Decretos de "emergencia social": Grave injusticia y grave conducta contra ética médica
Ramón Córdoba Palacio, MD - elpulso@elhospital.org.co
Me limitaré a señalar escuetamente algunos aspectos de los decretos de “Emergencia Social” que atropellan la ética médica, que desconocen y violentan la dignidad y la libertad del paciente y del médico en aras de una demagógica ambición de mayor cobertura, del deseo estadístico de aumentar el porcentaje de protección sin pensar realmente en la calidad que aquélla debe tener. No basta para quien está desnutrido y tiene hambre darle con qué la calme, sino que deben suministrársele elementos que lo nutran. Estos decretos son hijos legítimos de la mentalidad mercantilista que inspiró la Ley 100.
En todos ellos predomina el interés económico, y en el 128 y el 131, que hacen relación más directa a la atención del paciente y a la responsabilidad del médico, ni siquiera se hace alusión a la misión fundamental de la medicina, a la dignidad incondicional del paciente, a la del médico y a la de las personas que laboran en el área de la salud. Se ignoran principios fundamentales de la ética médica como que es la persona humana la que enferma, la que sana o la que conserva su salud; que la misión primordial del médico y de las otras personas que laboran en esta área no es únicamente la salud sino la colaboración honesta al mejor éxito del proyecto existencial del paciente, sano o enfermo.
Se desconoce, por ignorancia o maliciosamente, que «no hay enfermedades sino enfermos»; mejor aún, «que hay enfermedades en enfermos», porque cada ser humano enferma no como quiere o como lo indica un protocolo “basado en la evidencia”, sino como sus reservas biológicas se lo permiten. Ignorar esto es convertir al paciente en un panel o cartelera de síntomas y al médico en un técnico en sintomatologías, en órganos, en ayudas diagnósticas, en sistemas terapéuticos, atropellando su dignidad y su libertad intrínsecas, violentando así los más elementales principios éticos, tanto para el paciente como para el profesional de la salud. En el caso de las EPS y de las IPS, dichos decretos y la Ley 100 convierten a los médicos en técnicos al servicio no del paciente sino del vademécum y de las directivas de la institución.
Es importante que se aclare qué se entiende en estos decretos por “medicina basada en la evidencia”. La medicina, aún entre los llamados pueblos primitivos, siempre se ha basado en la evidencia, si entendemos el concepto como la búsqueda del procedimiento más eficaz para lograr el resultado apetecido: el intercambio de experiencias, la comparación personal de resultados en la práctica de cada “sanador”, etc. Pero la “medicina basada en la evidencia” puede convertirse en camisa de fuerza opresora del criterio honesto del médico frente a la realidad clínico-patológica de cada paciente, e infortunadamente parece éste el significado que le dan los citados decretos de “emergencia social”. Así, en el decreto 131 se constriñe la libertad del médico que no puede aplicar honestamente sus conocimientos a la evidencia clínica del paciente que recibe su esfuerzos, sino que debe obedecer a patrones preestablecidos y adoptados por el “Organismo Técnico Científico para la Salud” y, quizás, ser juzgado por “doctores en medicina” que no vivieron con él la realidad vital de la persona enferma que se confía a su cuidado. Gran injusticia, porque no es lo mismo evaluar una historia clínica por bien elaborada que esté, que compartir los avatares de un proceso patológico. Grave injusticia y grave conducta contra la ética médica.
No pretendo que el ejercicio de la medicina, misión esencialmente social, no sea vigilada por el Estado. Infortunadamente entre los médicos también hay explotadores deshonestos que merecen máximas sanciones. El Estado tiene el deber de vigilar al respecto. Pero dicha vigilancia debe respetar estrictamente la dignidad y la libertad tanto del paciente como la del médico, porque si no lo hace se trataría entonces de intromisión injusta que no debe obedecerse, sino que por el contrario en conciencia debe desobedecerse. También tiene el deber de vigilar la formación integral de los fututos profesionales no sólo en lo académico sino y primordialmente en lo ético, en el sentido humanitario de la profesión, y castigar severamente las instituciones que por cualquier motivo entregan a la sociedad mediocres doctores en medicina, perversos mercachifles de la vida humana.
En la Ley 100 y, con mayor razón, en los inicuos decretos de la “Emergencia Social” se vislumbra algo más ofensivo para la dignidad de todos los colombianos: un principio de dictadura, de tiranía; debe obedecerse al criterio de quien en un momento dado ostenta el poder, así sus decisiones no se ajusten al respeto por la dignidad intrínseca e incondicional de todo ser humano, sin importar que la Constitución Política de la República de Colombia de 1991 en el Artículo 18 proclama: «Se garantiza la libertad de conciencia. Nadie será molestado por razón de sus convicciones o creencias ni compelido a revelarlas ni obligado a actuar contra su conciencia».
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
http://www.periodicoelpulso.com/html/1003mar/opinion/opinion.htm
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Decretos de "emergencia social": Grave injusticia y grave conducta contra ética médica
jueves, 6 de mayo de 2010
Ser madre o mamá
Ser madre o mamá
Ramón Córdoba Palacio, MD elpulso@elhospital.org.co
En todas las culturas conocidas, el significado de la palabra madre, o su sinónimo mamá, trae e la mente la imagen de una mujer amorosa que da origen a la vida de quienes son sus hijos, que los ampara y defiende hasta dar su propia vida por defender la de su prole. Madre o mamá es un vocablo que evoca los más nobles conceptos de amor desinteresado, de sublime espíritu y capacidad de sacrificio, de defensa heroica de la vida, especialmente la de sus hijos- y por esto ha inspirado en el transcurrir de los siglos excelsas obras en todas las artes, en todas los modos de expresión que el ser humano ha practicado.
Y ese sentido de amor, de capacidad de sacrificarse por la prole, de defensa de la vida de ésta inclusive poniendo en peligro la propia, se manifiesta profundamente arraigado en los otros seres animales; desde los más domésticos como son las aves -recordemos las gallinas, las vacas, etc.-, hasta las más feroces como las leonas, las osas, etc., que se enfrentan a los machos de su especie o los predadores para defender a sus cachorros. Paradójicamente, a medida que ascendemos en la escala evolutiva nos encontramos que la hembra humana, la más desarrollada, dotada de inteligencia, razón y voluntad, reniega de esa ley de la naturaleza indispensable para conservar el don de la vida en toda sus manifestaciones y exige normas que la protejan de castigo por suprimir criminalmente la vida de seres indefensos, que no han podido por su circunstancia ontológica y biológica cometer ninguna ofensa ni daño a quien lo condena a muerte. Consciente, voluntaria y arbitrariamente aniquilan a quien sólo respondió a una ley fisiológica, biológica, e inició su vida como ser distinto de sus progenitores, dotado de una dignidad incondicional y absoluta como la de éstos.
Encontramos también paradójicamente grupos de gentes que se expresan a veces violentamente en defensa del sacrificio de animales, contra las acciones humanas que ponen en peligro de extinción especies de animales, contra la destrucción de ecosistemas, etc., pero con la misma violencia y tozudez proclaman la necesidad de permitir a la mujer condenar a muerte a su hijo y ejecutar la sentencia sin que las leyes positivas puedan defender la vida de la persona humana que se desarrolla por ley natural en su vientre, que vociferan fanáticamente con falsos y retorcidos argumentos médicos pidiendo al Estado que defienda la vida de las mujeres “madres” sacrificando, sin razón valedera, la vida de los niños en la etapa de embrión o feto.
Será acaso el momento de empezar a enseñar a nuestros descendientes, niños y jóvenes, que la imagen de amor y sacrificio que evoca la palabra madre o mamá tiene hoy en día una connotación diferente, contraria en todo sentido a lo que aprendimos de nuestras madres y abuelas, y que cuando les toque elegir compañera para fundar una familia deben, por el futuro de sus hijos, convencerse de si la elegida es de las que conservan sin menoscabo el sentido sublime de la maternidad o si, por el contrario, pertenece a las que sacrifican la existencia del hijo para satisfacer sus criterios egoístas, si es capaz de condenar a muerte el vástago que engendró -del que es madre, quiéralo o no- y permitir que sicarios, pagados por ella o por otro, ejecuten la sentencia que ella misma dictó.
Muchas de estas damas se rasgan las vestiduras, y con razón, porque se vende pólvora que daña a los niños, pero, ¡oh paradoja! con más furia vociferan para que se les permita legalmente matar a sus propios hijos.
«Bueno es: conservar la vida, hacer prosperar la vida, llevar la vida capaz de perfeccionarse a su más alto valor. Malo es: destruir la vida, dañar la vida, inhibir la vida capaz de perfección», escribió Schweitzer. Y «la vida capaz de perfeccionarse» es, sin duda, la de la persona humana, la del hombre.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
http://www.periodicoelpulso.com.co/html/mar06/opinion/opinion.htm
¿El bien o el bienestar?
¿El bien o el bienestar?
Ramón Córdoba Palacio. M D.
En el ejercicio de su noble misión, la obligación del médico es buscar siempre para su paciente el bien, el mayor bien posible dentro de las limitaciones que plantee la condición clínico patológica de éste y también las propias -aunque cambiantes- de la medicina como actividad humana. Infortunadamente se proclama con frecuencia, y en medios académicos, que la actividad médica tiene como finalidad el bienestar de quienes la requieren. Más aún, con el propósito de procurar bienestar a los pacientes, se promueven procedimientos reñidos francamente con la ética médica personalista, ya que lesionan gravemente el respeto a la dignidad del ser humano que dicha ética exige en grado sumo, desde la fecundación hasta la muerte, sin que sea lícito optar por ninguna intervención para poner fin a la vida -ortotanasia-.
