Extorsiones en el sistema de salud
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Cuando por cualquier razón y conscientemente se inicia un proceso de degradación, éste, como un alud, va tomando fuerza y acrecentándose hasta adquirir caracteres catastróficos. Así, infortunadamente, tenemos que registrar que al amparo de la Ley 100 ya no sólo se negocia con la existencia humana sino que, además, se extorsiona frecuentemente y con cinismo a los pacientes -clientes para ellos- y a los médicos -verdaderamente, sus esclavos-.
El Diccionario de la Real Academia Española define extorsión como: «Acción y efecto de usurpar y arrebatar por fuerza una cosa a uno». Y sobre usurpar dice el mismo diccionario: «Apoderarse de una propiedad o de un derecho que legítimamente pertenece a otro, por lo general violentamente».
La sola definición muestra lo repugnante de estas conductas, pero se hacen aún más condenables cuando lo que se arrebata es la intimidad de una persona humana o la libertad y el derecho de trabajar honestamente. Algunos altos mandos de algunas de las intermediarias comerciales creadas por la malhadada Ley 100, protegidos en su inexpugnable trinchera -inexpugnable no siempre por la claridad y lo ético de sus acciones, sino por la ineficacia de las entidades encargadas de su fiscalización- exigen perentoriamente a los médicos enviar la historia clínica de su paciente para satisfacer unos honorarios -tarifa, para ellos- ya devengados, para el pago de unas prestaciones ya cumplidas por éstos, burlando así olímpicamente lo ordenado en el Artículo 34 de la Ley 23 de 1981 y en la Constitución Política de Colombia que en el Artículo 15 proclama: «Toda persona tiene derecho a su intimidad personal y familiar y a su buen nombre, y el Estado debe respetarlos y hacerlos respetar», y el Artículo 74 que indica: «El sigilo profesional es inviolable».
Derecho a la intimidad que no es sólo un ordenamiento legal sino, y primordialmente, un derecho inherente e inalienable a la condición del ser humano, un factor indispensable para poder participar de una vida social sana, para poder convivir en comunidad, que se enseña en el hogar y reafirma el despreciado pero valioso tratado de urbanidad de Carreño. Al respecto, Vidal afirma: «Dentro del secreto confiado se admiten grados, el más importante de los cuales es el secreto profesional»; y, un poco más adelante, agrega: «En el orden de los principios, el secreto profesional tiene toda la urgencia del secreto: obliga rigurosamente y siempre en razón de la justicia». Todo lo anterior adquiere mayor compromiso si tomamos conciencia de que siempre, o casi siempre, en el secreto médico está involucrado el secreto llamado «natural», es decir, «cuando la revelación está prohibida por la propia naturaleza de la cosa que se conoce», enseña Taliercio, porque traería daño o simple disgusto, injustamente proporcionado, al dueño de lo revelado. «Ser depositario de un secreto íntimo constituye, por tanto, un don que nunca se merece. El confidente, al descubrirnos su intimidad, nos ha entregado lo más sagrado de su ser, nos hace partícipes de su riqueza interior, que sólo quiere compartir con aquella persona que considera digna de confianza». Nada de esto cuenta para quienes exigen conocer la intimidad del paciente, consignada en la historia clínica, para cubrir unos honorarios que en conciencia y legalmente deben.
No es menos grave que cuando un médico, en cumplimiento de su deber profesional y humano pretermite algunas de las disposiciones que le imponen, disposiciones arbitrarias y casi siempre injustas y lesivas de la integridad del paciente, se lo castigue o amenace con despedirlo, pues las órdenes que rigen en esos comercios de seres y vidas humanas no permiten ninguna desviación ni a derecha ni a izquierda -si se permitieran correrían peligro las ganancias económicas, su única razón de ser-. Y la extorsión y las exigencias arbitrarias, injustas y lesivas de la dignidad del ser humano-paciente, han llegado hasta a amenazar con cancelar contratos a clínicas y hospitales que conserven en su nómina médicos que tienen como principio ético primordial la existencia e integridad de quien se confía a sus cuidados, atentando así desvergonzada e impunemente no sólo contra el paciente que cayó en sus manos sino también contra el derecho al trabajo honesto que protege la Constitución Política de 1991.
Y nuestras gentes siguen engañadas con la propaganda de que es una Ley igualitaria, que protege los derechos fundamentales de todos los colombianos, entre ellos el de la salud mediante una atención honesta, oportuna y diligente. La Ley 100 con las instituciones intermediarias, cohíbe la atención médica fundada en el valor primario del paciente como ser humano, y permite ponerle precio a éste en dinero contante y sonante.
