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¿Apertura o estrechez de la razón?
martes, 25 de agosto de 2009
¿Apertura o estrechez de la razón?
Autor: Juan Ignacio Ruiz Aldaz
Profesor de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 23 de junio de 2008
Publicado en: Diario de Navarra
Las diversas ciencias experimentales, la filosofía y la teología son modos distintos y complementarios de comprender el mundo. Para que las ciencias, la filosofía y la teología contribuyan al conocimiento de la gran sinfonía de la verdad, es imprescindible un clima de diálogo y colaboración mutuos, con un total respeto a la autonomía propia de cada una. Para ello es necesaria también una clara conciencia de los límites de cada disciplina. Cuando se construyen de forma correcta, ninguna de estas actividades intelectuales es una empresa irracional, indigna de la inteligencia humana.
Todas las ciencias tienen su método, es decir, un conjunto de procedimientos que aplica para conocer aquel aspecto de la realidad en que investiga: observación, elaboración de hipótesis, experimentos contrastables, confirmación o desmentido de hipótesis. El método de la ciencia experimental permite formular leyes de validez universal y necesaria mediante el lenguaje matemático. Sin embargo, hay que tener en cuenta que todo método tiene sus posibilidades y también sus límites. Ningún método científico puede pretender explicar toda la realidad.
Es legítimo salir de casa con un metro. Quien lo haga, puede volver a casa con muchas medidas muy exactas, pero no puede pretender decir que en el mundo no hay nada más que medidas. Los físicos hacen muy bien en buscar leyes que expliquen cada vez mejor la actividad de la materia. Pero el método de la física no permite decir que todo en la realidad son leyes materiales. Quien lo sostenga ha abandonado la física y ha empezado a hacer una [mala] filosofía que consiste en extrapolar los datos de una ciencia a toda la realidad. Esa filosofía se llama materialismo. Al contrario que la ciencia verdadera, el cientificismo supone la aceptación ciega de un postulado a priori injustificado y por tanto irracional.
La ideología cientificista ha pretendido convencernos de que el horizonte hacia el que hay que caminar es la desaparición de cualquier otro modo de acceder a la realidad (la filosofía, la fe cristiana). Es la típica imposición de la dictadura de la razón positivista. Hoy por hoy existen otro tipo de posturas más sutiles. Según algunos, tanto la religión como la ciencia se basan en opciones subjetivas que resultan incompatibles entre sí, que escogen modelos de explicación de la realidad contradictorios. En definitiva, dos formas de fe imposibles de alear, como el barro y el hierro. La idea de fondo sigue siendo que fe cristiana y ciencia son dos enemigos irreconciliables que deben aprender a convivir.
Pero en el fondo se sostiene que una, la fe religiosa, es irracional y está destinada a desaparecer ante el empuje de las ciencias. Dicen que hay que evitar todo intrusismo entre ambas. Pero es extraña esta forma de evitar todo intrusismo que consiste en cometer el intrusismo de aspirar a cerrar las puertas a la fe religiosa. Quienes así piensan advierten que quizá las ciencias nunca logren este objetivo. Sin embargo, esta aparente retirada mantiene su crítica de fondo: la reducción de la fe religiosa a una opción irracional y el complejo de superioridad de la ciencia. Es cierto que hay que evitar todo intrusismo entre los saberes. Pero la razón no es la imposibilidad de diálogo racional. Lo que se necesita es una racionalidad amplia, abierta al contraste de pareceres.
El carácter interdisciplinar de la búsqueda de la verdad, en el respeto a la autonomía de cada método científico, no se garantiza declarando que la fe religiosa y la fe en la ciencia son opciones inconciliables. Sólo un modo de salir al encuentro de la realidad que respete su complejidad será capaz de respetar las competencias de cada disciplina. Teología, filosofía y ciencia experimental poseen métodos bien diferenciados. No puede existir conflicto entre ellas siempre que cada una se ajuste a sus posibilidades. No puede haber contradicción entre lo que la astrofísica dice sobre el Big Bang y la fe en la creación. La creación a partir de la nada no es abordable desde la física, ni la teología tiene La fe cristiana no es una opción irracional. Consiste en la participación en la racionalidad misma de Dios. No es casualidad que las ciencias experimentales hayan surgido sólo en una cultura cristiana, impregnada de la convicción de que el mundo es un cosmos ordenado, creación de un Dios que es Sabiduría y Amor. En el fondo, sólo si existe un Dios creador es explicable la existencia de un orden racional en la naturaleza. La alternativa no es “o fe en Dios o explicación racional del mundo”, sino “o existencia de Dios o renuncia a la racionalidad”.
