raymond H. Vonderlehr era el director del experimento de Tuskegee. Personalmente realizó varios de los primeros exámenes físicos y procedimientos médicos. Vonderlehr desarrolló las políticas que moldearon la siguiente fase del proyecto. Fue él quien decidió obtener el “consentimiento” de los sujetos para la realización de punciones lumbares, en busca de signos de neurosífilis, promocionando las pruebas diagnósticas como un “tratamiento gratuito especial”. Vonderlehr se retiro como director de la Sección de Enfermedades Venéreas en 1943.

Jean R. Heller fue asistente de Vonderlehr y lo sustituyó como Director de la Sección de Enfermedades Venéreas del PHS. La dirección del experimento por Heller coincidió con la introducción de la penicilina en otras clínicas de la PHS como tratamiento de rutina para la sífilis, así como con la formulación del Código de Nuremberg, con el cual se buscaba proteger los derechos de los sujetos de investigación. El estudio fue expuesto a la opinión pública en 1972; Heller defendió los principios éticos del experimento hasta el final.

En los años treinta la comunidad científica tenía cierta confianza en el tratamiento de la sífilis si bien no se disponía de una terapia específica verdaderamente eficaz. Sin embargo, ya en 1936 se comprobó que las complicaciones eran mucho más frecuentes en los infectados que en el grupo control, y diez años después resultó claro que el número de muertes era dos veces superior en los sifilíticos.

Ya en 1947 la penicilina se había convertido en el tratamiento estándar para la sífilis. Antes de su descubrimiento, la sífilis frecuentemente conducía al desarrollo de una enfermedad multisistémica, crónica, dolorosa y fatal. En lugar de tratar a los sujetos sifilíticos con penicilina y cancelar el estudio, los científicos de Tuskegee se negaron a usar penicilina o a proporcionar información sobre la misma, con el objetivo de continuar el estudio acerca de cómo la enfermedad progresa y mata al paciente. Incluso se elaboró una lista con los nombres de los sujetos sifilíticos para evitar que les sea administrada (penicilina) por personal sanitario ajeno al ensayo. Los participantes también fueron persuadidos de entrar a otros programas de tratamiento que estaban disponibles para otras personas en el área.

Los que recibieron tratamiento antes de 1972 fue por médicos que no estaban relacionados con el estudio. La investigación continuó sin cambios sustanciales y se publicaron trece artículos en revistas médicas hasta que, el 27 de Julio de 1972 apareció un artículo en el periódico Washington Star condenando este caso. El artículo fue escrito por Jean Heller en respuesta a una carta enviada por Peter Buxtun. La noticia salió en la primera página del New York Times al día siguiente, momento en el que comenzó el escándalo y cesó el experimento. La justificación que dieron los investigadores fue que no hacían más que observar el curso natural de la enfermedad.

Para el final del estudio, sólo setenta y cuatro de los sujetos de experimentación continuaban con vida. Veintiocho de los hombres habían muerto directamente a causa de la sífilis; cien murieron por complicaciones derivadas de ella; cuarenta esposas de los sujetos de experimentación fueron infectadas; diecinueve niños nacieron aquejados de sífilis congénita. Los supervivientes recibieron tratamiento y una indemnización del gobierno que también percibieron los familiares de los fallecidos. Ninguno de los investigadores fue sancionado.

El estudio Tuskegee es frecuentemente citado como uno de los más grandes incumplimientos de ética y confianza entre el médico y sus pacientes. Además de que condujo a la elaboración del reporte Belmont y al establecimiento del Consejo Nacional para la Investigación Humana y los consejos Institucionales de Revisión de Protocolos de Investigación.

El 16 de mayo de 1997 el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, pedía disculpas a los ocho sobrevivientes del Experimento Tuskegee: “El gobierno de los Estados Unidos hizo algo incorrecto –profunda y moralmente incorrecto. Fue una atrocidad hacia nuestro compromiso con la integridad y la igualdad para todos nuestros ciudadanos… claramente racista.”

Caso

Una enfermera que colaboró en el estudio, hizo su declaración ante la comisión del Senado que investigó el caso.

La señorita Evers, enfermera de raza negra, intentó justificar el estudio por las ventajas que aportó a la población negra de Tuskegee: por primera vez el gobierno estadounidense se preocupaba por los negros y ofrecía asistencia médica gratuita. Para ella lo más importante era que se percibiera esta preocupación por la gente de color.

Ella mostró una conducta ambivalente. Por un lado percibió las ventajas, ante todo sociales frente a la cuestión racial y, en su afán porque prosiga el experimento, llegó incluso a trastocar el concepto de secreto profesional que, lógicamente, debería referirse a la preservación de la intimidad de los pacientes y, en cambio, consideró un deber moral guardar secreto sobre el engaño a que están sometidos.

Pero por otro lado se dio cuenta del perjuicio que suponía no recibir el tratamiento y abogó porque se les administre el antibiótico, planteándose abandonar el programa por problemas de conciencia. Finalmente acabó robando penicilina con objeto de aplicársela a uno de los sujetos. Es curioso los esfuerzos que hizo para informarle de la posibilidad de reacciones adversas y su preocupación porque sea el propio paciente quien tome la decisión de recibir el tratamiento, a pesar de encontrarse ya en una fase de la enfermedad que afectaba su capacidad de entendimiento.

Asombrosamente, en su declaración, Evers acabó justificando el experimento Tuskegee porque perseguía un “bien más amplio”, aunque resaltando que nunca se habría realizado en una población blanca. Ella también creía haber vivido un momento histórico y consideraba que los perjuicios ocasionados a los pacientes podían justificarse por los beneficios obtenidos para la comunidad negra en general.

LA TERRIBLE UNIDAD 731 JAPONESA

Al terminar la Primera Guerra Mundial en 1918 los médicos de ejército japonés comenzaron a estudiar los productos químicos y biológicos usados durante los combates en Europa. El Comandante Terunobu Hasebe fue asignado para controlar los resultados obtenidos por un equipo de 40 científicos dirigidos por el doctor Ito. Pronto las observaciones del grupo de expertos demostraron que se trataban de armas capaces de producir devastaciones masivas en los ejércitos enemigos, pero para el orgulloso ejército japonés aquello resultó demasiado deshonorable. Sin embargo, esta actitud cambiaría tras el viaje de un, entonces, desconocido médico a occidente.

Ishii Shiro se graduó en la Universidad de Kyoto en 1920, e inmediatamente entró en el ejército. En 1924, volvió a la Universidad de Kyoto para cursar estudios especializados, casándose con la hija de Torasaburo Akira presidente de la universidad, doctorándose en 1927. Un año después fue enviado a Europa con el cargo de agregado militar, viajando durante dos años en diversas ocasiones a América, familiarizándose con las investigaciones biológicas de los países Occidentales. A su regreso a Japón se consagró a promover, investigación y fabricar armas biológicas. Su teoría se basaba en que la guerra moderna sólo podría ser ganada con el uso de la ciencia y su capacidad para producir armas de destrucción masiva.

Un hecho fortuito ayudó a implantar las teorías de Ishii. Tras su regreso de Europa, un tipo de meningitis hizo erupción en Shikoku. Ishii diseñó un filtro de agua especial que ayudó a parar la expansión de la enfermedad. Su capacidad como bacteriólogo comenzó a ser famosa, sobre todo en el ejército, donde presentó la epidemia como una muestra del resultado que podían dar sus armas científicas.

Las armas biológicas industriales resultaban ideales para su país cuyos recursos naturales eran muy pobres. En plena carrera armamentística, poco importó su falta de moralidad, Ishii encontró partidarios poderosos de sus ideas en el ejército: el Coronel Tetsuzan Nagata, jefe de asuntos militares; el Coronel Yoriniichi Suzuki, jefe de lST, la sección táctica del Estado Mayor del Ejército Imperial; el Coronel Ryuiji Kajitsuka jefe de buró médico del ejército; y el Coronel Chikahiko Koizumi, cirujano jefe del Ejército. El apoyo definitivo vino de la mano del Ministro del Ejército Sadao Araki líder de la facción fundamentalista del ejército "proceder imperial".

El 18 de septiembre de 1931, Japón ocupó el todo del nordeste de China. Ishii y su unidad para investigación bacteriológica se estableció al norte de Manchuria, en donde el ejército de Kuantung podía mantener un suministro ilimitado de prisioneros chinos para realizar toda clase de experimentos humanos.

Al final de agosto, 1932, Ishii llevó un grupo de 10 científicos de la Universidad Médica del Ejército hacer una gira de Manchuria y regresó con la decisión para asentar definitivamente su centro de investigaciones en un lugar cerca del rió Peiyin a 20 kilómetros sur de Harbin. El centro se inauguró a finales de 1932 bajo el nombre de Unidad de Kamo o Unidad de Togo. Ishii fue promovido a coronel y recibió un presupuesto de 200.000 yens.