El tener claridad en el significado de ambos vocablos, el bien y el bienestar, no es un algo intrascendente, pues las con-ductas médicas que tengan por finalidad el procurar uno u otro pueden tener consecuencias benéficas o, al contrario, graves e irreparables daños para el paciente. La determinación de realizar el bien para el paciente no siempre trae aparejado lo que en el lenguaje ordinario se entiende y se reclama como bienestar ni a corto ni a mediano ni a largo plazo. La prescripción de una dieta más o menos estricta a un diabético, junto con fármacos parenterales que pudieran ser de rigor aplicarle una o varias veces al día, sin duda le causará molestia, pero no hacerlo cediendo a su deseo de bienestar sería una grave falta al deber médico de cuidar de la existencia y de la salud del paciente. Insistimos: “el bien” ontológico y moral no conlleva siempre lo que en el lenguaje ordinario se desea y se entiende como “bienestar”.
Si el deber primordial de la actividad del médico es procurar el bien del paciente “favorecer, no hacer daño”, enseña ya el Corpus Hippocraticum tenemos que ser conscientes de que ese bien puede ocasionar molestias de mayor o menor magnitud a quien lo recibe, al paciente, y el médico está ineludiblemente obligado, por respeto a la dignidad y a la libertad de aquél, a informarle con lenguaje comprensivo de acuerdo con su capacidad cognoscitiva, acerca de las conductas que debe adelantar y las consecuencias de rehusarlas para que pueda ejercer idóneamente su autonomía si está en condiciones de hacerlo. Más, si no es correcto que el médico imponga autoritariamente su criterio, tampoco lo es que deje de indicar lo adecuado así vaya en contra del bienestar y prefiera tergiversar su criterio profesional, honestamente fundamentado. Sobre este tema, el consentimiento idóneo o informado, volveremos en otra oportunidad.
No olvidemos que lo que el paciente confía al médico es, en primer lugar, el cuidado de su existencia, y que el diagnosticar y tratar enfermedades, el prevenirlas, la rehabilitación cuando sea necesaria, son simples elementos que le permiten cooperar con su paciente para que él lleve a cabo el proyecto de su vida como persona. Esos elementos que hacen parte de aspectos científicos y técnicos, la tecnociencia con los cuales cumple su misión el médico, pueden desviarlo de su verdadera meta si los hace absolutos y termina comportándose como un perito en procedimientos terapéuticos, diagnósticos, etc., desconociendo a la persona que requiere su atención y mirando sólo la entidad nosológica, el sistema u órgano enfermo, el examen paraclínico, etc., deshumanizando la más humana de las profesiones.
Ese bien que honestamente quiere hacer realidad el médico en su acción de ayuda a quien se confió a su cuidado, debe recaer «en el paciente mismo en cuanto titular y beneficiario de la salud por qué se lucha», como lo enseña Laín Entralgo, pues si otros intereses se interponen, por nobles que parezcan -la sociedad, el Estado, “el buen orden de la naturaleza”, etc.-, convertimos al paciente, que es un fin en sí mismo por ser persona humana, en “objeto”, en cosa explotada para ganancias de otros, menguando así su dignidad y la nuestra como profesionales, ya que nos comportamos como intermediarios mercantiles.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-
http://www.periodicoelpulso.com.co/html/sep03/opinion/opinion.htm
La destrucción de la otredad en el acto médico
La destrucción de la otredad en el acto médico
Mario Montoya Toro, MD
La relación entre el médico y el paciente fue herida seriamente por leyes, decretos y resoluciones que, como meteoritos, cayeron en medio de esa relación y crearon un cráter entre los dos sujetos de ella. Porque en la relación médico-paciente que durante siglos pervivió, no había un solo sujeto y un objeto, no era como las gentes a veces han creído y como ahora resulta en gracia de todo lo que hemos dicho, un sujeto -el médico- y un objeto -el paciente-.
Eran dos seres humanos cada uno sujeto para el otro, que intercambiaban ideas: las del uno -sus preocupaciones, angustias y dolores-, las del otro -sus palabras de consuelo, de esperanza, de apoyo fraterno y de guía en el tratamiento-.
Cada uno era para el que estaba frente a él en la consulta “el otro”, un ser humano, con sentimientos humanos, con preocupación humana, era en resumen «el otro», y esa otredad establecía para cada quien la obligación moral de un diálogo, una relación humana que respetara siempre la dignidad del hombre.
El médico conocía a su paciente, y lo recordaba cada que era necesario; el paciente conocía al médico y podía llamarlo por su nombre, lo cual hoy en día no se da. Pacientes anónimos, médicos anónimos, han sido el resultado de todo lo que hemos visto.
¡Qué triste que hoy en día al médico no le importe el nombre de su paciente y ni siquiera le interese recordarlo, o qué triste que al paciente no le importe quién es el médico que lo atendió, no conozca su nombre ni le interese conocerlo!
¿Hay aquí una relación verdaderamente humana entre un hombre que necesita la ayuda del otro y éste que está en capacidad de dársela ? ¡En absoluto! Hay simplemente una relación formal entre uno más de los enfermos y uno más de los médicos posibles. Para el médico ya ese paciente no es “el otro”, sino uno más, y así como hemos criticado el que en los hospitales aprendan a veces los estudiantes a hablar del paciente 238, 241, etc., sin siquiera mencionar el nombre de la persona, o, lo que es peor, del cáncer de la cama 122, del infarto de la cama 140, así también resulta deshumanizado ese trato actual del médico con su paciente y de éste con aquél.
¡Cómo recordamos con nostalgia aquel acto médico en el que el paciente era recibido con afecto por el profesional que lo saludaba por su nombre y le preguntaba incluso por su familia, e introducía aunque fuera una corta relación de ser humano a ser humano antes de entrar a la consulta propiamente dicha, cuando vemos hoy esa despersonalización en la consulta médica! No es raro que cuando uno pregunta al paciente al que ve por primera vez, o ha visto ya en otras ocasiones, quién lo atendió en determinado servicio médico, le responda: “No sé su nombre”. Pero además si le pregunta qué le dijo el doctor, qué exámenes le hizo, responda: “Ni siquiera me examinó, solamente me preguntó qué sentía y me dio esta fórmula”. Esto bien pudiera cumplirlo una máquina a la que no hay que pagarle salario ni prestaciones sociales. El médico-máquina es una de las desgracias del momento actual en la medicina, así como lo es el paciente-objeto.
Ojalá se pudiera rescatar la otredad en la relación médico- paciente, para que hubiera la armonía necesaria entre dos seres humanos que se complementan, cada quien desde su respectivo campo, aportando lo que le es propio, para que el uno -el médico-, pueda cumplir su función; o para que el otro -el paciente-, pueda recibir la atención necesaria como brindada con conocimiento médico, pero sobre todo con afecto humano, que es una gran parte del tratamiento que debe dársele.
Si en la relación médico-paciente, yo, además de no involucrar mi “mismidad” (yo soy yo mismo), ignoro la otredad humana del paciente y éste hace lo mismo recíprocamente, esa relación bien pudiera decirse no sólo que nace resquebrajada, sino que es verdaderamente” mortinata”.
Los grandes maestros de la medicina tuvieron siempre centrada su atención médica en el ser humano enfermo, antes que en la enfermedad como tal. Cuando alguno de esos médicos acuñó la frase que nos presentaban a los estudiantes de medicina al comienzo de la enseñanza clínica: «No hay enfermedades, sino enfermos», se nos estaba diciendo que la enfermedad puede tener distinta forma de presentación según quien la padezca, pero se nos estaba diciendo también que ese “quién” es un ser humano igual que nosotros, pero necesitado no sólo de un tratamiento para su mal, sino de la acogida fraterna del médico. «¿En dónde está eso ahora?»
NOTA: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
http://www.periodicoelpulso.com.co/html/1004abr/opinion/opinion.htm
Sobre la proporcionalidad
Bioética
Sobre la proporcionalidad
Carlos Alberto Gómez Fajardo, MD
Desde una postura bioética respetuosa con la dignidad del paciente, está claramente entendido que el quehacer del terapeuta parte del entendimiento de la realidad limitada y contingente de la existencia humana. Limitación que comienza -no por obvio debe dejarse de recordar oportunamente- por la propia del citado terapeuta. Ya lo sabía bien el médico de la época clásica, de cuya conducta conocemos hoy mucho. Herófilo de Alejandría había definido al buen médico como “aquel que es capaz de distinguir entre lo posible y lo imposible”.
En la práctica tecnocentrista y comercial de hoy, caracterizada por una pesada intermediación instrumental ante la realidad del enfermar, se llega a veces al extremo absurdo del encarnizamiento terapéutico. La preocupación y el temor del paciente lo han llevado, de la mano de la desconfianza, a querer en cierto modo “gestionar la muerte” acercándose al peligroso límite de “hipertrofia de la autonomía”. En tal sentido puede entenderse la extensa trayectoria de documentos jurídicos sajones como el “living will” y las “advanced directives”, no despojados de un autoritarismo unilateral. Quizás sean apenas una solicitud del futuro paciente para no ser convertido en víctima de una tecnología deshumanizada y fría; quizás, una expresión más de insatisfacción ante un acto médico degradado a la realización de un contrato multilateral, susceptible de evaluación judicial constante.
El “testamento vital” es un tema que pronto se toca con el de la eutanasia, el suicidio asistido y la sutil manipulación terminológica relacionada con la “muerte digna”, que conduce a que muchos terminen llamando “bueno” a lo que es malo y viceversa.