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Conversación sobre animales
lunes, 24 de agosto de 2009
PERIODICO EL MUNDO - Impresión artículo
Fecha de impresión: 2008/06/27
Fecha del artículo: 10:58 pm | 26 de Junio de 2008
vestigium
Conversación sobre animales
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
Existen personas, principalmente adultos, que creen sinceramente que los animales no hablan. Son gentes muy serias, entregadas a su mundo, un mundo gris en el cual hay muchas urgencias, noticias preocupantes, dificultades y afanes. En ésas cosas importantes –carreras, problemas, trabajos- acostumbran consumir el tiempo quienes todavía piensan que los animales no intercambian palabras con los humanos. Por supuesto, se trata de personas cuyas múltiples ocupaciones les impiden dedicarse a cosas tan inútiles como la conversación, la contemplación o el ocio; sus razones tendrán para creer que el lenguaje articulado e inteligente se limita a ellos y a quienes consideran sus iguales. No hay espacio para pensar en temas tan infantiles como el de la conversación con los animales; ¡no faltaría más! Quizás opinen que con ésas cosas es mejor no perder el tiempo; “hay que ir rápido al banco, antes de que cierren, a hacer una consignación.” Bueno, hay que dejar a ésos adultos serios con sus problemas, allá ellos.
El hecho es que los animales sí hablan: se sabe que lo han hecho desde siempre, desde que tenemos memoria. Hay algunos que son apenas bromistas, otros, filósofos de muchos quilates, buenos y malos. Uno de los más antiguos de todos, fue una serpiente que a nuestros padres les trató de hacer creer esto: “seréis como Dios…” En ése caso, de modo libre, nuestros remotos padres, le creyeron al sinuoso interlocutor.
Siglos después Esopo nos regaló las inmortales fábulas. En versiones más contemporáneas La Fontaine, Samaniego y Pombo nos enriquecieron también con amenos diálogos y circunstancias protagonizadas por toda clase de personajes; están al alcance de quien quiera comprobarlo en una biblioteca infantil. Con la ventaja de que las ilustraciones que suelen tener estos textos son –por sí mismas- ya una amable y sonriente invitación al diálogo con el texto; los libros, cabe aquí la metáfora, por supuesto también hablan. Basta escuchar a Andersen, y a los hermanos Grimm.
Al rey sabio, don Alfonso, le debemos un cofre lleno de misterio, de humanidad, de humor y de filosofía, las historias de Calila y Dimna, un par de chacales. Estas historias transmitidas desde un lejano oriente medio, dan color y carácter a las tradiciones castellanas de la edad media. “Ejemplos de homnes e aves e animalias…” Los dos chacales, un buey, un león conversan animadamente en un español naciente, la original traducción del idioma oriental en el cual seguramente hablaron por primera vez aquellos amigos. El santo de Asís, con su amor y sus razones, convirtió al lobo en el hermano lobo.
Gulliver en su último viaje conoció al país de los caballos, seres nobles, cultos y virtuosos. Después de retiró y se alejó bastante del mundo de los “yahoos”; prefirió dedicarse más bien a sus amigos cuadrúpedos: “… mis caballos me entienden bastante bien; converso con ellos cuatro horas diarias por lo menos.” Swift nos habla de las virtudes de “esta gente excelente” en el país de los Houyhnhnm; su idioma es complejo, muy difícil de pronunciar para los humanos, quienes no están acostumbrados a usar las fosas nasales como fuente de sonido. Se necesita mucho tiempo y entrenamiento no sólo para comprender aquel extraño idioma tan parecido a los relinchos, sino para poder articular en él alguna frase coherente. Es un lenguaje muy particular: “no tienen en su lengua palabra que exprese idea de maldad.”
Prokofiev nos cuenta la historia de Pedro y el lobo. Hay diálogo, música, intercambio de ideas entre los instrumentos y la orquesta. Quien no lo crea, que escuche cualquier tarde la voz amable y clara de José Carreras: representa al gato, al lobo, al pato, al pájaro, en medio de las formas de vientos, timbales y cuerdas, quienes, ¡claro! también saben hablar.
Saint-Exupéry cuenta que el niño de los cabellos dorados dialoga con el zorro; el animal le recuerda al principito que es responsable de su rosa. “Adiós –repuso el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy sencillo. Consiste en que no se ve bien sino con el corazón, pues lo esencial es invisible a los ojos.”