¿Hasta cuándo tendremos que soportar la displicencia de las autoridades encargadas de hacer cumplir las determinaciones de la Constitución Política, de defender la dignidad de todos los colombianos?.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-
http://www.periodicoelpulso.com/html/oct04/opinion/opinion.htm
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Extorsiones en el sistema de salud
sábado, 8 de mayo de 2010
Beneficios por mutilarse
Beneficios por mutilarse
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Uno de los más trascendentales elementos para juzgar el desarrollo del Homo sapiens, mejor aún del Homo sapiens sapiens, es el uso que hace de su capacidad racional, el ejercicio de su razón para trazarse su propia línea de conducta. Esto significa, sin lugar a dudas, que sus instintos son orientados, dominados, por un sentido ético, por un sentido de libertad responsable, social -porque esencialmente es eso, un ser social-, y por esta característica sus actos, actos humanos, permiten distinguirlo totalmente de otros animales, con los cuales comparte necesidades y manifestaciones orgánicas y que conocemos como “actos del hombre”. Vale la pena recordar que acto humano es el que se lleva a cabo libre y voluntariamente precedido de una opción libre y consciente, y previa evaluación de su eticidad.
Ese ejercicio de su racionalidad y la capacidad de orientar sus deseos, inclusive el de la reproducción, es lo que ineludiblemente nos obliga a educar al vástago del ser humano, pues no está preparado para enfrentar al mundo con sentido humano si no se lo prepara: el homo sapiens sapiens es un ser cultural, no un ser instintivo. Al animal irracional se lo entrena, se le crean reflejos condicionados; al ser racional de lo educa en la libertad responsable; por eso al animal irracional se lo mutila cuando es necesario que no se reproduzca o para que no actúe en contra de lo que quiere su amo, y al animal racional se le inculca, especialmente con el ejemplo, respeto por sus semejantes, respeto por sí mismo, en otras palabras, sentido ético de actuaciones.
Esta diferencia fundamental entre los seres racionales y los irracionales no ha podido ser negada ni por los más radicales filósofos materialistas quienes, con razón, han controvertido el predominio exclusivo de la razón en la conducta humana cuando se pretende desconocer que el hombre, el ser humano, es también sentimientos, una unidad indestructible de cuerpo y espíritu, un espíritu encarnado, un cuerpo animado. Es oportuno afirmar que esta diferencia entre seres racionales e irracionales no surge de una confesión religiosa sino de la antropología filosófica, es un concepto que encontramos ya en las enseñanzas de Aristóteles (384 - 322 a. C.) y el que sea totalmente aceptado por confesiones religiosas, no le resta plena vigencia.
Sin embargo, ahora, distinguidas personalidades de nuestro medio -Ministro, Senador de la República, deportista, columnistas, etc.- proclaman que el ser humano debe ser tratado como ser irracional, y en vez de enseñarle el manejo racional y responsable de su comportamiento, incluyendo el genital, es mejor mutilarlo, invitarlo a cambio de beneficios, a que se haga una castración funcional, una mutilación de su organismo, intervención que según sus promotores carece de complicaciones; pero es que el concepto de mutilación no depende de si se presentan dichas complicaciones o no, sino de la acción médica misma. Meses antes ya lo habían hecho invitando a las mujeres a hacerse gratuitamente la ligadura de las trompas. En ambos casos el beneficio, el señuelo, es puramente económico, y se pretende abierta o solapadamente, que con estas medidas se remediará la pobreza pues así se evita que haya pobres. Nueva pero absurda medida terapéutica contra la pobreza, infortunadamente proclamada y practicada por algunos que recibieron formación médica y juraron cumplir su misión honestamente.
Ya en la ética médica enseñada desde Hipócrates de Cos (460 - 375 a. C.) encontramos la sentencia que desde entonces es la guía del ejercicio honesto de la misión del médico: “favorecer, no hacer daño”, precepto que tampoco ha podido ser cambiado, pues sin él, el profesional de la medicina se convierte en verdugo, en ministro de muerte. Desde esa época el médico está autorizado éticamente a intervenir sobre el órgano enfermo con el fin de colaborar al bien de la persona humana. Cabe una pregunta: ¿están enfermos los conductos deferentes de los varones o las trompas de Falopio u oviductos en las mujeres mutiladas? Insisto: no es problema de creencias religiosas sino de simple ética general y profesional.