Ayuda a despejar el panorama, para quien quiera tener en cuenta esta realidad, la enunciación del “principio de totalidad o terapéutico”, basado en el todo unitario en que consiste la existencia corpórea, única y personal de todo ser humano.
El respeto por la vida incluye la proporcionalidad de la terapia propuesta, la justa evaluación de las medidas en el contexto de la totalidad de la persona: riesgos, daños, beneficios, costos, expectativas. Si este ponderado análisis tiene lugar, el médico se sabrá mantener lejos del engaño, de la participación dicotómica en la explotación comercial, de la manipulación sombría e indebida, y del encarnizamiento. En una atmósfera de respeto a la dignidad del otro, se comprende la máxima “todo exceso es enemigo de la naturaleza” y el texto hipocrático: “haré uso del régimen en beneficio de los enfermos, según mi capacidad y mi recto entender y, si es para su daño e injusticia, lo impediré.”
Tal es la validez de algunos conocimientos clásicos, ahora que no es infrecuente que algunos imaginen que el acto médico “científico” lo es cuando se acoge a la “MBE” (Medicina Basada en la Evidencia). Para quienes reafirman su condición de científicos acudiendo a las últimas cifras provenientes de la base de datos “Cochrane”, podría hacerse una respetuosa sugerencia: debería haber una rotación del personal en entrenamiento en las ciencias de la salud por un curso de algunas semanas que incluyera unos turnos de biblioteca e investigación y lectura crítica de la historia de la medicina. Se debieran matricular -es “evidente”- también los profesores. Así podremos superar el peligro de que las cosas se reduzcan, como acontece, a “facturo, luego existo...”. El ensañamiento terapéutico es, además de una falta contra códigos vigentes, un lamentable error de juicio clínico y de juicio ético-antropológico.
Nota: Esta sección es un aporte del Centro Colombiano de Bioética -Cecolbe-.
http://www.periodicoelpulso.com/html/ene06/opinion/opinion.htm
César Nombela: La vida humana supera lo puramente biológico”
martes, 2 de febrero de 2010
César Nombela: La vida humana supera lo puramente biológico”
El catedrático César Nombela ha pronunciado la conferencia de clausura de las II Jornadas de Bioética de la UCAM
César Nombela: La vida humana supera lo puramente biológico”
La Universidad Católica San Antonio (UCAM) ha clausurado esta mañana las II Jornadas Bioética Contemporánea, organizadas por el departamento de Ciencias Humanas y Religiosas.
En el acto de clausura han intervenido el vicerrector de Asuntos Religiosos, José Alberto Cánovas, y la coordinadora del congreso, Gloria María Tomás, que ha leído las conclusiones del mismo.
Entre los ponentes de esta última jornada, cabe señalar la intervención del catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, César Nombela que ha disertado sobre ‘La vida humana, referencia fundamental para la Bioética’.
Al acto han asistido el presidente de la Universidad, José Luis Mendoza, y el director del departamento de Ciencias Humanas y Religiosas, entre otros representantes de la institución.
El catedrático de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid, César Nombela, ha ofrecido una ponencia bajo el título ‘La vida humana, referencia fundamental para la Bioética”.
Según Nombela,” la vida humana supera lo puramente biológico”, y ha explicado que “actualmente, y especialmente en los últimos 60 años, se ha producido un auge de las ciencias de la vida; pero en el conocimiento de la vida no sólo es necesario conocer los fundamentos científicos, sino también la significación de la vida, la bioética, ya que sin ella no es posible entender la dignidad de la vida humana”.
La coordinadora del simposio y profesora de la UCAM, Gloria María Tomás, en su intervención sobre ‘La corporalidad humana’, ha explicado que ‘el cuerpo humano es parte integrante y, a la vez, expresión de la persona creada a imagen y semejanza del Dios invisible.
El cuerpo humano, al estar dotado de significado es ciertamente el nudo antropológico donde se resuelve o se deforma el misterio del hombre”.
El vicepresidente de la Sociedad Murciana de Bioética, y profesor de Bioética de la UCAM, Modesto Ferrer, en su ponencia sobre ‘La Bioética en el Magisterio de Benedicto XVI’, ha afirmado que “existe una relación entre ética de la vida y ética social.
No puede tener bases sólidas una sociedad que, mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz, se contradice radicalmente aceptando y tolerando las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada”.
Por otro lado, el profesor de Bioética de la UCAM, Juan Antonio Marín, en su ponencia titulada ‘¿Animales con derechos?, ha señalado que “los animales no tienen derechos, pero tampoco el hombre tiene todos los derechos sobre los animales”.
Entre las conclusiones finales del congreso, leídas por la doctora Gloria María Tomás, cabe destacar “el valor inalienable de la persona, sustrato del orden público, y por tanto, la fuente de todos los derechos humanos”.
Respecto a la objeción de conciencia, se ha concluido que “la auténtica relación entre la conciencia personal y la ley, hace preciso el reconocimiento jurídico de la objeción de conciencia como manifestación de respeto a la dignidad de la persona”.
http://www.murcia.com/noticias/2010/01-30-cesar-nombela-vida-humana-supera.asp
César Nombela: La vida humana supera lo puramente biológico”
César Nombela: La vida humana supera lo puramente biológico”
El catedrático César Nombela ha pronunciado la conferencia de clausura de las II Jornadas de Bioética de la UCAM
César Nombela: La vida humana supera lo puramente biológico”
La Universidad Católica San Antonio (UCAM) ha clausurado esta mañana las II Jornadas Bioética Contemporánea, organizadas por el departamento de Ciencias Humanas y Religiosas.
En el acto de clausura han intervenido el vicerrector de Asuntos Religiosos, José Alberto Cánovas, y la coordinadora del congreso, Gloria María Tomás, que ha leído las conclusiones del mismo.
Entre los ponentes de esta última jornada, cabe señalar la intervención del catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, César Nombela que ha disertado sobre ‘La vida humana, referencia fundamental para la Bioética’.
Al acto han asistido el presidente de la Universidad, José Luis Mendoza, y el director del departamento de Ciencias Humanas y Religiosas, entre otros representantes de la institución.
El catedrático de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid, César Nombela, ha ofrecido una ponencia bajo el título ‘La vida humana, referencia fundamental para la Bioética”.
Según Nombela,” la vida humana supera lo puramente biológico”, y ha explicado que “actualmente, y especialmente en los últimos 60 años, se ha producido un auge de las ciencias de la vida; pero en el conocimiento de la vida no sólo es necesario conocer los fundamentos científicos, sino también la significación de la vida, la bioética, ya que sin ella no es posible entender la dignidad de la vida humana”.
La coordinadora del simposio y profesora de la UCAM, Gloria María Tomás, en su intervención sobre ‘La corporalidad humana’, ha explicado que ‘el cuerpo humano es parte integrante y, a la vez, expresión de la persona creada a imagen y semejanza del Dios invisible.
El cuerpo humano, al estar dotado de significado es ciertamente el nudo antropológico donde se resuelve o se deforma el misterio del hombre”.
El vicepresidente de la Sociedad Murciana de Bioética, y profesor de Bioética de la UCAM, Modesto Ferrer, en su ponencia sobre ‘La Bioética en el Magisterio de Benedicto XVI’, ha afirmado que “existe una relación entre ética de la vida y ética social.
No puede tener bases sólidas una sociedad que, mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz, se contradice radicalmente aceptando y tolerando las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada”.
Por otro lado, el profesor de Bioética de la UCAM, Juan Antonio Marín, en su ponencia titulada ‘¿Animales con derechos?, ha señalado que “los animales no tienen derechos, pero tampoco el hombre tiene todos los derechos sobre los animales”.
Entre las conclusiones finales del congreso, leídas por la doctora Gloria María Tomás, cabe destacar “el valor inalienable de la persona, sustrato del orden público, y por tanto, la fuente de todos los derechos humanos”.
Respecto a la objeción de conciencia, se ha concluido que “la auténtica relación entre la conciencia personal y la ley, hace preciso el reconocimiento jurídico de la objeción de conciencia como manifestación de respeto a la dignidad de la persona”.
http://www.murcia.com/noticias/2010/01-30-cesar-nombela-vida-humana-supera.asp
La SIBI hace «memoria» con un libro
La SIBI hace «memoria» con un libro
25.01.10 - 02:20 -
GIJÓN.
Sus páginas recogen «con orgullo» 12 años de vida y respaldos, incluidos los de varios premios Nobel, pero especialmente da fe del «programa pedagógico»
La publicación compila la actividad de la Sociedad Internacional de Bioética desde 1997
«El programa con estudiantes de Secundaria justifica por sí mismo la existencia de la SIBI», dice Palacios
Congresos, premios y conferencias están en la publicación que no olvida el puesto dado a Gijón en el mundo
En septiembre de 2007, cuando el calendario le recordó que llevaban 10 años trabajando por un sueño orientado a la reflexión de la Bioética, que había pasado toda una década desde que la comunidad científica del mundo le daba el sí rotundo para poner en marcha su proyecto de deliberación abierta y propuestas, Marcelo Palacios, alma y cuerpo de la Sociedad Internacional de Bioética (SIBI), decidió recuperar todos los recuerdos y envolverlos en un libro. «No una publicación joya, sino un volumen de memoria», dice ahora, ya con las maquetas en la mano, revisándolas para que entren en la imprenta, más de dos años después de poner en marcha la idea, pues el trabajo diario ha echado varios pulsos al de recopilación documental. Pero, finalmente, la obra está acabada. Será presentada en febrero bajo el explícito título '12 años de la Sociedad Internacional de Bioética'.