Todavía hay muchas gentes, especialmente ocupadas y serias, que no comprenden el tema de las conversaciones con los animales. Por alguna razón, hablan poco de ello. “Decididamente, los adultos son raros, pensó el principito durante el viaje.”
Un párrafo de M.F. Sciacca
Un párrafo de M.F. Sciacca:
"Comúnmente se distinguen dos corrientes, una de izquierda y otra de derecha, llamadas también "existencialismo ateo" y "existencialismo teísta". La primera, naturalmente, ha hecho mucho más ruido y ha tenido mayor fortuna entre el gran público; y he dicho "naturalmente", porque el ateísmo declarado y profesado por los llamados enemigos de Dios y de Cristo ha sido siempre un fenómeno de aficionados a la filosofía o a la ciencia; y ya se sabe que el "amateurismo", como tal, tiene asegurado el éxito "mundano"; por eso cada época ofrece siempre sus esprits forts, que hacen "les braves" con el buen Dios.
(M.F.Sciacca: La filosofía hoy. Ed. Luis Miracle, S.A. Barcelona 1961 p 390)
Biopolítica y filosofía
domingo, 23 de agosto de 2009
Biopolítica y filosofía
El filósofo italiano Roberto Esposito, que en la próxima semana visitará la Argentina para brindar una serie de conferencias, explica en este texto exclusivo cuáles son las líneas directrices de Bíos , su último libro, que, junto a Categorías de lo impolítico , se dará a conocer prontamente en castellano
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Domingo 17 de setiembre de 2006 | Publicado en diario de hoy
Como he tratado de demostrar en mi libro Bíos (Einaudi 2004), el nazismo constituye el punto culminante de una política de la vida que se invierte en práctica de muerte. Su caída, sin embargo, no ha puesto un punto final a la biopolítica. Lo comprueba el hecho de que, en sus diferentes configuraciones, ésta tiene una historia mucho más amplia y larga que la del régimen que parece haberla llevado a su resultado extremo. La biopolítica no es un producto del nazismo, sino que el nazismo es el producto paroxístico y degenerado de una determinada forma de biopolítica. Se trata de un punto sobre el que conviene insistir con fuerza, porque puede conducir y ya ha conducido a numerosas equivocaciones.
Contrariamente a las ilusiones de los que imaginaron que se podía saltar hacia atrás el paréntesis nazi para reconstruir las mediaciones, los diafragmas institucionales de la fase anterior, vida y política están tan entrelazadas que desatar el nudo que las une es imposible. Al menos en el mundo occidental, esta ilusión ha sido alimentada por el período de paz que se abrió al final de la Segunda Guerra Mundial. Pero, prescindiendo de la circunstancia de que dicha paz (o "no guerra", como ha sido la guerra fría) también se basó en el equilibrio del terror determinado por la amenaza atómica y que, por ello, se encuentra completamente inscrita dentro de una lógica inmunitaria, esa paz no ha hecho más que posponer algunas décadas lo que de todos modos habría sucedido luego. El derrumbe del sistema soviético, interpretado como una victoria definitiva de la democracia contra sus potenciales enemigos e incluso como el fin de la historia, señala, en efecto, el fin de esta ilusión.
El vínculo entre política y vida, que el totalitarismo anudó en una forma para ambas destructiva, todavía está frente a nosotros. Más aún, se puede decir que se ha convertido en el epicentro de toda dinámica políticamente significativa. Desde la importancia cada vez mayor del elemento étnico en las relaciones internacionales hasta el impacto de las biotecnologías sobre el cuerpo humano, desde la centralidad de la cuestión sanitaria como índice privilegiado del funcionamiento del sistema económico-productivo hasta la prioridad de la exigencia de seguridad en todos los programas de gobierno, la política aparece cada vez más acorralada contra la desnuda muralla biológica (si es que no lo está sobre el cuerpo mismo de los ciudadanos de todo el mundo). La progresiva indistinción entre norma y excepción, determinada por la extensión indiscriminada de las legislaciones de emergencia, junto con el flujo creciente de inmigrantes privados de toda identidad jurídica y sometidos al control directo de la policía, señala un deslizamiento ulterior de la política mundial en dirección de la biopolítica.