En 1936 se establecieron definitivamente dos unidades por orden de Emperador Hirohito: una era la unidad de Ishii bajo el nombre de "Prevención Epidémica y Sección de purificación de Agua del Ejército de Kuantung" (el nombre no se cambió a Unidad 731 hasta las 1941), que fue trasladada a una nueva base en Pingfan a 20 kilómetros al sudoeste de Harbin. La segunda fue la Unidad de Yujiro Wakamatsu (después cambió a Unidad 100) estableciéndose en Mengchiatun, cerca de Changchun, con el nombre de “Sección de Prevención de la Enfermedad Veterinaria del Ejército de Kuantung”. En junio de 1938, la Unidad 731 tuvo lista su base de Pingfang que ocupaba una área de 32 kilómetros cuadrados ocupada por 3.000 personas entre científicos y técnicos.

En la campaña del 13 de agosto de 1937, y ante la atenta mirada de las armadas occidentales, el ejército japonés usó gas venenoso contra las tropas chinas. Antes de entrar en guerra contra los aliados Japón usó por lo menos en cinco ocasiones productos de guerra bacteriológica en China, intentando producir epidemias y plagas: el 4 de octubre de 1940 un avión japonés dejó caer bacterias en Chuhsien, provincia de Chechiang, causando la muerte de 21 personas; el 29 del mismo mes otro avión japonés lanzó bacterias sobre Ningpo, igualmente en Chechiang, matando a 99 personas; el 28 de noviembre del mismo año, los aliados se enteraron de que aviones japoneses habían dejado caer gérmenes en Chinhua pero no produjeron víctimas; en enero 1941 Japón extendió gérmenes en Suiyuan y Shansi causando erupciones epidémicas de cierta consideración.

Estados Unidos, ante estos resultados no tomó el programa biológico japonés en serio, posiblemente porque Japón estaba muy lejos y no podría lanzar un ataque masivo contra el continente americano. Los informes de la época, sorpresivamente, también afirman que los militares estadounidenses creían que los japoneses serían incapaces de desarrollar sofisticadas armas biológicas sin la ayuda de “hombres blancos”. En agosto 1942, el periódico médico Rocky Mountain publicó un largo artículo con el título "Pruebas de guerra de gérmenes japonesas contra chinos” asombrando a los desprevenidos americanos.

Entre el gran número de prisioneros japoneses capturados en el Pacífico Sur se habían localizados a médicos especializados en la guerra de destrucción masiva. Se averiguó que Japón sólo les había dejado saber lo que les convenía antes de entrar en guerra. Su programa se encontraba mucho más avanzado de lo que jamás habían sospechado. Los americanos se enteraron entonces que Tokio era el centro para la experimentación biológica y por primera vez surgió el nombre de Ishii Shiro como precursor de la guerra biológica japonesa con su unidad camuflada como especialistas en prevención epidémica tras la oficina principal de purificación de agua a Harbin. De pronto, el tamaño de Unidad 731 y sus bombas de gérmenes y virus resultaron un peligro real.

La enorme distancia que separaba a Japón de Estados Unidos parecía su protección más segura, pero los japoneses habían ideado un sistema increíblemente sencillo y barato de alcanzar el continente enemigo. Varios sumergibles nipones ya habían lanzado globos con cargas incendiarias sobre las costas de Estados Unidos y Canadá. Los aliados los consideraban como un arma ridícula que no obtenía ningún resultado, sólo producía pequeños incendios. Aquellos incendios eran observados desde los sumergibles anotándose el éxito o el fracaso de alcanzar la costa, de tal modo que Ishii y sus hombres pudieran calcular la cantidad de globos que se debían lanzar con armas biológicas para que pese a los fallos su resultado fuera letal. Los globos “Fugo” resultaron un peligro inesperado.
Sólo una semana después de Japón se rindió, el coronel Sanders se encontraba entre el primer grupo de americanos que aterrizó en Japón. Su misión era localizar la máquina de guerra biológica japonesa y al propio Ishii lo más pronto posible. En los siguientes tres meses, Sanders interrogó a muchos miembros militares y científicos de Unidad 731, entre ellos a Yoshijiro Umezu, Jefe del Personal del Ejército de Kuantung, al Comandante en Jefe del Ejército, el diputado coronel Tomosa Masuda, al especialista Jun'ichi Kaneko, pero no el propio Ishii que siempre se le escapaba de las manos.

En septiembre de 1945, Sanders descubrió que la Unidad 731 estaba envuelta en horrorosos experimentos con humanos. Informado el general MacArthur de las increíbles torturas y suplicios por los que habían pasado, no sólo los presos chinos, sino los propios americanos contestó: "Necesitamos más evidencias. Simplemente no podemos actuar sin más. Siga yendo. Haga más preguntas. Y quédese callado sobre todo esto".

Sanders estuvo sólo diez semanas en Japón pues comenzó a sentirse enfermo. Se trataba de una tuberculosis que tardó en curar dos años. La segunda fase de investigación fue realizada por el teniente coronel Arvo T. Thompson, un veterinario.

Cuando Coronel Thompson llegó a Japón, el Tribunal Militar Internacional para el Este Lejano apenas había comenzado sus juicios sobre los criminales de guerra japoneses. Por fin fue localizado Ishii Shiro. Intentando ocultarlo a los soviéticos se le declaró muerto, se publicó la noticia en los periódicos y se simuló un entierro en su pueblo natal. El interrogatorio de Ishii duró desde 17 de enero al 25 de febrero de 1946.

Ishii cambió sus conocimientos no sólo por su indulto y el de sus hombres; también por que fuera borrado por completo su historial y pudiera llevar una vida normal. Shiro Ishii tras su estancia en Estados Unidos volvió al Japón recibiendo los máximos honores. Murió en 1959 de un cáncer en la garganta tras haber sido gobernador de Tokio, presidente de la Asociación Médica y del Comité Olímpico del Japón en la posguerra.

Aquella protección a unos científicos que causaron el sufrimiento y el dolor sin el menor remordimiento repelió a muchos de los americanos que intervinieron en su protección y ocultamiento. El coronel Thompson terminó suicidándose y el general McArthur se manifestó en contra de aquella actuación de su gobierno y fue retirado de la misión por petición propia.

Experimentos con seres humanos similares a los realizados por el grupo de Ishii, se habían condenado como crímenes de guerra por el Tribunal Militar Internacional en el juicio contra los criminales de guerra nazis, comenzado en Nuremberg el 30 de septiembre de 1946. Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos perdonó a los científicos japoneses a cambio de sus secretos en la guerra bacteriológica amparándose en la excusa de que se aproximaba un posible enfrentamiento con la Unión Soviética.

Experimentos realizados por la unidad 731

· Disección de personas vivas para experimentos de laboratorio y en ocasiones asesinados simplemente para documentar la muerte. El número de personas utilizado para este fin iba de las 400 a las 600 cada año.

Médico japonés examina las vísceras de un prisionero atado y sin anestesiar.

· A partir de la segunda mitad de 1940, las tropas agresoras japonesas empezaron el uso a gran escala de armas bacteriológicas, y desencadenaron todo tipo de enfermedades infecciosas como el cólera, el tifus, la pestilencia, ántrax, difteria y bacteria de la disentería.
· Congelaban a los prisioneros y los sometían a técnicas de deshidratación severas y documentaban la agonía.

Los prisioneros chinos recibían el nombre de marutas (madera para quemar). En esta imagen sus cuerpos congelados esperan ser analizados.

· Los exponían a bombas para aprender a curar a los heridos japoneses. Bombardearon poblados y ciudades chinas con pulgas infectadas y dieron a los niños golosinas con ántrax. Después entraban para comprobar los daños a la población y se llevaban enfermos todavía vivos para abrirlos y perfeccionar el arma.
· Contaminaron las fuentes de agua.
· Algunos de los experimentos llevados a cabo allí incluían inyectar a los sujetos con bacterias causantes de la peste bubónica producidas en moscas infectadas, para luego registrar la evolución de la enfermedad e incluso disecarlos en estado consciente.

Prisioneros dejados a merced de las ratas para comprobar su capacidad de contaminación

· Los japoneses no dejaron nada sin probar: hongos, fiebre amarilla, tularemia, hepatitis, gangrena gaseosa, tétano, cólera, disentería, fiebre escarlata, ántrax, muermo, encefalitis de las garrapatas, fiebre hemorrágica, difteria, neumonía, meningitis cerebroespinal, enfermedades venéreas, peste bubónica, tifus, tuberculosis y otras endémicas de China y Manchuria. Realizaron pruebas con cianuro, arsénico, heroína, con veneno de serpientes y de pez erizo. En este programa murieron más de 10.000 personas.

Una mujer embarazada es descuartizada para analizar los efectos de los productos en ella y el feto.