Con textos de todos los que en aquel primer día de firmas y presentaciones estuvieron presentes en el Teatro Jovellanos donde la SIBI se dio a conocer, justo dos meses antes de la constitución del comité científico que inició sus actividades el 11 de diciembre de 1997 (aunque la Sociedad fue inscrita en el Registro del Patronato de Fundaciones Docentes el 18 de enero de 1998), el libro ofrece un recorrido exhaustivo por todos y cada uno de los hitos de la institución afincada en Gijón y con sede definitiva desde hace siete años en el restaurado edificio de la 'Gota de leche'. Y hace ese recorrido no sólo con verbo, sino y sobre todo, con imágenes.
La que abre el volumen, como otras muchas de su interior, salió de los archivos de EL COMERCIO y recoge, precisamente, aquella memorable jornada de setiembre en el Teatro Jovellanos, en la que el entonces alcalde y hoy presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, hacía los honores, junto al que fuera rector de la Universidad de Oviedo, el fallecido Julio Rodríguez, los dos primeros patronos nombrados para la causa, junto a Marcelo Palacios.
Tras esa fecha fueron muchas las que pasaron a la historia y hoy son parte del libro. La segunda más importante en el paseo cronológico la protagonizaron quienes en diciembre de 1997 dieron cuerpo al Comité Científico. Agni Vlavianos (Greecia), Amos Shapira (Israel), Maurice Dooley (Irlanda, Santa Sede), José Elizalda (U.E, Bruselas) Erwin Bernat (Austria), Alain Pompidou (Francia), Ferenz Oberfrank (Hungría), Erwin Deutsch (Alemania), Jean Michaud (Francia) y Guido Gerin (Italia), que posaron para la causa al lado, entre otros, de los españoles Santiago Dexeus, Margarita Salas, Santiago Grisolía (España).
Hoy ese comité ha crecido en miembros. Lo ha ido haciendo a medida que la propia SIBI ha ido dando pasos de gigante en sus tarea de difundir la Convención de Asturias (la Convención sobre los Derechos Humanos y la Biomedicina del Consejo de Europa firmada en Oviedo), que fue el germen del que partió el sueño. Y ha ido creciendo, lógicamente, a medida que sus logros se iban multiplicando en favor del conocimiento de la Bioética, «siempre con la finalidad de lograr su plena aplicación en los ámbitos de las ciencias y tecnologías médicas, biológicas, medioambientales y alimentarias», procurando, dice su carta fundacional, «sus desarrollos jurídico y pedagógico, tanto a nivel nacional como internacional, y estimulando el análisis de los problemas concretos de la aplicación de los avances».
En '12 años de la Sociedad Internacional de Bioética', articulado en 25 capítulos, se da cuenta de cada uno de esos pasos. Se da fe de los seis congresos mundiales ya celebrados (en 2011 se desarrollará el séptimo), de las actas fruto de esos encuentros y de las conferencias que han traído a Gijón -«y puesto su geografía y existencia en el mapa del mundo científico», como se apresura a decir Palacios- a algunas de las principales personalidades del mundo de la ciencia y del pensamiento, incluidos varios premios Nobel como el francés Jean Dausset o el poeta nigeriano Wole Soyinka.
También se repasan en sus páginas los premios concedidos. El último se entregará en unos días a la bioquímica de la Universidad del País Vasco Mertxe de Renobales Scheifler, por su trabajo titulado 'Alimentos más sostenibles: las semillas transgénicas en la agricultura ecológica'. Pero si a Marcelo Palacios se le pide extraer una de las crónicas más especiales de las muchas que narra el nuevo libro no lo duda. La del programa pedagógico es la elegida y por eso en '12 años de la Sociedad Internacional de Bioética' se trata este punto con especial orgullo, hacinéndose eco del proyecto iniciado en 2004 y que, según su creador, «justifica la SIBI en sí mismo».
Es, asegura Palacios, su mayor logro. «Los congresos y las conferencias sirven para dar realce a asuntos de sumo interés, incluso para llamar la atención sobre Asturias y Gijón, pero el programa pedagógico está logrando que muchos estudiantes de secundaria se involucren en unos objetivos bioéticos importantísimos. Lo hacen participando en nuestras actividades y conociendo de primera mano a personalidades del mundo que nunca estarían a su alcance». El programa ya ha dado sus frutos. Alguna conferencia por parte de alumnos y profesores y también trabajos publicados. «Son, sin duda, nuestro máximo orgullo», dice el alma de la SIBI, y eso se nota en el volumen que verá la luz en unas semanas y que, por supuesto, también da cuenta de las sesiones de la Sociedad que se han empezado a abrir en el mundo. La primera fue la de Buenos Aires, una sociedad relacionada jurídicamente con la asturiana, que trata temas específicos y «se apoya en nosotros como institución nodriza», un término éste que empieza a ser familiar a 13 años de su constitución.
http://www.elcomerciodigital.com/20100125/cultura/sibi-hace-memoria-libro-20100125.html
Bioética, parte de la conciencia médica: BUAP
Bioética, parte de la conciencia médica: BUAP
Miércoles, 27 de Enero de 2010 17:36
Noticias - Ciencia y tecnología
Se basa en la toma de decisiones a favor de la humanidad, afirmo Mariana Paula Loyola Gutiérrez, catedrática de la Facultad de Medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Puebla, Puebla.- La bioética no está en contra del desarrollo médico, sino que “es la parte reflexiva, racional y lógica de la toma de decisiones respecto al uso de la ciencia y tecnología, para que ésta se ejerza en beneficio de la humanidad”, destacó Mariana Paula Loyola Gutiérrez, catedrática de la Facultad de Medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
Este término, que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, también es una ética aplicada frente a la preservación del bienestar de generaciones actuales y futuras.
“Planteando así una reflexión en cuanto a las políticas económicas, culturales, educativas e históricas de la sociedad, de lo que hacemos y queremos llegar a hacer en relación a dichos avances científicos”, dijo la especialista.
La bioética se basa en tres principios fundamentales, el primero corresponde a la beneficencia y no maleficencia, surgida del principio hipocrático primum non nocere, que significa primero no hacer daño o hacer el menor daño posible; la autonomía tanto individual como social, que respetan el concepto de vida y muerte; y justicia, basada en la posibilidad de elevar la verdad de las conciencias médicas.
La prevención y combate de enfermedades infecciosas, degenerativas, metabólicas, y los logros en la modificación de la transmisión genética han permitido al hombre transformar su entorno y condiciones de vida.
Sin embargo, existe una gran experimentación alrededor del mismo para evitar su mortalidad, desarrollando avances como la hemodiálisis; “aquí es donde ingresa la bioética para diferenciar el bienestar de la persona, más allá de favorecer sólo a la ciencia, ya que la tecnología todavía no logra discernir una vida o muerte digna en los pacientes”, mencionó Loyola Gutiérrez.
Entre los dilemas con más revuelo en nuestro país, agregó la catedrática, “se encuentra la eutanasia y el aborto, en cuanto a que no son legalmente aplicables, en comparación con Holanda, Dinamarca o Costa Rica, donde se lleva a cabo la eutanasia activa, medidas que provocan la muerte en el paciente”.
En el mundo entero el desarrollo de la bioética ha sido sorprendente, tanto que universidades la incluyen en su plan de estudios. En el caso de la Máxima Casa de Estudios, se imparte el “Diplomado de Bioética y Derechos Humanos en la práctica profesional”, en coordinación con la UNAM y la Cátedra UNESCO, de junio a diciembre del presente año. Informes al teléfono 0442224596124 y 2742309, o bien al correo electrónico mapalogu@buap.mx
http://www.poblanerias.com/ciencia/27449-bioetica-parte-de-la-conciencia-medica-buap.html
“Los códigos de la vida”, claves para entender la bioética
lunes, 23 de noviembre de 2009
“Los códigos de la vida”, claves para entender la bioética
Los doctores López Barahona y Abellán Salort abordan la relación entre ciencia, derecho y derecho a vivir.
REDACCION HO.- Los códigos de la vida (Homolegens), del que son autores Mónica López Barahona, miembro del consejo asesor de Derecho a Vivir, y José Carlos Abellán Salort, de la Sociedad Española de Biojurídica, aborda de manera interdisciplinar los asuntos esenciales de la bioética: el inicio de la vida humana, el desarrollo embrionario, el aborto, la fecundación in vitro, la investigación con células madre, la clonación, la eutanasia, los cuidados paliativos.
Con rigor científico y ético, la obra analiza en profundidad los datos que la ciencia maneja actualmente en relación con la vida y aborda el marco jurídico que regula sus prácticas.
Mónica López Barahona, doctora en Ciencias Químicas y Master en Filosofía, es autora de múltiples publicaciones en el ámbito de la Bioética y de la Oncología Molecular, y profesora universitaria de ambas materias. Fue consultora de Naciones Unidas para Bioética y miembro del Comité Director de Bioética del Consejo de Europa y del Comité Nacional de Ética.
Autora, entre otras, de las monografías La clonación humana, El estatuto del embrión humano y El destino de los embriones congelados. Actualmente es Directora General Académica del Centro de Estudios Biosanitarios y Directora de la Cátedra de Bioética Jérôme Lejeune.
José Carlos Abellán Salort es doctor en Derecho, fundador y Secretario General de la Sociedad Española de Biojurídica y profesor y Coordinador de la Cátedra UNESCO de Bioética y Biojurídica.