Es necesario reflexionar también sobre esta situación mundial más allá de las actuales teorías de la globalización. Se puede decir que, contrariamente a cuanto de manera muy diferente sostuvieron Heidegger y Hannah Arendt, la cuestión de la vida forma hoy un todo con la del mundo. La idea filosófica, de derivación fenomenológica, de "mundo de la vida", finalmente, se invierte en aquella simétrica de "vida del mundo". En tanto, el mundo entero aparece cada vez más como un cuerpo unificado por una única amenaza global que, al mismo tiempo, lo mantiene unido y amenaza con hacerlo pedazos. A diferencia de lo que sucedía en otro tiempo, ya no es posible que una parte del mundo (América, Europa) se salve, mientras otra se destruye. El mundo, el mundo entero, su vida, comparte un mismo destino: o todo junto encontrará el modo de sobrevivir o perecerá todo junto.
Los hechos desencadenados por el ataque terrorista del 11 septiembre del 2001 no constituyen, como se dice comúnmente, el principio. Son sólo el detonador de un proceso que se puso en marcha con el final del sistema soviético, el último katéchon (freno) que detuvo los impulsos autodestructivos del mundo sirviéndose de la mordaza del miedo recíproco. Desaparecido este último freno que otorgó al mundo una forma dual, ya no parece que se puedan detener las dinámicas biopolíticas, que se las pueda contener dentro de los viejos muros.
La guerra en Irak señala, quizá, la cima de esta deriva, tanto por el modo en que ha sido presentada como por la forma en que ha sido conducida. La idea de guerra preventiva desplaza radicalmente los términos de la cuestión respecto de las guerras efectivamente combatidas y también respecto de la llamada Guerra Fría. Comparándola con esta última, es como si lo negativo del procedimiento inmunitario se duplicara hasta ocupar todo el escenario. La guerra ya no es más la excepción, el último recurso, el reverso siempre posible, sino la única forma de coexistencia global, la categoría constitutiva de la existencia contemporánea. De allí, consecuencia de la que no hay que sorprenderse, la multiplicación sin límites de los mismos riesgos que se quisieron evitar. El resultado más evidente es la absoluta superposición de los opuestos: paz y guerra, ataque y defensa, vida y muerte están cada vez más aplastados el uno contra el otro.
Si nos detenemos a examinar más en detalle la lógica homicida - y suicida- de las actuales prácticas terroristas, no es difícil reconocer un paso ulterior respecto de la tanatopolítica nazi. No es sólo que la muerte ingrese masivamente en la vida, sino que la vida se constituye en instrumento de muerte. ¿Qué es, específicamente, un kamikaze , sino un fragmento de vida que se arroja sobre otras vidas para producir muerte? ¿Y no se desplaza el objetivo de los atentados terroristas cada vez más hacia las mujeres y los niños, es decir, hacia las fuentes mismas de la vida? La barbarie de la decapitación de los rehenes parece hacernos regresar a la etapa premoderna de los suplicios en las plazas, con un toque hipermoderno constituido por la platea planetaria de Internet, desde la que se puede asistir al espectáculo. Más que oponerse a lo real, lo virtual constituye, en este caso, su más concreta manifestación, en el mismo cuerpo de las víctimas y en la sangre que parece salpicar la pantalla. Nunca como en estos días, la política se practicó sobre los cuerpos y en los cuerpos de víctimas inermes e inocentes. Pero lo más significativo de la actual deriva biopolítica es que la misma prevención respecto del terror de masas tiende a hacer lo mismo que el terror y reproducir sus modalidades. ¿Cómo leer de otro modo los episodios trágicos, como la matanza en el teatro Dubrovska de Moscú, cuando la policía empleó gases letales tanto para los terroristas como para los rehenes? Y, en otro plano, ¿no es también la tortura, practicada abundantemente en las cárceles iraquíes, una muestra ejemplar de política sobre la vida, a mitad de camino entre la incisión sobre el cuerpo de los condenados de "En la colonia penitenciaria"de Kafka y la bestialización del enemigo de matriz nazi? La señal más tangible de la superposición completa entre defensa de la vida y producción de muerte es, quizás, el hecho de que, en la reciente guerra de Afganistán, los mismos aviones hayan lanzado bombas y víveres sobre las mismas poblaciones.
Con todo esto, ¿el discurso puede considerarse cerrado? ¿Es éste el único resultado posible o existe otro modo de practicar o, al menos, de pensar la biopolítica? ¿Es posible una biopolítica afirmativa, productiva, que evite el retorno imparable de la muerte? ¿Es imaginable, para decirlo con otras palabras, una política no sobre la vida, sino de la vida? ¿Y cómo debería o podría configurarse?