· Algunos murieron como consecuencia de las investigaciones. Otros fueron ejecutados cuando quedaron tan débiles que no podían continuar en la Unidad 731 y en otros tantos puntos se hicieron tests con insectos, y todo tipo de gérmenes. Se probaba la resistencia humana al botulismo, ántrax, brucelosis, cólera, disentería, fiebre hemorrágica, sífilis y también la resistencia a los rayos X.



Conclusiones

· Estos dos casos son un claro ejemplo de aberrantes abusos de sujetos humanos. Es por eso que en 1974, el Congreso Estadounidense crea una comisión para abordar el problema de la experimentación con sujetos humanos, formada, no sólo por científicos, sino también por otros profesionales: filósofos, juristas, teólogos, sociólogos, etc. Cuatro años más tarde esta comisión da a conocer sus conclusiones en el llamado Informe Belmont,

· Está claro que en los dos casos tratados se transgreden los Principios Bioéticos.

o El de beneficencia, ya que no se buscó el mayor bien de los pacientes.
o El de autonomía, al no haber obtenido su consentimiento en base a una información adecuada y llevando a cabo actuaciones bajo engaño.
o El de justicia, pues no hubo una selección equitativa de los sujetos y se utilizó una población tan vulnerable como la de negros indigentes, ofreciéndoles además ciertas ventajas como medio de coacción.
o El de no-maleficencia, el de más categoría moral desde la época hipocrática, pues no administrar un tratamiento indicado es maleficente y puede llegar a ser homicidio por omisión.

· Es evidente también que en los dos experimentos mencionados no se tienen en cuenta los siguientes artículos de Nüremberg:

o art. 1º: “Es absolutamente esencial el consentimiento voluntario del sujeto humano. Esto significa que la persona implicada debe tener capacidad legal para dar consentimiento, su situación debe ser tal que pueda ser capaz de ejercer una elección libre, sin intervención de cualquier elemento de fraude, engaño, coacción u otra forma de costreñimiento o coerción; debe tener suficiente conocimiento y comprensión de los elementos implicados que le capaciten para hacer una decisión razonada y consciente. Este último elemento requiere que antes de que el sujeto de experimentación acepte una decisión afirmativa, debe conocer la naturaleza, duración y fines del experimento, el método y los medios con los que será realizado; todos los inconvenientes y riesgos que pueden ser esperados razonablemente y los efectos sobre su salud y persona que pueden posiblemente originarse de su participación en el experimento (…) “

o art. 9º: “Durante el curso del experimento el sujeto humano debe estar en libertad de interrumpirlo si ha alcanzado un estado físico o mental en que la continuación del experimento le parezca imposible”.

· En el experimento de Tuskegee se llega incluso a trastocar el concepto de secreto profesional que, lógicamente, debería referirse a la preservación de la intimidad de los pacientes y, en cambio, considera un deber moral guardar secreto sobre el engaño a que están sometidos.

· El médico, antes que investigador, debe ser el protector de la vida y la salud de su paciente, y el sujeto que participe en una investigación debe recibir el mejor tratamiento disponible. Ninguna de estas normas éticas fue aplicada en los casos estudiados.




FUENTES DE INFORMACIÒN

Fuentes Hemerográficas

· Agustín del Cañizo Fernández- Roldán. “El experimento Tuskegee/ Miss Evers’ Boys (1997). Estudio de la evolución de la sífilis en pacientes negros no tratados”. Revista Med Cine 1 2005; 12- 16

Fuentes Electrónicas

· http://www.sau-net.org/comites/bioetica.htm
· www.usal.es/~revistamedicinacine/numero_1/version_espanol/esp_1/tuske_esp.pdf
· http://www.revistacts.net/4/10/015/file
· http://laperiferiaeselcentro.blogspot.com/2007/07/el-experimento-tuskegee.html
· sgm.casposidad.com/prensa/u731.htm
· www.editorialbitacora.com/armagedon/unidad/unidad.htm


Tomado de:
UNIVERSIDAD DE SAN MARTÌN DE PORRES
FACULTAD DE MEDICINA HUMANA
Curso: Ética y Deontología Humana

Temas: Caso Tuskegee y Unidad 731
Docente: Dr. Alfredo Benavides
Integrantes: Rosalia Vílchez Ruidías
CHICLAYO-PERÙ
2008

Groningen: un protocolo intolerante

Groningen: un protocolo intolerante

Carlos Alberto Gómez Fajardo, MD - elpulso@elhospital.org.co
Es muy conocido en la práctica médica contemporánea el efecto negativo que tiene lugar cuando en la misma priman la despersonalización, los fríos criterios “costo-eficiencia”, el manejo burocrático y normativo en el cual intervienen impersonalmente protagonistas -enfermos y médicos- que se convirtieron en sujetos sin rostro, distantes, apáticos funcionarios o usuarios que reducen sus actuaciones a las de robots de un escenario de “protocolos”, rodeado de muros altos, fríos y sin ventanas.
Una prueba -actual y dramática- de esta alteración del original “ethos” humano de la profesión médica, está en la propuesta de unos pediatras holandeses que defienden la muerte selectiva (infanticidio) de niños con severos trastornos, especialmente los nacidos con mielo-meningocele. Se trata del “Protocolo de Groningen”. En criterio de esos funcionarios, hay niños cuya “calidad de vida” no cumple con requisitos mínimos para ser aceptados por la sociedad. Por tanto, deben ser “suprimidos”, para evitarles sufrimientos a ellos y a sus padres. Hay cuestionamientos lógicos ante aquella concepción utilitarista del acto médico, que se torna en acción a favor de la muerte. Quizás por su evidencia parezca sorprendente la necesidad de afirmarlo, pero así es: con el Protocolo de Groningen se pretende violar descaradamente la Declaración Universal de Derechos Humanos en su artículo 3º: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.Hay otro olvido injustificable en la sociedad europea de inicios del siglo XXI: se deja de tener en cuenta que precisamente en el Código de Nuremberg, se hizo énfasis en la situación de las personas con limitaciones de la autonomía. Se impone el deber de tener especial cuidado con el tema de consentimiento: “…el consentimiento voluntario del sujeto humano es absolutamente esencial”. Al olvido de las lecciones de Nuremberg sobre el consentimiento en poblaciones en situación de fragilidad, se añaden otros olvidos: La declaración de Helsinki-Tokio (1964-1975) reza en su introducción: “La misión del médico es velar por la salud de la humanidad. Sus conocimientos y su conciencia deben dedicarse a la realización de esta misión”.Sobre todo, hay una falta de memoria histórica, con honda cercanía geográfica: pretenden olvidar los pediatras holandeses que precisamente con la Alemania nazi se dio inicio a las políticas de exterminio mediante la institucionalización de la muerte de algunos calificados como indeseables -comenzando por los niños enfermos- decretada por los “Tribunales de Eugenesia”.Hoy reaparece la mentalidad costo-eficiencia de aquellos ominosos años 20 del siglo pasado: se imponen los criterios de “calidad de vida”, que pretendiendo objetividad llevaron a la sociedad a creer que realmente era un beneficio la aniquilación de los que fueron rotulados “indeseables”. Alfred Hoche y Karl Bingding sostuvieron esas tesis en aquel ambiente académico y jurídico: había vidas “que no merecen ser vividas…”. Los modernos pediatras holandeses que proponen el fatídico “Protocolo de Groningen”, copian las políticas de eugenesia que Europa habría querido olvidar. A ello se suman otros planes de gran alcance, como el “Eurocat Working Group”. Cuánta actualidad tienen hoy las palabras de H. Arendt (“Responsabilidad y juicio”; Paidós, Barcelona 2003): “… Auschwitz había sido creada para la ejecución de matanzas administrativas que debían llevarse a cabo con arreglo al más estricto reglamento. Dicho reglamento había sido redactado por los asesinos de despacho y parecía excluir -probablemente había sido redactado precisamente para eso- toda iniciativa individual, para bien o para mal. El exterminio de millones de personas fue planificado para que funcionara como una máquina…”.¿Es aquella máquina de exterminio diferente de lo que hoy se conoce como “Protocolo de Groningen”? .

http://www.periodicoelpulso.com/html/0904abr/opinion/opinion.htm

El homicidio de Eluana Englaro

El homicidio de Eluana Englaro
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co