Ha sido Profesor de Filosofía del Derecho, Teoría del Derecho y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid. Desde 2009 es Profesor Contratado Doctor en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y en diversos programas de posgrado.
Entre sus publicaciones destacan sus libros Bioética, autonomía y libertad, La praxis del consentimiento informado en la relación sanitaria. Aspectos Biojurídicos y Autonomía, libertad y testamentos vitales.
http://www.hazteoir.org/node/25634
Bioética: más allá de la casuística
lunes, 24 de agosto de 2009
Subject: Bioética (El Pulso HUSVP 121 Octubre 2008)
Bioética: más allá de la casuística
Carlos Alberto Gómez Fajardo
Existe una extendida confusión que suele afectar el tono y el rigor intelectual con que se deben abordar los temas de la bioética. Esto es frecuente cuando se trata del planteamiento -no análisis, sólo planteamiento- de casos y circunstancias clínicas complejas que diariamente ponen entre sí a los médicos en controversias, algunas de ellas innecesarias y en exceso emocionales. Aquello es explicable, pues en los afanes propios de la práctica, en el escenario vertiginoso de los hechos, se necesitan respuestas urgentes y rápidas. La ansiedad y la premura que acompañan a algunas las decisiones clínicas suelen dar poco espacio y tiempo a la elucubración sistemática. Aún con la anterior observación, tiene validez enunciar esto: la bioética como disciplina académica va más allá del casuismo. Sus alcances, en cuanto método de aproximación al hecho concreto, trascienden el afán de búsqueda de normas externas que pretendan regir en casos especiales. Sus conclusiones van mucho más allá del protocolo y de la deliberación sobre aspectos concretos de la ley civil que se aplican a casos particulares. Algunos autores han hablado, con gran propiedad, del tema de la seriedad de la ética y de la rigurosa exigencia de idoneidad intelectual que se espera de quienes intervienen en este campo. Esto naturalmente contrasta con una “mentalidad light” que a todos nos afecta y que pretende y espera hallar respuestas fáciles y rápidas que se acomoden a circunstancias complejas. No es propio de la bioética como disciplina racional el acomodo a las visiones que superficialmente pretenden solucionar diferencias de partes que se encuentran en conflicto. La bioética no es circunstancialismo, no es casuismo, aunque sí pertenece a su naturaleza el aportar datos e ideas que ayudan a la toma de decisiones. No es tampoco, merece la pena repetirlo, enumeración de normas positivas. No se puede confundir la bioética con el derecho, otra frecuente falla.
Para efectos didácticos bien puede considerarse la definición que Guy Durand da sobre la bioética: “búsqueda del conjunto de exigencias del respeto y de la promoción de la vida humana y de la persona en el sector biomédico.” En casi todos los escenarios académicos se acude a los conceptos: respeto, dignidad, vida, búsqueda, verdad.
El tema de la ética se relaciona con la valoración del acto humano libre. La complejidad de las consideraciones que atañen al problema de la libertad es grande. Tanto, que existen ideologías y tendencias deterministas que anulan la posibilidad del acto humano libre (neurodeterminismos, sociologismos, economicismos). Como se ve, esta área del pensar y del actuar humano requiere de un sólido soporte filosófico y conceptual. Su carácter de diálogo de tipo interdisciplinario la hace trascender el ámbito del derecho positivo. La bioética exige un conocimiento sólido del “estado del arte” de diversos temas de la ciencia y la tecnología sobre los cuales es necesaria una reflexión “a la segunda potencia”: biología, ecología, medicina, derecho, sociología. Tiene una sólida tradición académica e histórica que ha sido nutrida de diversas corrientes que interactúan en diálogo, a veces arduo, como el positivismo pragmático de corte anglo-sajón y la antropología personalista realista mediterránea. La idoneidad y la seriedad de la ética son exigencias que van más allá de la mirada apresurada que exigen los casos urgentes y complejos. A fin de cuentas, lo complejo y lo urgente constituye el accionar cotidiano de cada médico en su práctica. Al actuar diario la bioética le debe brindar un aporte filosófico de coherencia, veracidad y serenidad.
Cecolbe
El reclamo Bioético: no sólo ciencia
domingo, 23 de agosto de 2009
El reclamo Bioético: no sólo ciencia
Ismael Clark Arxer
Cubarte
Cuando el oncólogo de la Universidad de Winsconsin Van Renselaer Potter acuñó el término BIOÉTICA, a comienzos de los años 70 del pasado siglo, no podía sospechar que dicho término sería objeto de diversas connotaciones, y que ello habría de inducirlo a profundizar mucho más sobre su alcance. Su libro original de 1971, titulado "Bioética, un puente hacia el futuro", asociaba este término a la búsqueda del equilibrio respetuoso y consciente del hombre con su medio natural. Sin saberlo, se convertía con ello en un temprano precursor del enfoque ético de la sostenibilidad ambiental, como premisa para el desarrollo material y espiritual de las sociedad humana. En el citado libro advertía con singular lucidez que "una ciencia de la sobrevivencia debe ser más que sólo ciencia", por lo que proponía "el término Bioética para enfatizar los dos ingredientes más importantes para alcanzar la nueva sabiduría que se necesita tan desesperadamente: conocimiento biológico y valores humanos".
Al día de hoy, casi cuatro décadas después de esa obra, la ética científica reclama con toda urgencia la reconsideración de los elementos que se han venido proclamando como indicadores del progreso humano, distorsionados hacia patrones de consumo superfluo absolutamente insostenibles. Está claro que se trata no sólo de cuestionar con el debido fundamento esos torcidos patrones de desarrollo devenidos en referentes culturales, sino de trazar caminos alternativos en concordancia con las necesidades humanas básicas y encaminados también a engrandecer la condición humana de un modo tal que no se comprometa la viabilidad de la vida en el planeta ni la plenitud existencial de las futuras generaciones.
Sin embargo, durante este período el campo de la bioética se vio circunscrito, en muchos escenarios, al examen y debate de dilemas de carácter predominantemente biomédico, en consonancia con otra aparente raíz histórica del término que se remonta a 1961 en la Universidad de Washington- Seattle y que fue reflejada al siguiente año en un reportaje de la revista Life. En aquel contexto, el apelativo bioético se utilizó para denotar la misión de un comité asesor con mayoría de no-facultativos, a quienes se confió la tarea de decidir quienes habrían de tener acceso (y quiénes no) a los limitados recursos de hemodiálisis disponibles en aquel momento. Por entonces, hacía unos pocos meses de su habilitación como procedimiento médico, gracias a la invención de la conexión y la cánula arterio-venosa por el doctor Belding Scribner, por lo que la misión asesora del citado comité se podía resumir en dos palabras: quiénes podrían intentar vivir y quiénes debían irremisiblemente morir.
Para toda una corriente de opinión, el ámbito de la bioética debió circunscribirse a los dilemas biomédicos, lo que llevó incluso a centrarse por momentos en los eventuales conflictos entre facultativo y paciente y sus eventuales consecuencias jurídicas. El propio Potter, en 1996, consideró necesario puntualizar el alcance que el ámbito de la bioética tenía para él. Escribió entonces: "Cuando utilicé el término "bioética" (...) claramente quería que incluyera no simplemente a la ética médica, sino también la ética ambiental y la agrícola. En realidad, la palabra habla por sí sola". A diferencia de su enfoque restringido a la esfera médica, la Bioética de Potter nos incumbe a todos.
En un circunstanciado artículo publicado a mediados de los años 90, el fundador de la bioética examinó en detalle lo que denominó como necesaria conversión del desarrollo sostenible en una supervivencia global, en tanto examinaba de manera crítica las que identificó como cinco diferentes categorías de supervivencia: la "mera" supervivencia, la supervivencia "miserable", la supervivencia "idealista", la supervivencia "irresponsable" y la supervivencia "aceptable".
A los efectos del presente comentario, mencionaré de modo muy resumido que como "supervivencia irresponsable" el autor tipifica la cultura dominante en los países desarrollados, basada en un conspicuo consumo acoplado con ?la explotación y progresivos degradación y agotamiento del fondo de recursos naturales". A manera de ilustración de las contradicciones de tal modelo, denuncia que éste "provee empleo con elevada remuneración a unos pocos en tanto millones permanecen por debajo de los niveles de pobreza". El propio autor afirma, y coincidimos con él, que "la cultura dominante es irresponsable e inaceptable. La misma no puede sobrevivir a largo plazo". En ese mismo artículo Potter señala que, al proponer el concepto de "supervivencia aceptable", dos cuestiones emergen de inmediato: ¿supervivencia aceptable para quién y aceptable por quiénes?, y aún otra: ¿qué pasa entonces con otro término frecuentemente utilizado, el de desarrollo sostenible?
La respuesta que brinda Potter a las interrogantes anteriores nos conduce al centro de nuestra actual reflexión. Para el ilustrado oncólogo y eticista, "el antropocentrismo tradicional ha devenido en una superpoblación humana y la progresiva extinción de otras especies. La supervivencia aceptable es un antropocentrismo ilustrado: el mismo reclama un control de la fertilidad humana y aprecia a la especie humana en el contexto de la biosfera total. Si la especie humana ha de sobrevivir, ella ha de preservar el ambiente natural en una dimensión suficiente para permitir la diversidad de las especies".
Sucede que el desarrollo del sistema capitalista mundial en los últimos siglos propició una ciencia y ésta a su vez ha generado una tecnología que, de continuarse aplicando de manera irresponsable, comprometen hoy los límites mismos para la supervivencia de nuestra especie. El deterioro ambiental y el agotamiento de los recursos naturales no renovables son consecuencias de la capacidad adquirida por los humanos para trascender su entorno inmediato y transgredir el orden natural.