Por el momento, una primera y no inútil aclaración. Aunque acepto la legitimidad de otras propuestas, personalmente, desconfío de todo cortocircuito inmediato entre filosofía y política. Su implicación no puede solucionarse con la absoluta superposición. No creo que la tarea de la filosofía sea proponer modelos de instituciones políticas o hacer de la biopolítica un manifiesto revolucionario o, para respetar los gustos, reformista. Mi impresión es que se tiene que recorrer un camino mucho más largo y articulado, que pasa por un esfuerzo específicamente filosófico de nueva elaboración conceptual. Si, como Deleuze cree, la filosofía es la práctica de creación de conceptos adecuados al acontecimiento que nos toca y nos transforma, entonces, éste es el momento de repensar la relación entre política y vida en una forma que en vez de someter la vida a la dirección de la política - lo que manifiestamente ocurrió en el curso del último siglo-, introduzca en la política la potencia de la vida. Lo que cuenta no es confrontarse con la biopolítica desde su exterior, sino afrontarla desde adentro, hasta hacer emerger aquello que, hasta ahora, ha sido aplastado por la figura de su opuesto.
Por supuesto, la referencia a este opuesto es necesaria, al menos para fijar un punto de partida y de contraste. En Bíos elegí el camino más difícil: partir de la derivación más mortífera de la biopolítica -es decir, del nazismo, de sus dispositivos tanatopolíticos- para buscar precisamente en ellos los paradigmas, las claves, los signos invertidos, de una política de la vida diferente. Me doy cuenta de que esto puede parecer chocante, que colisiona con un sentido común que trató durante mucho tiempo, consciente o inconscientemente, de remover la cuestión del nazismo, de lo que el nazismo entendió y, desafortunadamente, practicó como política del bíos (o, para utilizar más correctamente el léxico aristotélico, de la zoé ) . Los tres dispositivos mortíferos del nazismo (naturalmente no sólo de él, como hoy resulta cada vez más evidente) en los que he trabajado se refieren a la normalización absoluta de la vida, es decir, a la clausura del bíos dentro de la ley de su destrucción; a la doble clausura del cuerpo, es decir, a la inmunización homicida y suicida del pueblo alemán dentro de la figura de un único cuerpo racialmente purificado; y, finalmente, a la supresión anticipada del nacimiento como una forma de cancelación de la vida desde el momento de su surgimiento. A estos dispositivos no les contrapuse algo extraño sino, precisamente, su exacto contrario: una vitalización de la norma más allá de todas las actuales filosofías del derecho; el tema (que ya se encontraba en la fenomenología) de la carne , como lo que resiste a toda incorporación presupuesta; y, por último, una política del nacimiento, entendida como producción continua de la diferencia, contra toda práctica identitaria. Sin poder retomar aquí en detalle los argumentos propuestos, todos ellos plantean una conjugación inédita, mediante la reflexión filosófica, entre lenguaje de la vida y forma política. Cuánto de todo esto pueda ir en el sentido constitutivo de una biopolítica afirmativa todavía no lo podemos saber. Lo que puede hacerse por ahora es señalar las huellas, devanar los hilos capaces de adelantar algo que todavía no emerge en el horizonte.
Por Roberto Esposito
Para LA NACION - ROMA, 2006
Traducción: Edgardo Castro
http://www.lanacion.com.ar/
Etiquetas:
BIOPOLÍTICA,
FILOSOFÍA
Publicado por
Beatriz Campillo
en
0:44
George Bernanos - LA RELIGIÓN DEL PROGRESO
Una idea de George Bernanos (1888-1948):
... La religión del progreso, por la cual se nos había solicitado amablemente que muriésemos, es en efecto una gigantesca estafa a la esperanza.
La ilusión en la amistad
sábado, 22 de agosto de 2009
La ilusión en la amistad
Me he ocupado largamente de la amistad en otras ocasiones, desde hace más de treinta años, desde «Una amistad delicadamente cincelada» (en Ensayos de convivencia) hasta La estructura social y, sobre todo, La mujer en el siglo XX. No quiero repetir lo que ya dije, sino recordar lo indispensable para que sea inteligible el ingrediente de ilusión que la amistad puede encerrar, y que no consideré explícitamente en los libros mencionados.