¿Fue la trágica muerte de Eluana Englaro un homicidio o el desenlace natural de una enfermedad terminal? Los medios de comunicación de masas dieron la noticia con más o menos espectacularidad y algunos promovieron debates o comentarios que en general mostraron un mayor o menor desconocimiento del tema que analizaban. Alguno de estos comentaristas trató de sentar doctrina pero sólo exhibió su gran ignorancia -la ignorancia es siempre atrevida- en lo relacionado con la antropología filosófica y la simple biología.
Si Eluana mostraba actividad cerebral, si no había “muerte cerebral” no obstante su coma profundo, Eluana debía considerarse como persona viva, con vida humana, y las medidas para provocar su muerte constituyen éticamente un franco homicidio. En el lugar en el cual se desarrollaba esta vida no es posible pensar que una sonda gástrica sea un medio extraordinario de atención a una persona enferma y menos aún el suministro de alimento ordinario y de líquido que satisficieran las necesidades básicas de una persona según su peso y área corporal. No necesitaba la ayuda de un respirador: su respiración se cumplía naturalmente. Si sufría dolores físicos o angustia psíquica durante su existencia debemos afirmar sin ninguna duda que el médico tratante no cumplía con su primordial deber: tratar por los medios a su alcance de suprimir el dolor físico y la angustia psíquica. Así lo proclama la bioética personalista cuando nos enseña sobre la ortotanasia, es decir, la atención al enfermo sin prolongar su agonía y sin acortar su existencia, procurándole todos los recursos físicos, emocionales proporcionales e inclusive religiosos, adecuados a su condición clínico-patológica. Es el verdadero derecho a morir con dignidad. En Eluana, según los datos conocidos de la necropsia, no había ninguna condición patológica que la llevara a un desenlace fatal y su muerte se produjo por deshidratación. En otras palabras: Eluana fue condenada a morir cruelmente de sed y de hambre por decisión de su propio padre y por desconocimiento de los deberes éticos del médico que accedió a ser verdugo. Se condenó a muerte, y muerte cruel, a un enfermo porque su padre no soportaba más el sufrimiento que alcanzó 17 años, un padre que según las noticias pocas veces la visitaba. Pero lo aberrante, lo horrendo, es considerar como conducta honesta suprimir la vida de alguien porque otra persona, cualquiera sea el rango de afinidad, está sufriendo. Aceptar este modo de actuar es aceptar la conducta de las peores tiranías que ordenan suprimir vidas humanas porque la presencia de esas personas causa zozobra, inquietud y tienen el poder de quitarlas de en medio; es aceptar en nuestra historia las muertes en épocas nefandas de “niños de la calle” para evitarles a ellos y a la sociedad la carga que representaban. Es aceptar la ley del más fuerte, la ley de la selva más abominable cuando la aplica el animal racional, sociable por naturaleza, capaz de solidaridad, capaz de amar al más necesitado, al más débil.La eutanasia bien sea por acción o por omisión es siempre un homicidio, “homicidio por piedad” le denominan algunos autores, y desde la ética no puede justificarse. Este juicio no es cuestión religiosa sino simple y llanamente antropológico: ¿Qué se suprime? ¿Se puede condenar a muerte a quien no cometió ninguna falta? ¿Hay alguna razón superior al respeto a la vida, a la dignidad intrínseca e incondicional y a la libertad del ser humano?Sí, asesinaron a Eluana, y el autor intelectual de este homicidio fue su propio padre. Y el verdugo, alguien que por su profesión, por su preparación académica y por el êthos de su profesión debió cuidar de ella, debió asistirla sin otra consideración que el sumo respeto por su vida y su dignidad intrínseca e incondicional.Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com/html/0904abr/opinion/opinion.htm

Hecho irrefutable: No podemos matar a los que matan


No podemos matar a los abortistas. Nos convertiríamos en asesinos también. Repudiamos cualquier tipo de violencia contra los abortistas. ¡Que la ley se encargue! Oremos por los que matan.

http://www.mscperu.org/grafic/caricat_aborto/violenciaclinica.html

Imagínese: Usted tiene el poder de condenar a la silla eléctrica

Leyenda: 'La elección'. Usted es juez y jurado cuando aborta. Pero también se conviernte en verdugo cuando compra la píldora para el día después. Pena de muerte para el niño recién concebido. Comprar esta pastilla es como condenar a su hijo a la silla eléctrica. Usted es el verdugo.

http://www.mscperu.org/grafic/caricat_aborto/ramirezfdg.html

Mentira Mortal: Necesitamos matar para progesar


Nos quieren amedrentar. Dicen que no habrá espacio suficiente para nadie, ni recursos. No podremos avanzar. Llegará el momento cuando el progreso ya no progresa. Así dicen.. ¿Desde cuando matar es progresar?

Incoherencia: ¿Por qué tanto escándalo?


Sensibilidad e Insensibilidad. Dice el periódico: 'Mujer arrestada por tirar a la basura infante". ¿Por qué los que defienden la libertad para escoger entre la vida y la muerte del feto demuestran tanta indignación habiendo dejado que maten a millones sin derramar siquiera una lágrima.

Mentira Mortal: Las leyes modernas del aborto fomentan el progeso

Llaman el permiso para el aborto;libertad para escoger" y las leyes las consideran hitos en el progreso de la humanidad. ¿Alguién le ha preguntado a los niños en el seno de la madre si quieren vivir o morir?

http://www.mscperu.org/grafic/caricat_aborto/cruces.html

Adivinanza cruel e Incoherencia ¿A cuál de los dos han metido en la cárcel?

Ya lo habrá adivinado. Al primero le dan cadena perpetua por matar a un niño no-nato. Al otro le pagan aunque mate a miles. Se busca a los terroristas porque matan a la gente. Se busca a los asesinos porque matan a la gente. Se busca a los pervertidos porque matan a la gente. ¿Por qué no se busca a los médicos abortistas? Matan a la gente.

http://www.mscperu.org/grafic/caricat_aborto/criminal.html

Mentira Mortal: No sufren al ser abortados

Está comprobado que ya desde temprana edad el feto es sensible al calor, a la luz, al dolor. Piense un poco si le hicieran a usted lo que hacen a estos niños...

http://www.mscperu.org/grafic/caricat_aborto/comoabortar.html

Tú también fuiste feto alguna vez. ¡Han dejado que vivas!


Leyenda: "Estoy en contra de la RU486 ( píldora abortiva que la llaman eufemísticamente 'para el día después) porque yo alguna vez he sido un feto". Lea la propagando de los que hacen comercio con la muerte. Estas palabras congelan la sangre de cualquier persona que respete la vida.
"Laboratorios Danco, una compañía farmacéutica para la salud de las mujeres, se complace en presentar Mifeprex, la primera píldora aprobada por la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos (FDA) para terminar un embarazo temprano. Mifeprex está disponible directamente en la oficina de un doctor o en un centro médico, y se puede tomar desde el momento en que la mujer se entera que está embarazada hasta siete semanas después del inicio de su última menstruación. Efectos colaterales. Hemorragia vaginal y colico abdominal son normales en el proceso. Las mujeres pueden experimentar una hemorragia similar o mayor de la que tienen cuando su menstruación es abundante, y el flujo con sangre puede durar un promedio 9 a 16 días. En algunos casos, las mujeres pueden presentar con una hemorragia y deberan llamar a su medico inmediatamente. Los efectos colaterales que pueden presentarse son náuseas, dolor de cabeza, vómitos, diarrea, mareos, cansancio y dolor de espalda. Ud. puede tomar un analgésico para aliviar las molestias. Con Mifeprex, se acabó la espera."

Incoherencia: Es muy consolador. Hay menos abortos

¿Las estadísticas muestran que hay menos abortos en tal año? Es que hay más ancianos, menos gente, menos jóvenes. Esto significa menor porcentaje de abortos. Los muertos muertos están. ¿Nos tranquilizamos porque hay menos asesinatos. Alma mía come y bebe...

http://www.mscperu.org/grafic/caricat_aborto/abortomenos.html

No podemos declarar al feto especie en peligro de extinción


Leyenda: "Quisiera ser una ballena". Declararon solemnemente a nivel mundial que la ballena era una especie en peligro de extinción, es decir, en peligro de desaparecer del mapa. Los gobiernos solemnemente se comprometieron a cuidar esa especie. ¿Porque no quieren cuidar a sus hijos?

Mentira Mortal: El feto es una masa de tejido, nada más


La leyenda: "Debe haber un error, doctor... Este es un bebé. ¿Donde está el la bola de tejido de la cual siempre escucho hablar?" Tratan de engañar explicando que el óvulo fecundado solamente produce una poco de tejido que no tiene nada que ver con una persona. Mentira Mortal


Aborto




Leyenda: Un hombre clama al cielo "Dios mío, ¿por qué no nos enviaste personas con la cura para el cáncer, el sida, para dar solución al problema del hambre en el mundo y de los demás problemas sociales?" Respuesta desde del cielo: "Lo hice. Los he enviado." Re-pregunta: "Pero... pero...¿Dónde están?" Respuesta: "¡Ustedes los han abortado!".