En otra de sus obras finiseculares, el ya citado Potter puntualizó su "bioética profunda" como inspirada en el realismo, referido éste tanto a la naturaleza del animal humano como a la del mundo en que vivimos y del cual dependemos. Al realizarlo, nos legó un llamado a la búsqueda de una sabiduría encaminada a discernir cómo utilizar el conocimiento para el bien social, reclamando la combinación de las ciencias ecológicas con un sentido de responsabilidad moral por un mundo en que se pueda vivir. Con ese fin evocó la más temprana propuesta de Aldo Leopold de una " ética de la tierra", que pudiera cambiar el rol de conquistador desempeñado hasta ahora por el Homo sapiens para sustituirlo por el de sencillo miembro y ciudadano de la comunidad planetaria. Para ello aboga por una "evolución cultural consciente" que pueda producir los masivos cambios en la conducta social que se requieren para guiar hacia al futuro a nuestra especie. Esta dimensión del problema cuenta hoy, cada vez más, con sobrados fundamentos racionales, aportados por la ciencia. Las Academias de Ciencias de todo el mundo han coincidido sobre la necesaria "transición a la sostenibilidad" y así lo proclamaron en un manifiesto hecho público a comienzos del presente siglo. Ese y otros llamados no han logrado, sin embargo, penetrar de manera generalizada en la conciencia humana, especialmente entre aquellos que "disfrutan" del modelo consumista.
Tanto la ciencia como el arte ofrecen representaciones del mundo y comparten de hecho, tanto el objeto de su observación como la pretensión de ofrecer modelos derivados de la misma. Hay sin embargo una divergencia ineludible en sus objetivos: a diferencia de las ciencias, proveedoras de datos e interpretaciones para el conocimiento presuntamente certero y de aceptación general sobre objetos y procesos objetivos del mundo, el propósito de las artes es producir una emoción estética a través de una interpretación de la realidad que constituya una forma de apropiación íntima de dicha realidad. En todo caso, no debe pasarse por alto la advertencia de Aldous Huxley: "la condición previa para cualquier relación fructífera entre literatura y ciencia es el conocimiento". De mi parte me atrevo a extender al conjunto de las bellas artes la alusión a la literatura y, por otro lado, admito con toda humildad que la sabiduría no se circunscribe en modo alguno a los datos científicos.
Pertrechados por el conocimiento científico con respecto a los límites racionales de la actividad humana, que los científicos tenemos el deber insoslayable de esclarecer y difundir, los artistas tienen ante la posibilidad, en la medida que incorporen las señales de ese conocimiento a su propia sensibilidad, de compartir y transmitir aquellas experiencias emocionales que despierten o refuercen la responsabilidad moral colectiva con respecto al habitat planetario, así como la posibilidad de disfrute y realización que forzosamente deriva de una mayor calidad de la relación del hombre con el universo.
Presiento desde hace tiempo que esa habrá de ser la esencial aportación de las artes, en conjunción con las ciencias, a la supervivencia aceptable a las que nos llamó Potter .
http://www.libros.com.sv/nueva/detalles.php?id=95
Los desafíos del cientificismo sin alma
Las preguntas que la ciencia no puede responder
Los desafíos del cientificismo sin alma
Junto con el notable avance de la ciencia, se ha introducido también una corriente ideológica que pretende explicar todos los comportamientos humanos en términos puramente científicos. Se trata de un materialismo que puede tener, a la larga, efectos devastadores sobre el hombre. En una conferencia organizada por el Manhattan Institute, de la que seleccionamos unos párrafos, Leon R. Kass, ex presidente del Consejo de Bioética del Presidente de EE.UU., explicó este fenómeno y señaló que la filosofía y la religión son el mejor contrapeso.
Firmado por Leon R. Kass
Fecha: 20 Febrero 2008
En estos tiempos, defender la dignidad de la vida humana no es cosa de broma. Entre las amenazas actuales a nuestra condición humana, las más profundas vienen del ámbito más inesperado: nuestras maravillosas y muy humanas ciencia y técnica biomédicas. El poder que nos otorgan para modificar el funcionamiento de nuestros cuerpos y de nuestras mentes se está empleando ya para fines que exceden la terapia, y quizá pronto se podrá usar para transformar la misma naturaleza humana. En el curso de nuestra vida ya hemos visto cómo las nuevas tecnologías biomédicas han alterado profundamente las relaciones naturales entre sexualidad y procreación, identidad personal y corporalidad, capacidades humanas y logros humanos. La píldora, la fecundación in vitro, alquiler de úteros, clonación, ingeniería genética, trasplante de órganos, prótesis mecánicas, drogas para aumentar el rendimiento, implantes electrónicos en el cerebro, Ritalin para los jóvenes, Viagra para los viejos, Prozac para todos. Aunque casi no nos hemos dado cuenta, el tren al deshumanizado Mundo feliz de Huxley ha partido ya.
Lo que está en juego
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Pero bajo los graves problemas éticos que plantean estas nuevas biotecnologías yace una cuestión filosófica más profunda, que pone en peligro nuestro concepto de quiénes y qué somos. Las ideas y descubrimientos científicos acerca del hombre y la naturaleza, perfectamente aceptables y en sí mismos inocuos, están siendo reclutados para una batalla contra nuestras enseñanzas morales y religiosas tradicionales, y aun contra nuestra forma de entendernos a nosotros mismos como criaturas dotadas de libertad y dignidad.
Ha surgido una fe cuasi religiosa –me permito llamarla “cientificismo sin alma”– que cree que nuestra nueva biología puede desvelar por completo el misterio de la vida humana, ofreciendo explicaciones puramente científicas del pensamiento, el amor y la creatividad humanos, de la conciencia moral e incluso de nuestra fe en Dios. La amenaza a nuestra condición humana proviene hoy no de la creencia en la transmigración de las almas en la vida futura, sino de la negación del alma en esta vida; no de que se crea que tras la muerte los hombres pueden convertirse en búfalos, sino de que se niega toda diferencia real entre unos y otros.
Todos los amantes de la libertad y la dignidad del hombre –incluidos los ateos– debemos comprender que nuestra humanidad está en peligro.
La ciencia es más modesta
En primer lugar, tenemos que distinguir entre la presuntuosa fe del cientificismo contemporáneo y la ciencia moderna como tal, que empezó siendo una empresa más modesta. Aunque los fundadores de la ciencia moderna querían obtener conocimientos útiles para la vida mediante conceptos y métodos nuevos, comprendían que la ciencia nunca ofrecería un conocimiento completo y absoluto de la vida humana en su totalidad: por ejemplo, del pensamiento, el sentimiento, la moral o la fe.
Eran conscientes –y nosotros tendemos a olvidarlo– de que la racionalidad de la ciencia es sólo una racionalidad concreta y muy especializada, inventada para obtener únicamente el tipo de conocimiento para el que fue concebida, y aplicable solo a aquellos aspectos del mundo que pueden ser captados con las nociones abstractas de la ciencia. La razón peculiar de la ciencia no es, ni nunca se pretendió que fuera, la razón natural de la vida ordinaria y la experiencia humana. Tampoco es la razón de la filosofía ni del pensamiento religioso.
Así pues, la ciencia no pretende conocer los seres o su naturaleza, sino solo las regularidades de los cambios que sufren. La ciencia pretende conocer sólo cómo funcionan las cosas, no qué son y por qué existen. Nos da la historia de las cosas, pero no sus tendencias ni finalidades. Cuantifica determinadas relaciones externas de un objeto con otro, pero no puede decir nada en absoluto sobre sus estados internos, no sólo en el caso de los seres humanos, sino en el de cualquier criatura viva. Muchas veces, la ciencia puede predecir lo que ocurrirá si se dan ciertas perturbaciones, pero evita explicar los fenómenos en términos de causas, especialmente de causas últimas.
Fenómenos cerebrales
Las explicaciones de los fenómenos vitales o incluso psíquicos que ofrece el nuevo materialismo no dejan lugar para el alma, entendida como principio interno de vida. Se dice que los genes determinan el temperamento y el carácter. Las explicaciones mecanicistas de las funciones cerebrales parecen hacer superfluas las nociones de libertad e intencionalidad humana. Los estudios del cerebro mediante neuroimagen pretenden explicar cómo formamos los juicios morales. Una explicación totalmente externa de nuestro comportamiento –el grial de la neurociencia– reduce la relevancia de nuestra interioridad percibida. El sentimiento, la pasión, la conciencia, la imaginación, el deseo, el amor, el odio y el pensamiento son, desde el punto de vista científico, meros “fenómenos cerebrales”. Hay incluso quienes dicen haber hallado en el cerebro humano el “módulo de Dios”, a cuya actividad atribuyen las experiencias religiosas o místicas.
¿Qué sentido tienen nuestras preciadas ideas de libertad y dignidad frente a la noción reduccionista del “gen egoísta” o la creencia de que el ADN es la esencia de la vida, o la doctrina de que todo el comportamiento humano y toda la riqueza de nuestra vida interior se pueden explicar como fenómenos exclusivamente neuroquímicos y por su contribución al éxito reproductivo?
Naturalmente, ni el reduccionismo, ni el materialismo ni el determinismo aquí expuestos son nuevos: ya los combatió Sócrates hace mucho tiempo. Lo nuevo es que esas filosofías parecen estar avaladas por el progreso científico. Aquí, pues, estaría el efecto más pernicioso de la nueva biología, más deshumanizador que cualquier efectiva manipulación tecnológica presente o futura: la erosión, tal vez la erosión definitiva, de la idea del hombre como ser noble, digno, valioso y semejante a Dios, y su sustitución por una concepción del hombre, no menos que de la naturaleza, como simple materia prima para manipular y homogeneizar.