Recordemos que ya en siglos pasados existió la costumbre de castrar a las personas de confianza de los poderes políticos, los eunucos, y también a niños sometidos a poderes artísticos, religiosos o no, pero que de todas maneras quedaba mutilados.
Beneficios para hombres y mujeres que se mutilen: ¿progreso o retroceso? No oriente su deseo de satisfacción genital sino que, ya mutilado, usted le puede dar rienda suelta -como lo hace instintivamente cualquier animal irracional- a su genitalidad, que no es sexualidad. Pero en el fondo hay otro aspecto no despreciable: es la confesión pública de que para quienes promueven la mutilación masculina y femenina, la genitalidad puede y debe satisfacerse de inmediato con la única condición de que de su ejercicio, aunque sea éticamente irresponsable, no surja una nueva vida, un embarazo no deseado, pero tampoco honestamente evitado.
Toda mutilación, toda supresión de una parte del organismo o la supresión de su natural y normal función, es un grave desconocimiento de la dignidad del ser humano, dignidad absoluta e incondicional. La compra de voluntades es condenada por la ética porque atropella la dignidad humana de quien se vende y, más aún, de quien compra: mercaderes de seres humanos.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-
http://www.periodicoelpulso.com/html/0705may/opinion/opinion.htm
Objeción de conciencia
Objeción de conciencia
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Causan espanto y vergüenza los conceptos lanzados a los cuatro vientos sobre la objeción de conciencia por parte de algunos medios de comunicación -casi todos- y especialmente de representantes del Estado -de un Estado que se proclama democrático-, de directores de salud, de magistrados de tribunales de ética médica, de gerentes de hospitales oficiales, de académicos, etc., es decir, de personas que debieron aprobar estudios de bachillerato y universitarios, y que por las dignidades que ostentan o cargos que desempeñan deben defender la dignidad y la libertad humana, orientar a sus conciudadanos.
La objeción de conciencia no es cuestión religiosa ni legal -así haya quien sostenga que la ley está por encima de la conciencia- sino un derecho inscrito en la misma condición de ser humano, de persona, que por estructuración ontológica es libre y que, necesariamente, tiene que elegir siempre y para todas sus acciones humanas por baladíes que parezcan.
¿Ignorancia crasa o criterio de superhombre, es decir, de tirano? Entre estas dos hipótesis está la respuesta a la preocupante posición que han asumido. Como sus conceptos sobre el no respeto a toda vida humana desde el momento mismo de la concepción, el no derecho del hijo sano o enfermo a la vida, las falacias sobre los peligros de la madre, etc., tienen serias impugnaciones éticas, científicas y sociales, acuden a la fuerza de determinaciones legales para imponer sus opiniones. Acusan de fanático a quien no piense como ellos y en la debilidad racional de la falacia de sus argumentos quieren imponerlos con presiones legales, como lo hicieron célebres regímenes: el nazista en Alemania, el estalinista en Rusia, para no mencionar sino dos de los más nefandos.
Cuando ante cuestiones éticas o morales de la magnitud del aborto, la eutanasia, etc., se agotan los argumentos racionales, históricamente se ha echado mano a la imposición violenta de criterios que atropellan la libertad y la dignidad de la persona humana cualesquiera sea la religión, la ideología política, la raza, la circunstancia económica, cultural o social de quien se opone. Se empieza obligando sutilmente a realizar lo que en conciencia uno se ve inhibido de practicar; luego, si esto no basta, se toman medidas tales como impedir que se ejerza su profesión, lo que equivale a cerrar la posibilidad de ganarse la vida honestamente, y de allí a la desaparición forzada no hay sino un paso. Nos quejamos y con razón de la situación en que viven muchos de nuestros conciudadanos en manos de violentos organizados como insurgentes, pero ahora el Estado, o al menos algunos de sus distinguidos representantes, pretenden implantar como legal la misma norma: ¡O piensas como yo y haces lo que te indico o pereces!
Más aún, en su ignorancia o en su soberbia están seguros de que su conducta debe ser paradigmática porque está fundada en los más nobles ideales de defensa de la vida y de la dignidad humana, de la igualdad de todos los seres humanos y de la justicia. Desconocen también, o lo olvidan maliciosamente, el artículo 18 de la Constitución Política de 1991, vigente a pesar de quienes niegan la validez de la objeción de conciencia. Y en su insana soberbia consideran que el médico que haga objeción de conciencia tiene, por determinación oficial, que convertirse en cómplice al tener el deber de señalar a alguien que elimine a un ser humano (en el caso de aborto o eutanasia), como si la objeción de conciencia no incluyera toda participación en el crimen.