Objeción de conciencia

Objeción de conciencia
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co

Causan espanto y vergüenza los conceptos lanzados a los cuatro vientos sobre la objeción de conciencia por parte de algunos medios de comunicación -casi todos- y especialmente de representantes del Estado -de un Estado que se proclama democrático-, de directores de salud, de magistrados de tribunales de ética médica, de gerentes de hospitales oficiales, de académicos, etc., es decir, de personas que debieron aprobar estudios de bachillerato y universitarios, y que por las dignidades que ostentan o cargos que desempeñan deben defender la dignidad y la libertad humana, orientar a sus conciudadanos. La objeción de conciencia no es cuestión religiosa ni legal -así haya quien sostenga que la ley está por encima de la conciencia- sino un derecho inscrito en la misma condición de ser humano, de persona, que por estructuración ontológica es libre y que, necesariamente, tiene que elegir siempre y para todas sus acciones humanas por baladíes que parezcan.¿Ignorancia crasa o criterio de superhombre, es decir, de tirano? Entre estas dos hipótesis está la respuesta a la preocupante posición que han asumido. Como sus conceptos sobre el no respeto a toda vida humana desde el momento mismo de la concepción, el no derecho del hijo sano o enfermo a la vida, las falacias sobre los peligros de la madre, etc., tienen serias impugnaciones éticas, científicas y sociales, acuden a la fuerza de determinaciones legales para imponer sus opiniones. Acusan de fanático a quien no piense como ellos y en la debilidad racional de la falacia de sus argumentos quieren imponerlos con presiones legales, como lo hicieron célebres regímenes: el nazista en Alemania, el estalinista en Rusia, para no mencionar sino dos de los más nefandos. Cuando ante cuestiones éticas o morales de la magnitud del aborto, la eutanasia, etc., se agotan los argumentos racionales, históricamente se ha echado mano a la imposición violenta de criterios que atropellan la libertad y la dignidad de la persona humana cualesquiera sea la religión, la ideología política, la raza, la circunstancia económica, cultural o social de quien se opone. Se empieza obligando sutilmente a realizar lo que en conciencia uno se ve inhibido de practicar; luego, si esto no basta, se toman medidas tales como impedir que se ejerza su profesión, lo que equivale a cerrar la posibilidad de ganarse la vida honestamente, y de allí a la desaparición forzada no hay sino un paso. Nos quejamos y con razón de la situación en que viven muchos de nuestros conciudadanos en manos de violentos organizados como insurgentes, pero ahora el Estado, o al menos algunos de sus distinguidos representantes, pretenden implantar como legal la misma norma: ¡O piensas como yo y haces lo que te indico o pereces!Más aún, en su ignorancia o en su soberbia están seguros de que su conducta debe ser paradigmática porque está fundada en los más nobles ideales de defensa de la vida y de la dignidad humana, de la igualdad de todos los seres humanos y de la justicia. Desconocen también, o lo olvidan maliciosamente, el artículo 18 de la Constitución Política de 1991, vigente a pesar de quienes niegan la validez de la objeción de conciencia. Y en su insana soberbia consideran que el médico que haga objeción de conciencia tiene, por determinación oficial, que convertirse en cómplice al tener el deber de señalar a alguien que elimine a un ser humano (en el caso de aborto o eutanasia), como si la objeción de conciencia no incluyera toda participación en el crimen.Puede vejarse y hasta destruirse al ser humano que consciente de su dignidad, de su libertad y de su responsabilidad se niega a actuar acogiéndose a la objeción de conciencia, pero el derecho de acogerse a ésta no desaparecerá mientras el ser humano estructuralmente sea inteligente, racional, libre y digno. Este privilegio, la objeción de conciencia, no depende de elementos externos como leyes o disposiciones positivas sino de la condición de ser la persona una realidad humana, y de dicho privilegio no puede excluirse a ningún miembro de esta especie cualquiera sea el cargo que desempeñe en la sociedad, tanto en el área oficial como en la privada, porque es inherente a la persona humana y no al cargo.Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com/html/nov06/opinion/opinion.htm

¿Eutanasia pasiva?

¿Eutanasia pasiva?
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co

Con mucha frecuencia, más de lo deseado por los errores que se difunden, opinamos sobre temas que desconocemos o conocemos muy superficialmente. Y las confusiones que se crean son mayores cuando quien habla o escribe es un insigne personaje en otro campo del conocimiento. Entre las áreas en las cuales es común que se cometan estos desaguisados están la economía, la política, la religión y, actualmente, la ética y la bioética.Es usual pero erróneo deducir que cuando un clérigo dice, escribe o publica su personal concepto sobre temas fundamentales, ese concepto pasa a ser la opinión oficial de la iglesia correspondiente. Al menos en la Iglesia Católica Romana eso no es así y no podemos afirmar que ésta acepta algo porque un sacerdote, inclusive teólogo reconocido, lo admita. La Iglesia Católica tiene canales bien establecidos para definir oficialmente sus criterios y afirmar que ésta avala algo -especialmente en temas de especial gravedad- porque en la obra de un moralista aparece aprobado, es una falacia o una ignorancia crasa.Igual error ocurre al referirse a la mal llamada “eutanasia pasiva”. Hoy en día -y desde hace ya varias décadas- la tendencia de los autores que se ocupan del tema es considerar la eutanasia como un todo y no tener en cuenta la división de activa y pasiva, pues ésta, la pasiva, no existe en realidad ya que dejar de llevar a cabo un acto que debe realizarse, crea éticamente responsabilidad por una acción que consciente y voluntariamente se omitió, un acto de omisión, un acto que implica voluntaria actividad humana: dejar de hacer.Si analizamos lo anterior desde el punto de vista antropológico y de la ética médica, es obvio que no existe realmente la llamada “eutanasia pasiva”. Recordemos: se estructura un acto de eutanasia cuando voluntaria y conscientemente, y para acortar la existencia del paciente, se lleva a cabo o se omite un tratamiento o una medida asistencial que es necesaria, debida y que tiene sentido, es decir, cuando en la intención del médico o de quien hace su papel predomina el deseo de suprimir la vida del enfermo. Este criterio es válido aún para los enfermos en período terminal, porque para vivir dignamente esta etapa de su existencia necesitan humanamente los llamados cuidados básicos: hidratación, alimentación, comodidad, acompañamiento, etc.En cambio en la ortotanasia, que no debe confundirse con la impropiamente denominada eutanasia pasiva, el médico o quien haga su función, suspende u omite un tratamiento o cuidado médico que no es necesario, no es debido y carece de sentido dada la posible respuesta a la indicación médica. La intención consciente y la ejecución voluntaria de suspender u omitir el tratamiento o la medida médica es, en esta situación, contribuir a la dignificación del paciente reconociendo la limitación intrínseca, biológica, de la vida terrenal que tiene un final ineludible -un agotarse natural de su energía vital-, la limitación intrínseca de la medicina que sólo puede y debe contribuir a la dignificación de la persona y de la vida del paciente y la limitación del profesional de la medicina que no es dueño sino cuidador de dicha vida para dignificarla, no para eliminarla. Por estas razones, la ortotanasia es el verdadero derecho a morir con dignidad, y si se cumplen correctamente las exigencias de atención primaria y de tratar oportuna y adecuadamente el dolor y la angustia del enfermo -tratamientos paliativos-, merece siempre la aprobación ética. En cambio, desde el punto de vista antropológico y ético, la eutanasia -suprimir la vida de un enfermo porque padece sufrimientos en vez de suprimir éstos- es siempre reprobada por la ética axiológica personalista y por la ética médica; la ortotanasia es siempre, tanto antropológica como éticamente, aprobada, y no debe confundirse con la mal llamada “eutanasia pasiva” ni con la distanasia -alejar por todos los medios el momento de la muerte sin importar la prolongación de la agonía del enfermo-.