El hombre, más que materia
El nuevo cientificismo no sólo destierra al alma de su visión de la vida: muestra un desprecio desalmado por los aspectos éticos y espirituales del animal humano. Pues de todos los animales, somos los únicos que emitimos juicios morales, los únicos que nos interesamos por cómo hemos de vivir. De todos los animales, somos los únicos que nos preguntamos no solo “¿qué puedo saber?”, sino además “¿qué debo hacer?” y “¿qué puedo esperar?”. La ciencia, pese a los grandes servicios que ha prestado a nuestro bienestar y nuestra seguridad, no puede ayudarnos a satisfacer esos grandes anhelos del alma humana.
Como es bien sabido, la ciencia, por su propia índole, es moralmente neutra, no dice nada sobre la distinción entre lo mejor y lo peor, el bien y el mal, lo noble y lo abyecto. Y aunque los científicos esperan que el uso que se hará de sus descubrimientos será, como profetizó Francis Bacon, gobernado con caridad, la ciencia no puede hacer nada para asegurarlo. No puede proporcionar criterios para orientar el uso del impresionante poder que pone en manos humanas. Aunque persigue el saber universal, no tiene réplica al relativismo moral. No sabe qué es la caridad ni lo que la caridad exige, ni siquiera si la caridad es buena y por qué. ¿Qué nos quedará entonces, moral y espiritualmente, si el cientificismo sin alma consigue derrocar nuestras religiones tradicionales, nuestras concepciones heredadas de la vida humana y las enseñanzas morales que dependen de ellas?
Un progreso científico ciego
En ningún ámbito será esa falta más vivamente sentida que en relación con las propuestas de usar el poder biotecnológico para fines que exceden la curación de enfermedades y el alivio del sufrimiento. Nos prometen mejores hijos, mayor rendimiento, cuerpos siempre jóvenes y almas felices, todo gracias a las biotecnologías “perfectivas”. Los bioprofetas nos dicen que estamos en camino hacia una nueva fase de la evolución, hacia la creación de una sociedad posthumana, una sociedad basada en la ciencia y levantada por la tecnología, una sociedad en que las doctrinas tradicionales sobre la naturaleza humana quedarán anticuadas y las enseñanzas religiosas sobre cómo debemos vivir serán irrelevantes.
Pero ¿qué servirá de guía para tal evolución? ¿Cómo sabremos si las llamadas mejoras lo son realmente? ¿Por qué los seres humanos tendríamos que aceptar ese futuro posthumano? El cientificismo no puede responder estas preguntas morales decisivas. Sordo a la naturaleza, a Dios, e incluso a la razón moral, no puede ofrecernos criterios para juzgar si el cambio es progreso, ni para juzgar nada. En cambio, predica tácitamente su propia versión de la fe, la esperanza y la caridad: fe en la bondad del progreso científico, esperanza en la promesa de superar nuestras limitaciones biológicas, caridad que promete a todos liberarnos definitivamente –y trascender– nuestra condición humana. Ninguna fe religiosa se apoya en fundamento tan endeble.
(Lea la segunda parte de este artículo)
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Leon R. Kass, doctor en Medicina y en Bioquímica, miembro del American Enterprise Institute, presidió (2002-2005) el President’s Council on Bioethics, órgano asesor del presidente de Estados Unidos. Es autor de varios libros, entre ellos Life, Liberty and the Defense of Dignity: The Challenge for Bioethics (ver Aceprensa 106/03) y El alma hambrienta (ver Aceprensa 85/05).
Este artículo es una traducción parcial del siguiente original: “Keeping Life Human: Science, Religion, and the Soul” by Leon R. Kass, M.D. Copyright © AEI, Washington, D.C., 2007. All rights reserved.
http://www.aceprensa.com/articulos/2008/feb/20/los-desafios-del-cientificismo-sin-alma/
Studia Bioethica. Nuova rivista di Bioetica
lunes, 17 de agosto de 2009
Studia Bioethica. Nuova rivista di Bioetica
Cari amici,
E' appena nata "Studia Bioethica", la rivista della Facoltà di Bioetica, del
Pontificio Ateneo Regina Apostolorum.
Il primo numero è già accessibile on-line, dal sito:
www.facoltadibioetica.org
Per leggere gli articoli è necessario registrarsi, a titolo completamente
gratuito. Potete registrarvi come lettori e come autori. In questo secondo
caso potrete proporre i vostri testi per la pubblicazione in SB .
Venerdì 29 maggio la rivista verrà presentata ufficialmente alla stampa e al
pubblico.
Sede: Ateneo Pontificio Regina Apostolorum; Via degli Aldobrandeschi, 190,
Roma.
Ora: 15.30.
Per ulteriori informazioni: Emmanuele Di Leo; tel.: (39) 06-66527931;
bioetica@upra.org
Un cordiale saluto,
Gonzalo Miranda, L.C.
Direttore di Studia Bioethica
El investigador desorientado
El investigador desorientado
Carlos A. Gómez Fajardo
El desconocimiento de las grandes declaraciones y compromisos internacionales sobre temas fundamentales en el campo de la bioética es amplio entre los diversos sectores de la sociedad. Esto es obvio entre las capas sociales más extensas, cuya opinión suele repetir simplemente lo que indiquen la farándula del momento y la publicidad light, pero parece existir menos justificación racional para que el fenómeno afecte, de modo serio, a los ámbitos universitarios de los que se esperaría estuvieran en constante contacto con el conocimiento cierto y con los grandes principios que rigen la búsqueda del saber. Existen interesantes artículos sobre una realidad que a la vez habla de los defectos académicos en los procesos de formación de los profesionales, concentrados excesivamente en los aspectos técnicos de sus parcelas de conocimiento relacionadas con la práctica cada vez más restringida y especializada de las profesiones de la salud, como si se hubiesen dejado de lado las inquietudes y los fundamentos racionales y humanísticos que deben subyacer a toda formación médica. Los resultados de un estudio de origen mexicano merecen ser tenidos en consideración, especialmente por los educadores médicos: RevInvestClin 2004; 56(4):522-527 www.imbiomed.com.mx.
Hallazgos de la citada referencia: muchos ignoran en qué consistió el código de Nuremberg sobre la experimentación médica; muchos ignoran los contenidos generales de las declaraciones de Helsinki sobre experimentación biomédica en seres humanos y de Lisboa, sobre los derechos de los pacientes. Esto tiene sabor paradójico: no son infrecuentes los casos de clínicos, quienes además de desconocer durante años lo anterior, apenas vienen a enterarse de la existencia de textos como la ley 23 (en Colombia el código de ética médica) cuando se ven envueltos en procesos ante los diversos tribunales por casos de responsabilidad ética, civil, penal o administrativa. Aún así, de modo lamentable, el interés parece enfocarse a lo que concierne al ámbito económico-jurídico del caso individual, omitiendo aún el alcance bioético racional del tema.
Es un problema global; hay documentados informes que comprueban la pobre base de información de que suelen disponer las personas en diversos niveles educativos. La ignorancia sobre los códigos y declaraciones internacionales afecta a estudiantes en fase de internado (pregrado) como también a investigadores de años de experiencia y gran recorrido académico, incluidos profesores de sus respectivas disciplinas.
Los conocimientos fragmentarios sobre temas de bioética quizás hablen de una alerta para preocupación de la sociedad y de sus universidades sobre el cumplimiento con el papel de formar profesionales al servicio de los conciudadanos. Quizás se corre el peligro de obtener apenas tecnólogos en determinados campos, o empresarios que buscan obtener rápidas y voluminosas ganancias monetarias mediante el ejercicio de sus habilidades y saberes, desconectados del ethos y del sentido de la responsabilidad social propio de los mismos artes, oficios y profesiones.
Como si la vocación se hubiese reducido a un proceso de adiestramiento para cumplir con imperativos como la facturación y el acomodamiento sumiso a un sistema normativo y jurídico obsesivamente enfocado en el mal entendido de la salud como una actividad comercial de prestación y compra-venta de servicios y de tecnología.
Se suscitan preguntas hondas sobre la idoneidad profesional. El acto médico -cada acto clínico individual en realidad comporta una actitud de investigación y de compromiso por la veracidad y la coherencia de los hallazgos- y el acto clínico investigativo, imponen además, el evidente compromiso con el respeto que debería existir en el investigador en ámbitos de estudios que involucran a poblaciones. El conocimiento y el respeto por las declaraciones de alcance universal necesariamente denota una relación de actitud personal entre quienes han adquirido -y continúan incesantemente en el proceso- la “teckne iatrike”, el saber hacer y saber el por qué de ése quehacer. El paciente, el otro ser humano, es aquel el sujeto y objetivo de la medicina, es aquel cuya biografía lo ubica en condición de fragilidad y de máximo requerimiento de respeto a su integridad y su dignidad por parte de quien lo asiste; a él se refieren Nuremberg, Helsinki y Lisboa.
http://www.periodicoelpulso.com/html/0711nov/opinion/opinion.htm
Hombres de principios hoy
sábado, 15 de agosto de 2009
Hombres de principios hoy
A veces hay que plantar cara y aguantar las represalias.
Un rey frente al aborto, un ministro frente al homosexualismo, una chica de 16 años frente al adoctrinamiento... vivir con coherencia requiere coraje
Jorge Enrique Mújica
ForumLibertas.com
Lo trágico en una sociedad no es que falten verdaderos principios sino que no haya quienes estén dispuestos a vivirlos.