Puede vejarse y hasta destruirse al ser humano que consciente de su dignidad, de su libertad y de su responsabilidad se niega a actuar acogiéndose a la objeción de conciencia, pero el derecho de acogerse a ésta no desaparecerá mientras el ser humano estructuralmente sea inteligente, racional, libre y digno. Este privilegio, la objeción de conciencia, no depende de elementos externos como leyes o disposiciones positivas sino de la condición de ser la persona una realidad humana, y de dicho privilegio no puede excluirse a ningún miembro de esta especie cualquiera sea el cargo que desempeñe en la sociedad, tanto en el área oficial como en la privada, porque es inherente a la persona humana y no al cargo.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-
http://www.periodicoelpulso.com/html/nov06/opinion/opinion.htm
¿Eutanasia pasiva?
¿Eutanasia pasiva?
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Con mucha frecuencia, más de lo deseado por los errores que se difunden, opinamos sobre temas que desconocemos o conocemos muy superficialmente. Y las confusiones que se crean son mayores cuando quien habla o escribe es un insigne personaje en otro campo del conocimiento. Entre las áreas en las cuales es común que se cometan estos desaguisados están la economía, la política, la religión y, actualmente, la ética y la bioética.
Es usual pero erróneo deducir que cuando un clérigo dice, escribe o publica su personal concepto sobre temas fundamentales, ese concepto pasa a ser la opinión oficial de la iglesia correspondiente. Al menos en la Iglesia Católica Romana eso no es así y no podemos afirmar que ésta acepta algo porque un sacerdote, inclusive teólogo reconocido, lo admita. La Iglesia Católica tiene canales bien establecidos para definir oficialmente sus criterios y afirmar que ésta avala algo -especialmente en temas de especial gravedad- porque en la obra de un moralista aparece aprobado, es una falacia o una ignorancia crasa.
Igual error ocurre al referirse a la mal llamada “eutanasia pasiva”. Hoy en día -y desde hace ya varias décadas- la tendencia de los autores que se ocupan del tema es considerar la eutanasia como un todo y no tener en cuenta la división de activa y pasiva, pues ésta, la pasiva, no existe en realidad ya que dejar de llevar a cabo un acto que debe realizarse, crea éticamente responsabilidad por una acción que consciente y voluntariamente se omitió, un acto de omisión, un acto que implica voluntaria actividad humana: dejar de hacer.
Si analizamos lo anterior desde el punto de vista antropológico y de la ética médica, es obvio que no existe realmente la llamada “eutanasia pasiva”. Recordemos: se estructura un acto de eutanasia cuando voluntaria y conscientemente, y para acortar la existencia del paciente, se lleva a cabo o se omite un tratamiento o una medida asistencial que es necesaria, debida y que tiene sentido, es decir, cuando en la intención del médico o de quien hace su papel predomina el deseo de suprimir la vida del enfermo. Este criterio es válido aún para los enfermos en período terminal, porque para vivir dignamente esta etapa de su existencia necesitan humanamente los llamados cuidados básicos: hidratación, alimentación, comodidad, acompañamiento, etc.
En cambio en la ortotanasia, que no debe confundirse con la impropiamente denominada eutanasia pasiva, el médico o quien haga su función, suspende u omite un tratamiento o cuidado médico que no es necesario, no es debido y carece de sentido dada la posible respuesta a la indicación médica. La intención consciente y la ejecución voluntaria de suspender u omitir el tratamiento o la medida médica es, en esta situación, contribuir a la dignificación del paciente reconociendo la limitación intrínseca, biológica, de la vida terrenal que tiene un final ineludible -un agotarse natural de su energía vital-, la limitación intrínseca de la medicina que sólo puede y debe contribuir a la dignificación de la persona y de la vida del paciente y la limitación del profesional de la medicina que no es dueño sino cuidador de dicha vida para dignificarla, no para eliminarla. Por estas razones, la ortotanasia es el verdadero derecho a morir con dignidad, y si se cumplen correctamente las exigencias de atención primaria y de tratar oportuna y adecuadamente el dolor y la angustia del enfermo -tratamientos paliativos-, merece siempre la aprobación ética.