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La eutanasia

La eutanasia
Ramón Córdoba Palacio, MD

Dos de los argumentos más frecuentemente presentados a favor de la eutanasia son: primero, evitar al enfermo sufrimientos inútiles que menoscabarían su dignidad humana; y segundo, que la no aceptación de esta práctica es una cuestión religiosa. Ambos argumentos indican ignorancia de quien los presenta o, peor aún, mala fe porque tratan de ocultar la verdad sobre el tema.
La eutanasia, por definición, es la supresión de la vida de un enfermo en fase terminal, con el fin de evitarle dolores o sufrimientos. Esgrimir esta razón es ignorar que la obligación del médico, obligación ética, es administrar al paciente los fármacos disponibles que alivien plenamente tanto sus dolores físicos como su sufrimiento psíquico. Insisto: es deber del médico, y falta gravemente si no está atento a ello, calmar los dolores que atormentan al enfermo así la substancia de que disponga y las dosis exigidas tengan efectos secundarios no deseados pero inevitables como el embotamiento o pérdida de la conciencia, o los que afecten otras funciones -respiratoria, circulatoria, etc.-. Es su responsabilidad procurar una «atención al moribundo -y agrego yo, al enfermo terminal- con todos los medios que posee actualmente la ciencia médica: para aliviar su dolor y prolongar su vida humana», como lo enseña Vidal. Más aún, es su deber velar por que su labor sea oportuna y adecuada y satisfaga aspectos humanos tales como afectos, confianza, aspectos religiosos, legales, etc. Y consideramos medidas terapéuticas necesarias, debidas y con sentido, la adecuada hidratación y la alimentación del paciente por medios ordinarios, proporcionales, no extraordinarios. Es un deber ineludible de todo profesional del área de la salud no acortar la vida ni prolongar la agonía más allá del límite biológico esperado, oportuno, natural, de las reservas biológicas propias de cada organismo -lo que se conoce como ortotanasia-. Es clara la diferencia entre “matar” o eutanasia y “dejar morir” u ortotanasia.Desde la ética personalista el médico ni ninguna persona del área de la salud puede éticamente disponer de la vida del paciente ni por acción directa ni por omisión -acción por omisión-; tampoco es ético caer en el encarnizamiento clínico. Destruir a un ser humano que no ha cometido ningún delito, ninguna falta, y que está sometido a una condición intrínseca de su existencia, no es dignificarlo ni respetarlo así se haga por compasión, por “amor”. Matar por amor o por compasión también es matar, es suprimir una vida humana injustamente. El argumento de que son las religiones, especialmente la católica, las que se oponen a la práctica y despenalización de la eutanasia es igualmente falaz e indica ignorancia o mala fe. Cualquier médico medianamente informado sobre su profesión sabe, o mejor debe saber, que en el Juramento llamado hipocrático -hórkos- proclamado entre lo siglos V y IV antes de Cristo, el voto cuarto afirma: «No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal ni haré semejante sugerencia. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte». La antopología filosófica condena el aborto, la eutanasia, el “suicidio asistido” y exige al médico y a todo aquel que esté al cuidado del paciente terminal con toda claridad, que entre su deber frente al ser humano enfermo no se interpondrá ningún interés político, económico, religioso, racial, social, etc. La historia y el êthos de la medicina nos muestran que el “sanador” o médico tiene como misión esencial el cuidar de la vida en general y de la humana en particular, y que en las culturas en las que se practicaban sacrificios humanos él -el “sanador”- no participaba, y dichos sacrificios los realizaban sacerdotes. Si se contamina la misión del médico con la del verdugo, cualquiera sea la razón que se dé para ello, traerá como consecuencia que el paciente pierda la esencial confianza en el profesional médico y en el personal del área de la salud. En la decisión eutanásica la intención es obviamente la de poner fin por medios externos -omisión o comisión- a la vida de una persona, cuya dignidad no se pierde porque esté en la fase terminal. En decisión ortotanásica la intención y la acción de la voluntad expresan el reconocimiento de las limitaciones biológicas de toda vida, a las de la medicina, a las del médico, pero prestando siempre al enfermo en fase terminal todos los auxilios que le ayuden a vivir con dignidad su estar muriendo.La misión del médico es según Laín Entralgo:«Curar con frecuencia; aliviar siempre; consolar aliviando no pocas veces; consolar acompañando, en todo caso [...] como en la época de Bérard y Gluber -más aún como siempre-, allá donde no puede llegar la técnica debe llegar la misericordia». La misericordia como técnica médica de gran eficacia para el bien del paciente, que es el sentido fundamental de la medicina.Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com/html/0905may/opinion/opinion.htm

Con Ley 100: mascotas mejor atendidas en salud que sus dueños

Con Ley 100: mascotas mejor atendidas en salud que sus dueños
Ramón Córdoba Palacio, MD

La antropología filosófica nos enseña, igual que el sentido común, que el ser humano tiene, o debe tener, en la escala de valores un sitio superior, de privilegio, al de sus posesiones -animales no racionales, vegetales, objetos inanimados-, cualquiera sea el beneficio espiritual, sentimental, o material que de ellos obtenga. Sin embargo, en los avatares culturales, especialmente cuando desaparece o decrece el respeto al ser humano, a su dignidad intrínseca e incondicional, se invierten los términos y, como lógica consecuencia, los animales, los vegetales, los objetos inanimados y hasta las mismas personas se convierten en cosas a las cuales se les señala un precio, en cosas que pueden negociarse, venderse y comprarse, que pueden manipularse para beneficio propio sin importar la suerte de los demás, cuando se trata de personas.
En este siglo XXI, brillante en conquistas tecnológicas, abundan los ejemplos de esta deshumanización y trastrueque de valores: las “pirámides”, algunas técnicas médicas incompatibles con la dignidad del ser humano, los secuestros, etc. Me ocuparé sólo, y por razones obvias, de la situación en que la desastrosa Ley 100 convirtió a la atención médica de los seres humanos.
Gracias a dicha perversa Ley 100 de 1993, creada con un falso disfraz de sentido humano, las mascotas, especialmente animales, tienen muy superior calidad de atención en salud que sus mismos dueños. Sí. Por absurdo que parezca, las mascotas en Colombia tienen mejor calidad de atención en salud: sus médicos no están sometidos a los caprichos de ninguna EPS, IPS, etc., que los obligue a un tiempo determinado y restringido para elaborar un diagnóstico correcto; sus prescripciones no tienen la humillante y no ética condición de ser revisadas por alguien que puede no ser médico y que si lo es no examina al “paciente”, pero que decide sobre la existencia de éste; la mascota no está sometida a la discriminación de una clasificación como el Sisbén y el POS, ni se le niega la atención porque “no está en lista”, “no aparece en pantalla”, etc. Su condición clínico patológica, su historia clínica, no está sometida a manos de no profesionales de la salud y por lo tanto no expuesta a ser conocida por quien nada tiene que saber de ella.
Sí, la perversa Ley 100 de 1993 convirtió en Colombia la salud en un bien de consumo y creó instituciones de mercado que vendieran “salud para todos”, con criterio económico y grandes beneficios para sus arcas particulares; trocó la misión esencial de la medicina que es la velar pre-eminentemente por la existencia más que por la salud del paciente -el cuidado de la existencia exige el cuidado de la salud, no así a la inversa: el cuidado de la salud no exige el respeto por la existencia del paciente-. Más aún, la trocó en una disciplina deshumanizada en la que cuenta más lo técnico que lo humano; más tarde, en el desarrollo del sistema y para vigilar las ganancias, se crearon medidas irracionales como un tiempo caprichosamente fijado en 15 minutos por paciente -de los cuales cerca de 9 minutos se gastan en papeleo-, medida que demuestra el desconocimiento de lo que es de verdad la medicina y la confunde con la revisión en un taller mecánico. Se creó también, como reglamentación de la fatídica Ley, la figura del Supervisor, personaje con autoridad legal pero no ética, pues resuelve sobre la vida del paciente que es en esencia lo que el médico cuida en el ejercicio honesto de su profesión, sin ser médico o, peor aún, siendo médico, sin haber examinado al paciente y, además, nombrado y pagado por la misma entidad que lo considera juez para decidir entre los intereses del paciente y los propios de la entidad; la historia clínica, documento en el cual se deja constancia de la intimidad del paciente y de sus antepasados, con el pretexto de mejor y más oportuna atención, se pone en manos de personas que no pertenecen profesionalmente, aunque sí laboralmente, al área de la salud con las consecuencias nefandas que esto puede traer y ha traído para algunas personas, pero es que en el sistema de atención creado por la Ley 100/93 el ser humano no cuenta: cuenta el rendimiento económico, el sonido de la registradora cada cuarto de hora.
Por paradójico que parezca, las mascotas entre nosotros están mejor atendidas, con más respeto, que sus dueños sometidos por ley a un absurdo y perverso sistema de atención en salud, que desconoce la esencia de la medicina, la dignidad del ser humano y que todo lo enfoca al rendimiento económico de unos cuantos mercaderes que negocian, como los antiguos vendedores de esclavos -los llamados negreros-, con seres humanos.
También es paradójico que el cuerpo médico, las Academias de Medicina y demás asociaciones de estos profesionales, que las Facultades de Medicina y nuestros legisladores, sigan tolerando estos atropellos legales pero reñidos con la más elemental ética.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com/html/0902feb/opinion/opinion.htm