Por fortuna, hay seres humanos que han antepuesto la coherencia y unas convicciones nacidas del diálogo armónico entre la fe y la razón a intereses egoístas, al conservar el buen nombre, la reputación e incluso el puesto de trabajo o hasta entradas de dinero.
Balduino: el trono y el aborto
Uno de los ejemplos más conocidos que mejor denotan la personalidad política y la autenticidad en la vivencia de sólidas convicciones lo tenemos en el rey Balduino. El rey de los belgas rechazó sancionar el texto legislativo que regulaba la introducción del aborto en su país. Entre el 3 y el 5 de abril de 1990 decidió suspender temporalmente el ejercicio de sus funciones porque estaba decidido a no firmar la ley aunque eso conllevará la renuncia al trono.
La decisión espoleó las conciencias, sí, pero también le ganó muchas críticas por quienes quisieron ver en su proceder un acto de intolerancia y falta de respeto hacia lo que una mayoría constituida legítimamente había decidido aprobar y él debía firmar. Poco le importó al monarca. Balduino hizo lo que todo político, lo que todo hombre de principios debía hacer: si la existencia sólo puede concebirse desde criterios morales conformes a unas convicciones, no pudo menos que asumir la situación con coherencia y negarse a firmar algo objetivamente malo aunque lo hubiese aprobado una mayoría por muy legítima y democráticamente elegida que estuviese.
La campaña contra Butiglione
Hace un par de años el caso de Rocco Butiglione llenó los diarios y programas de tertulias de un buen número de países, sobre todo europeos. Ministro italiano de asuntos europeos, había sido presentado como candidato para asumir la comisaría europea de Justicia y Libertades Públicas pero el Parlamento Europeo rechazo su candidatura a causa de unas declaraciones sobre la homosexualidad:
“Me preguntaron si yo creía que la homosexualidad es pecado y yo intenté no contestar, porque esa es una cuestión que no tiene trascendencia política y no se discute en el Parlamento Europeo, sino en un seminario filosófico o teológico. Y no contesté. Dije que era posible que yo pensara que la homosexualidad es un pecado, pero que eso no tiene ningún efecto político, porque yo estoy a favor de la no discriminación (…) Yo dije lo mínimo de lo mínimo que podía decir sin traicionar mi fe; quizás no soy un católico muy valiente, porque dije lo mínimo, pero no fue suficiente. Ellos querían que dijera que la homosexualidad no tiene ningún efecto moral negativo, y eso es una violación de la conciencia”.
Le costó el rechazo pero asumió las consecuencias de su fidelidad a sus convicciones. Declaría lo siguiente a Cristina López Schlichting de la cadena COPE:
“Yo quería ser comisario europeo porque creo que podía hacerlo muy bien y siempre he sido europeísta, pero en la vida hay cosas más importantes que la Unión Europea, y la conciencia es una de esas. Me pusieron en la necesidad de escoger entre mi puesto en la Comisión y mi conciencia, y creo que mi elección ha sido la justa. A Jerzy Popielusco lo mataron por su fe, yo he perdido solo un puesto en la Comisión Europea; no sé si Dios me hubiera dado fuerza suficiente para dar mi cabeza por mi fe, pero sí para dar un puesto en la Comisión Europea”.
Un presidente frente al chantaje
Un caso más reciente lo tenemos en el presidente de El Salvador, Antonio Elías Saca. Elías Saca ha reiterado su opción por la defensa de la vida además de recomendar a sus colegas latinoamericanos poner atención al magisterio de Benedicto XVI especialmente sobre la defensa de la vida y el papel y vocación del político católico. Yendo contra corriente, y muy a pesar de las presiones por implementar el aborto, Saca ha declarado que los salvadoreños son un “ejército que defiende la vida” además de reafirmar que se opone al aborto “porque el aborto es un asesinato y no podemos estar de acuerdo con él”.
Sus palabras le han ganado amenazas que van desde sanciones económicas a su país por parte del Banco Mundial hasta retirar programas de ayudas sanitarias y de alimentos por parte de algunos organismos de la Unión Europea.
Otro caso en América fue el del líder pro-vida mexicano Jorge Serrano Limón a quien el febrero pasado se llegó a acusar de malversación de fondos. A pesar de que las difamaciones le llevaron a los juzgados, a pesar de que le hicieron pagar una multa de poco más de 120 mil dólares, de que le retiraron las subvenciones y le inhabilitaron para ejercer cualquier cargo público, no ha cedido: continúa en la denuncia de quienes promueven el aborto.
El genetista Lejeune, fiel al juramento de Hipócrates
Aunque en otro campo, un gran ejemplo lo tenemos en Jerónimo Lejeune. Ferviente católico, padre de cinco hijos, profesor de genética en la Facultad de Medicina de París y descubridor del gen de la trisonimía 21causante del síndrome de Down, el hallazgo le mereció, por un breve momento, ser reconocido como uno de los científicos más prestigiosos del mundo y, de no ser por su postura pro vida, seguro acreedor del Nobel.
Su firme actitud anti aborto, radicada en profundas convicciones científicas y religiosas, le llevó al desprestigio y el ninguneo por parte de lobbys abortistas y buena parte de la comunidad científica mundial que veía en él un opositor a nuevas técnicas de experimentación que tomaban al hombre como conejillo de indias. Pero no medró ni un ápice. Fue propulsor y defensor en Francia de la Humanae Vitae de Pablo VI y de la Instrucción Donum Vitae sobre procreación artificial. En 1994, por sugerencia suya, Juan Pablo II creó la Academia Pontificia para la Vida de la que le nombró su primer presidente.
El doctor Ojetti, frente a la eutanasia
Más reciente es el caso del médico italiano Stefano Ojetti. En marzo pasado presentó su dimisión como consejero del Colegio de Médicos manifestando así su oposición a la decisión de sus colegas de hacer la vista gorda ante la eutanasia en Italia. En su carta dimitoria, el doctor Ojetti subrayó la convicción de que todo acto eugenésico está abiertamente en contra del juramento de Hipócrates y contra el código de deontología médica.
L´osservatore romano, el rotativo de la Santa Sede, le dedicó un elogio en la edición italiana del 4 de marzo: “El gesto de Ojetti merece la más elevada consideración y tiene un valor ejemplar para quienes ejercen la profesión médica”. Y agregaba: “Al mismo tiempo, es un deber añadir una palabra de aliento para quienes, dentro de los órganos de decisión del Colegio de Médicos, siguen con su batalla en defensa de la vida, valor que hoy es sumamente atacado”.
¿Conciertos "benéficos" con músicos pro-aborto?
Tener las ideas claras, jerarquizadas y en su lugar, también puede llevara a hacer lo que el arzobispo de St. Louis Missouri. Monseñor Raymond Burke renunció a la presidencia de la Fundación Infantil Cardenal Glennon por incluir en un concierto benéfico a la cantante Sheryl Crow, conocida proselitista a favor del aborto.
“Debo responder a Dios por la responsabilidad que tengo como arzobispo. Una institución católica en la que actúa una artista que promueve el mal moral da la impresión de que la Iglesia es inconsecuente con sus enseñanzas”. Y es que aunque alguno arguyó que no se trataba de ideologías sino de los niños, la presencia de una cantante como Crow era una afrenta a la identidad y misión de la fundación dedicada al servicio a la vida.
El arzobispo genovés y presidente de la conferencia episcopal italiana, Angelo Bagnasco, tampoco se ha dejado intimidar por las múltiples amenazas, incluso de muerte, por su postura de defensa a la familia y a la vida. Tras unas declaraciones en las que recordaba que no todo podía ser lícito so riesgo de caer en el relativismo, algunos grupos anónimos se han dedicado a pintar con amenazas e insultos la catedral genovesa y algunas calles de la ciudad. Pero Monseñor Bagnasco sigue firme en la defensa de la verdad, de la ley natural, aun a costa de la propia vida.
Con 16 años, al Estado: "a mí nadie me come el coco"
Pero lo de la defensa de los verdaderos principios no está reservado sólo a figuras públicas. Blanca María Ponce tiene 16 años y es la primera estudiante española que presenta una objeción de conciencia contra la asignatura “educación para la ciudadanía” impuesta por el gobierno socialista en España y ampliamente calificada como ideologizada. Como ella misma lo expresó: “Objeto porque quiero y porque puedo. Considero que a mí no me come el coco nadie, ni mucho menos el Estado. Creo que hay cosas que uno debe aprender en casa y no en el colegio…”.
Ha contado con el apoyo de su madre, doña Margarita, quien en entrevista al semanario Alfa y Omega ha dicho claramente “A mis hijos los educo yo”. “El Estado pretende que los niños tengan una sola idea, una sola forma de pensar, cuadricularles la mente y quitarles la libertad. Quiere crear un patrón único por el que todos los niños piensen igual y crean lo mismo, para mal. Esta es una intromisión en toda regla, y además un abuso de poder. Esto es un abuso, un atropello”, ha enfatizado.
Ciertamente todos estos casos, y algunos otros que podríamos haber tocado, deben animarnos a defender nuestros valores, los verdaderos. Es agradable recibir noticias de testimonios como estos que dan un respiro de aire fresco, abren los horizontes, nos dicen que no estamos solos y que todavía hay esperanzas. Pero lo mejor de todo no es la consideración banal de que sabemos que hay quienes viven así sino el llamado y la vivencia a la que nosotros también debemos comprometernos.
Es bueno que haya individuos de principios pero lo mejor sería una sociedad entera viviéndolos