En cambio, desde el punto de vista antropológico y ético, la eutanasia -suprimir la vida de un enfermo porque padece sufrimientos en vez de suprimir éstos- es siempre reprobada por la ética axiológica personalista y por la ética médica; la ortotanasia es siempre, tanto antropológica como éticamente, aprobada, y no debe confundirse con la mal llamada “eutanasia pasiva” ni con la distanasia -alejar por todos los medios el momento de la muerte sin importar la prolongación de la agonía del enfermo-.
http://www.periodicoelpulso.com/html/nov06/opinion/opinion.htm
El peor depredador
El peor depredador
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Las autoridades nacionales se muestran preocupadas por el notorio incremento de la delincuencia juvenil y en no pocos casos infantil. Esta preocupación debe ser motivo de sincera inquietud de todos quienes vivimos en este país tan azotado por tantos flagelos y tan inhumanos, que muestran el grado de descomposición a que hemos llegado y la indiferencia de algunos sectores que en última instancia son responsables, bien por omisión porque olvidaron sus deberes, bien porque los tergiversaron prefiriendo popularidad política, prebendas, posar de progresistas, etc.
Se han esbozado explicaciones que sin duda contienen elementos de certeza tales como abandono de los padres -así el hogar no esté aparentemente desintegrado-, falta de amor, pobreza, trabajo de la mujer por necesidades económicas o de realización de su personalidad, etc. Pero no se ha llegado en mi concepto al fondo del problema que explica todos los demás, los ya citados y otros muchos que aún no se han publicado.
En el trasfondo de esta dolorosa como vergonzosa situación, encontramos sin ninguna duda la filosofía que orienta la formación de nuestros niños en todos los niveles, de su educación sin sentido verdaderamente humano: se enseña como principio y se subraya con el ejemplo, que es mejor tener que ser, y se relega al hombre a un segundo lugar, a veces en grado inferior al de los objetos o cosas superfluas.
Encontramos así que: para un buen número de cónyuges lo importante no es ser verdadero esposo o esposa sino tener consorte, tener a quien mostrar en sociedad, con quien distraerse, etc.; muchos progenitores confunden consciente o inconscientemente el tener hijos -más frecuentemente un hijo- que sean prueba de su capacidad genésica, con ser padre y madre; medios de comunicación de masas que para tener muchos lectores se dicen de avanzada y llegan a publicar verdaderas antologías del crimen más bien que ser fieles a sus principios religiosos, políticos, a su misión esencial de orientar la opinión pública; instituciones educativas que ostentan títulos de identidad con credos religiosos y que prefieren el número de alumnos, el ingreso monetario, a ser leales con sus creencias, en predicar la fe que haga honor a su misión, constituyéndose así en difusoras de conductas permisivas erróneas, sembrando caos en las mentes de sus educandos; profesionales de todas las ramas del saber humano que optan por la ganancia económica y no por el honrado cumplimiento de su misión.
Todas estas enseñanzas teóricas y prácticas, con ejemplos evidentes y repetidos a veces con bombos y platillos como el ideal del éxito social, político y profesional, han hecho de nuestros jóvenes verdaderos depredadores y los más peligrosos: es mejor tener dinero que ser honesto y el modo de conseguirlo carece de importancia; si para evitar competidores que pongan en peligro los ingresos económicos hay que asesinar, esto no demerita el comportamiento de nadie porque no se usa preguntar quién es, qué hace, sino cuánto es su patrimonio, no se usa preguntar cómo consiguió dicho patrimonio sino a cuánto asciende el mismo. El valor esencial del ser humano se trocó por el precio comercial del ser humano, y se niega en la práctica la dignidad intrínseca de éste, fundamentada no en una fe o credo religioso sino en la antropología filosófica que nos enseña la esencia de esta dignidad.
Debemos tener presente que la acción depredadora en los seres con inteligencia instintiva, los llamados irracionales, tiene límites: el de sus propias necesidades satisfechas, porque generalmente sólo cazan para su subsistencia algunos animales de distinta especie. En el depredador humano esos límites no existen, porque la ambición del tener no se sacia, porque el tener se constituye en única meta de la vida, en única justificación de la misma y sólo les interesa cazar a los de su misma especie.
Sí, hemos creado el peor de los depredadores mediante una filosofía educativa que proclama explícita o implícitamente que tener es superior a ser, que es mejor poseer siendo inhumano que carecer de algo siendo honesto y convivir en paz.
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
http://www.periodicoelpulso.com/html/0910oct/opinion/opinion.htm