La responsabilidad y la tendencia a la ayuda

La responsabilidad y la tendencia a la ayuda
Carlos A. Gómez Fajardo

La esencia de la vocación del médico está contenida en afortunada expresión del profesor Ramón Córdoba Palacio: “Pero hay otra condición del quehacer médico que se extiende, o debe extenderse, a todo el que participe en cualquier forma de la misión de aquél, de “su privilegio” de “ayudar a una persona”: la resolución consciente y voluntaria hacia la ayuda en la tensión que suscita la presencia del dolor y la enfermedad. Esta tendencia hacia la ayuda, que es el meollo de la “vocación” del médico, debe hacer parte esencial de la acción de todo el que en una u otra forma ofrece su colaboración a quien la haya menester en el área de la salud”.
Ahora resulta que a las situaciones que desfavorecen el quehacer del médico, se suma la inicua circunstancia de un ejercicio clínico sometido a las voluntades y a los intereses comerciales de quien ejerce un implacable poder: el intermediario financiero. En no pocas ocasiones, de modo directo o indirecto, es éste el empleador del médico. Este poder se torna material por medio de figuran tan contradictorias como la del auditor, investido a la vez de la fuerza jurídica y de la condición de empleado de la compañía cuyos intereses monetarios defiende. Se conocen ampliamente las oscilaciones de políticas de costos, y ejecuciones de presupuestos, las contrataciones con diversas entidades inspiradas por cambiantes y pasajeros funcionarios en los cuales se concentra momentáneamente la capacidad ejecutiva. No en vano circulan profundas críticas a la llamada “Medicina Basada en Evidencias -MBE-”, con sus procesos de protocolización de procedimientos diagnósticos y terapéuticos inspirados en rígidos esquemas economicistas. Como si a estos esquemas tuviese el paciente que amoldarse, ignorando que los hechos reales tienen preeminencia respecto de los abstractos modelos de los teorizantes. La “MBE” se convirtió en una medicina basada en costos y controlada por funcionarios anónimos. Ellos ejercen un poder de veto desde escritorios ajenos a las circunstancias personales del enfermo y de su médico tratante; controlan los hilos financieros y los resquicios jurídicos. Por sus manos pasa la aprobación del examen o del tratamiento propuesto; éstos tendrán lugar sólo con el apoyo de su “nihil obstat”, de su magnánimo “fiat”, o se estrellarán y detendrán ante su definitivo e implacable “archívese”. Una importante publicación local (Medicina y Laboratorio, Vol. 10 No. 7-8 p. 322) especifica este valeroso señalamiento, refiriéndose a la “MBE”: “Bajo su nombre se darían manipulaciones económicas por los intermediarios en salud...”
Añade mayor complejidad a la labor del médico una circunstancia vivida por muchos miembros del personal sanitario, aquí y ahora, como en otros países y épocas: la condición del ejercicio profesional en zonas de conflicto bélico. Es menester recordar que la Ley 23 de 1981, hoy vigente y aplicable en lo que atañe a la ética médica, señala en su artículo 2º, (del juramento): “Ejercer mi profesión dignamente y a conciencia; velar solícitamente y ante todo, por la salud de mi paciente.” “Hacer caso omiso de las diferencias de credos políticos y religiosos, de nacionalidad, razas, rangos sociales, evitando que estos se interpongan entre mis servicios profesionales y mi paciente”. Más adelante, el mismo código establece: “El médico dispensará los beneficios de la medicina a toda persona que los necesite, sin más limitaciones que las expresamente señaladas por esta ley...”.
Realmente, en no pocas ocasiones, la tarea del profesional de la medicina, y de sus colaboradores y subalternos también incluye desplazamientos y ejecución de misiones de gran riesgo ordenadas por superiores, en condición de funcionarios que obedecen órdenes y hacen parte operativas de políticas, ante las cuales naturalmente, está la compartida responsabilidad de aquellos. Es pertinente mencionarlo, en ocasiones ésos superiores no están cobijados por la Ley 23 de ética médica, pues muchos no son médicos. Sólo son administradores de empresas o sus equivalentes. Pero no dejan de ser ciudadanos colombianos, cuyas decisiones, acciones y omisiones, también están sujetas a códigos jurídicos ante los cuales deben responder. A mayor rango de poder de decisión, naturalmente, debería ser mayor la responsabilidad que se asume efectivamente. Igual sucede con niveles directivos y empresariales privados, de cuyas decisiones (a veces apoyadas en la complejísima y voluminosa reglamentación de las leyes vigentes) vienen retrasos o negativas a medidas diagnósticas o terapéuticas de las que derivan consecuencias adversas para los pacientes: puede que estos retrasos y negativas sean jurídicamente válidos: son, y en medida grave, humanamente injustos. Calderón de la Barca lo sintetizó hace siglos en inmortal sentencia: “En lo que no es justa ley, no ha de obedecer al rey...”.

Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com.co/html/nov03/opinion/opinion.htm

El consentimiento idóneo o ilustrado

El consentimiento idóneo o ilustrado
Ramón Córdoba Palacio. M D.
Desde hace algunos años, el tema del consentimiento idóneo o informado ha ocupado el interés de tratadistas de bioética y de derecho, pues con el auge publicitario de la “autonomía del paciente” se plantean situaciones que merecen la intervención tanto de la primera como del segundo.

En realidad, el consentimiento idóneo -mejor que ilustrado- consiste en solicitar autorización al paciente o a su representante cuando éste está incapacitado para otorgarla, para llevar a cabo las acciones diagnósticas o terapéuticas que le propone el médico. Solicitar este permiso es, simplemente, reconocerle su dignidad incondicional y aceptar que, con la debida información o ilustración sobre su estado clínico patológico, tiene el derecho, en una relación médico-paciente adecuadamente establecida, a decidir libre de toda presión interna y externa sobre el cuidado de su salud, de su existencia.
Para que esta autorización o consentimiento sea válido éticamente, debe llenar algunos requisitos que el médico está obligado a comprobar que se cumplen, a saber: que el paciente entendió la información adecuada -no exhaustiva-- que le proporcionó sobre las medidas terapéuticas, sobre los riesgos y ventajes de éstas, sobre las consecuencias de rechazarlas; que su decisión no obedece a presiones externas familiares, sociales, etc.; que él como profesional fue capaz de disipar los falsos temores y las falsas expectativas creadas por consejas o informaciones incompletas de medios de comunicación, etc., y, muy importante y que requiere a veces intervención profesional especializada, si el paciente es competente para decidir, si su capacidad de optar en relación con el cuidado de su existencia, de su salud, no está alterada.
Una de las más frecuentes dificultades es la de la comunicación entre el médico y el paciente, porque el primero ha olvidado el lenguaje con el que éste, el paciente, conoce y se expresa sobre su organismo, sus dolencias, etc., y sólo encuentra un vocabulario técnico que nada dice al profano, al común de las gentes. La información que proporciona el médico debe ser para algunos autores totalmente neutra para que no influya en la decisión del paciente; sin embargo, si al médico le quedan dudas fundamentadas de que por cualquier circunstancia la decisión del paciente no es plenamente autónoma, si está en alguna forma restringida, no sólo es ético sino aconsejable que emplee su autoridad y sus conocimientos para convencer, nunca para imponer, iluminando conceptos, despejando dudas y temores para que el paciente opte por lo que de verdad es su mayor bien. Es el llamado paternalismo débil. No es ético que por temor a influir en su decisión, el médico permita que la opción del paciente sea equivocada, pero, como dije antes, su participación debe limitarse a convencer, a ilustrar, no a imponer ni a engañar.
En relación con el consentimiento informado en los menores, se acepta hoy que los padres no pueden, por creencias religiosas o por cualesquiera otras razones, exponer a sus hijos a la muerte o a secuelas definitivas por oponerse a un tratamiento probado, y el médico debe acudir a un juez de familia para que tome bajo su tutela al menor y autorice el tratamiento.
La autonomía del paciente no debe ni puede sobrepasar y, menos aún, anular la autonomía del médico. Éste, en el cumplimiento de su misión debe ceñir sus actitudes y sus actuaciones a buscar siempre el verdadero bien, total, pleno, del paciente como persona cuya dignidad es incondicional, máxima. Su conducta debe estar inspirada en la aplicación honesta y oportuna de sus conocimientos y habilidades y, además, según su conciencia adecuadamente iluminada, en el principio de que el bien que fundamentalmente busca para el paciente, no sea tergiversado por otros intereses o por caprichos del paciente que no pretenden el verdadero bien y se transan por el bienestar de éste o de quienes lo rodean. No es válida éticamente la disculpa del profesional cuando afirma que su conducta se debió a solicitudes del paciente.
Entre nosotros el artículo 16 de la Ley 23 de 1981 y los artículos 10, 11, 12 y 13 de su decreto reglamentario, establecen claramente los aspectos legales al respecto, entre otros que es el médico quien está obligado a advertir al paciente los riesgos previstos de las acciones que le propone al paciente y, además, que: «El médico dejará constancia en la historia clínica del hecho de la advertencia del riesgo previsto o de la imposibilidad de hacerla».

Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-

http://www.periodicoelpulso.com/html/oct03/opinion/opinion.htm

Un análisis erróneo de la dignidad

Un análisis erróneo de la dignidad
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo

Que la dignidad es un “concepto inútil” y que no significa más que “el respeto a la autonomía de las personas” es lo que enseña una profesora de ética médica en una importante escuela de medicina de los Estados Unidos, el colegio Albert Einstein. Estas afirmaciones, neonazis en su forma y en su fondo filosófico, podrían ser dejadas de lado si se le escucharan a cualquier anónimo particular que se creyese, al calor de los debates y de las confrontaciones lingüísticas, con la idoneidad intelectual para sostenerlas. Pero –este es un punto que merece ser destacado- no se trata de un particular cualquiera: se trata de Ruth Macklin, una profesora universitaria, médica epidemióloga, cuya influencia e importancia la ha llevado hasta merecer las páginas editoriales del “British Medical Journal” (BMJ 2003;327:1419-20), una de las publicaciones periódicas que debe ser tenida en cuenta en el ámbito global. Y su materia se denomina “ética médica”.
Es erróneo el débil análisis de Macklin: niega uno de los fundamentos -reconocido desde las más importantes declaraciones históricas de los derechos humanos y por las diferentes convenciones internacionales que han tratado el tema de la investigación médica desde el juicio de Nuremberg. La dignidad humana se relaciona con una condición intrínseca al ser del hombre; es algo que pertenece a su naturaleza, no depende de lo que se “opine” sobre ello, sino que se trata de una verdad de razón que puede ser reconocida por quien quiera aceptar que el respeto a esta condición trascendental, la dignidad, está en el corazón del sentido último del sistema democrático y de una posibilidad de convivencia humana que no excluya a algunos. Quienes quieren otorgar criterios “extrínsecos” a la dignidad humana razonan del mismo modo que los esclavistas del sur en el siglo XIX: existen unos seres humanos de “categoría inferior” a los cuales se puede, si las circunstancias lo ameritan, someter a trabajos forzados y a la utilización como bestias de trabajo. No otra fue la ideología que se estableció con las “vidas que no merecen ser vividas” de los eugenistas nazis de los años treinta. Macklin va más allá de la simple discriminación: acude al expediente de negar el propio concepto de la dignidad. Algunos autores han resumido de modo breve el tema de la dignidad intrínseca del ser humano, de todo ser humano, sin excepción. Vale la pena aproximarse a algunas de estas premisas fundamentales para que el lector interesado note el contraste racional entre la brutal cita y afirmación con que se dio inicio a este “vestigium”. Al contrario de lo que considera la profesora de ética médica de aquella ilustre institución, sucede efectivamente esto: La dignidad humana es intrínseca; es una realidad de carácter objetivo. Está presente en cada persona por la condición de pertenecer a la especie homo sapiens. No es otorgada por ninguna clase de consenso de académicos o por votos mayoritarios de encuestas de opinión pública. El concepto de la dignidad está relacionado con la vocación –propia y única del hombre- de ser un ser libre y responsable, coautor de su destino y de sus decisiones. La afirmación de esta dignidad es una piedra angular para el entendimiento del derecho y de la vida comunitaria en parámetros de paz y de respeto. Si se niega este principio, bastará la prevalencia de la opinión y de los deseos del más fuerte para que se impongan sus puntos de vista y sus métodos de relacionarse con los demás. El respeto –dice von Hildebrand- es base de toda vida moral. Cada uno de nosotros aspira a vivir, respetando y siendo respetado, tal como lo establece la inmortal regla de oro: trata a los demás como quisieras ser tratado. Uno de los grandes peligros de la intelectualidad contemporánea es su sumisión a los principios utilitaristas. Cuando el sustento argumental teórico teñido de pseudo filosofía se utiliza para efectos de dar licitud a aplicaciones de la biotecnología y de los avances provenientes de la tecnociencia, se reduce al ser humano a la condición de medio para ser explotado con determinados fines. Precisamente desde los tiempos del florecimiento de la razón (Kant) conocemos otro principio: el ser humano no tiene precio, es un fin en sí mismo, es digno pues su propio valor es de un nivel superior al de toda otra clase de ente biológico. Desafortunadamente en esta época de “pensamiento débil”, como en el caso comentado, se pretende negar la realidad con la mera emisión de opiniones: ése fue el recurso de quienes en la Grecia clásica se vanagloriaban de querer persuadir a los ingenuos sin importar la verdad, los sofistas.

http://www.elmundo.com/sitio/noticia_detalle.php?idcuerpo=1&dscuerpo=Sección%20A&idseccion=3&dsseccion=Opinión&idnoticia=120586&imagen=&vl=1&r=buscador.php&idedicion=1418

¿Tirar a la basura = Tirar a la basura?





Adivinanza cruel. Adivine la diferencia entre las dos caricaturas. A la primera le meten en la cárcel y a la segunda que va a abortar le dicen que tiene el derecho de elegir. La incoherencia criminal número 2 de los modernos. El efecto final no es distinto. Los dos hijos terminan en la basura. Esto es una especie de demencia.

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El enfermo como amenaza macroeconómica

El enfermo como amenaza macroeconómica
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo

En la lógica utilitarista que inspiró la imposición del sistema sanitario de la ley 100 encaja coherentemente lo que en 1994 estableciera el CNSSS en relación a los mecanismos de aseguramiento para las enfermedades catastróficas, ruinosas y luego calificadas, en un tono que pretendió ser más moderado, “enfermedades de alto costo”. Entonces se estableció una lista de condiciones de especial consideración, teniendo en cuenta las circunstancias y exigencias pecuniarias de su manejo: cáncer (quimioterapia y radioterapia), Sida, trauma mayor, insuficiencia renal crónica y trasplante, condiciones que requieran uso de cuidados intensivos, enfermedades del corazón y sistema nervioso central, reemplazos articulares, enfermedades congénitas que requieren manejo quirúrgico. Con la anterior lista, basada en los criterios de costo-eficiencia con que fue concebida y fotocopiada de otras latitudes aquella inicua ley, se comprende cómo poco después se ha llegado a hablar del paciente como una especie de “amenaza macroeconómica” para las entidades financieras que la normatividad ha determinado como uno de los principales “actores” en este escenario pretendidamente regido por leyes de mercado.
El enfermo grave, otro “actor”, pero de menor peso en el libreto de esta tragicomedia sociológica, se ha convertido en el indeseado, en aquel que bajo muchos pretextos es dejado por fuera de la posibilidad de atención oportuna y proporcionada a su condición. Sobre ello el propio ejecutivo posteriormente tendría que dar timonazos de corrección de rumbo, como en el caso de la insuficiencia renal crónica. El enfermo que requiere atención costosa se ha tratado como quien significa la catástrofe o la ruina financiera para el propio sistema de aseguramiento y las leyes positivas han afirmado este contrasentido. Merece la pena observar que la reducción materialista del concepto de la salud, tanto en el plano individual como en el de la sociedad, conduce a muchas de las paradojas en las cuales se ha debatido el sistema sanitario desde hace tantos años: se ha confundido “salud” con tecnología médica; servicio y obligación de solidaridad, con negocio; honorario con tarifa; acto médico con papeles expedidos por agobiados funcionarios de las ramas judiciales que emiten diariamente centenares de fallos como si equivalieran a boletas de autorización burocrática para cumplir con conceptos médicos o quirúrgicos. Se ha desvirtuado el papel del médico hasta llegar a ser tratado como un operario o dispensador de exigencias de usuarios-clientes, funcionario frío y distante que además cumple obedientemente con los requisitos e imperativos de la facturación. No han sido otras las ideas del ministerio del ramo. Es explicable su afán por normar también en pro del aborto y de la eugenesia. En la misma dirección y como consecuencia lógica de una visión humana y social equivocada luego vendrán los planes de eutanasia y de eliminación directa de los muy enfermos basados en criterios costo-eficiencia. En aquel escenario materialista no cabe la reflexión antropológica sobre el sentido del sufrimiento; como así no se comprende, se suprime por todos los medios. Tiene lugar la deshumanización máxima en un entorno de utilitarismo a lo Bentham. Esto es también consecuencia de haber dejado los grandes delineamientos de lo que debe ser la atención sanitaria para una nación en manos de tecnócratas que recibieron en su momento algún adiestramiento en técnicas de mercadeo, de política, y de contabilidad. Jamás entendieron de lo que hablaron ni se refirieron frontalmente al tema que les fue confiado, la salud. Nunca hablaron de salud, siempre se refirieron al dinero y al poder.

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Eugenesia




Clonación


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La mujer es dueña de su cuerpo



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Las armas matan ¿y el Aborto?


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Medellín, Antioquia, Colombia
Magister en Filosofía y Politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana. Diplomada en Seguridad y Defensa Nacional convenio entre la Universidad Pontificia Bolivariana y la Escuela Superior de Guerra. Docente Investigadora del Instituto de Humanismo Cristiano de la Universidad Pontificia Bolivariana. Directora del Grupo de Investigación Diké (Doctrina Social de la Iglesia). Miembro del Grupo de Investigación en Ética y Bioética (GIEB). Miembro del Observatorio de Ética, Política y Sociedad de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del Centro colombiano de Bioética (CECOLBE). Miembro de Redintercol. Ha sido asesora de campañas políticas, realizadora de programas radiales, así como autora de diversos artículos académicos y de opinión en las áreas de las Ciencias Políticas, la Bioética y el Bioderecho.

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