Es notorio que para muchos hombres -por lo menos en España- la tertulia ha sido una de las principales fuentes de ilusión en sus vidas (y aquí se unen dos palabras casi exclusivamente españolas). La asistencia al café -tal vez en otras épocas al mentidero o sus equivalentes- era el placer cotidiano, que se anticipaba ilusionadamente día tras día (en ocasiones, más de una vez cada día). Para las mujeres, en pueblos y aldeas, era equivalente el mercado, o la charla al ir a la fuente a llenar los cántaros. (Una vez dije en la India, con aprobación vivísima de los que me escuchaban, que el agua corriente en las casas es admirable y deseable, pero que había significado la desaparición de ese rato de tertulia en torno a la fuente, en la plaza, sin que fuera sustituido.) Hay que tener en cuenta las relaciones de vecindad, especialmente en las noches de verano, hasta hace bien poco. El costumbrismo, los sainetes, la zarzuela nos han dejado preciosos testimonios de todo ello.
Se dirá que se trata de formas secundarias de amistad, bien lejanas de las ejemplares que estudiaron griegos y romanos, éstos en tantos tratados De amicitia. Es cierto; lo interesante es que aun en esas formas hay un elemento de ilusión. ¿Por qué? Porque la amistad es siempre una relación humana de carácter individual y desinteresada, no utilitaria. El amigo no es tratado nunca como «cosa», como «algo» de lo que se espera utilidad, servicio, placer, sino como alguien, como persona. Que los amigos se presten servicios, que se obtenga de ellos alguna utilidad, es otra cosa, derivada de una amistad que en principio es desinteresada.
En la tertulia hay el elemento de lo reiterado y lo consabido, cuyo interés mostré antes. Unamuno, en Paz en la guerra, vio esto con perspicacia al describir la tertulia en la chocolatería bilbaína de Pedro Antonio Iturriondo. «Pedro Antonio deseaba el invierno porque, una vez unidas las noches largas a los días grises y llegadas las lloviznas tercas e inacabables, empezaba la tertulia en la tienda. Encendido el brasero, colocaba en torno de él las sillas y, gobernando el fuego, esperaba a los contertulios. Envueltos en ráfagas de humedad y de frío iban acudiendo.» Aparecen los rasgos característicos: deseo, espera, preparativos del escenario, expectativa de la llegada de los contertulios. Y en seguida añade Unamuno la enumeración individual y pormenorizada; cada uno es presentado con una acción o un gesto consuetudinario: lo que hace cada vez que entra en la tienda, aquello con lo cual se cuenta: «Llegaba el primero, soplando, don Braulio, el indiano... Venían luego: frotándose las manos, un antiguo compañero de armas de Pedro Antonio, conocido por Gambelu; limpiando al entrar los anteojos, que se le empañaban, don Eustaquio, ex oficial carlista acogido al convenio de Vergara, del cual vivía; el grave don José María, que no era asiduo, y, por último, el cura don Pascual, primo hermano de Pedro Antonio, refrescaba la atmósfera al desembarazarse airosamente de su manteo. » Unamuno añade todavía un párrafo que subraya, junto al valor de la reiteración, la ilusión que todo ello produce: «Y Pedro Antonio saboreaba los soplos de don Braulio, el frote de manos de Gambelu, la limpia de los anteojos de don Eustaquio, la aparición imprevista de don José María y el desembozo de su primo, y a las veces se quedaba mirando el reguero de agua que corría por el suelo chorreando de los enormes paraguas que los contertulios iban dejando en su rincón, mientras arreglaba él con la badila la brasa, echándole una firma. »
Cabe, sin embargo, un grado superior de amistad, la estrictamente personal, entre dos hombres -o dos mujeres-, que en ocasiones puede extenderse a alguno más, siempre que las relaciones sean rigurosamente personales y no meramente de grupo. En este caso, podríamos decir que la amistad es el concurso de dos vidas -excepcionalmente de más-, esto es, el camino paralelo anticipado y esperado. Las trayectorias vitales se entrelazan (al menos, alguna de las trayectorias de uno con alguna de las del otro). Los amigos se proyectan personalmente juntos, y esa compañía en el mismo argumento de la vida, anticipada y cumplida, que potencia cada una de las vidas individuales, es vivida con ilusión, que puede ser muy viva e intensa.
La condición necesaria es la personalidad de los amigos y de su relación: si esta es tópica, utilitaria, inercial, falta la ilusión. Es lo que sucede en las meras relaciones de trabajo, la camaradería, salvo cuando la repetición cotidiana va personalizando tácitamente la relación, sin que llegue a expresarse y reconocerse como tal. Unamuno, siempre tan penetrante en la exploración de la vida humana, planteó lo que en mi libro Miguel de Unamuno llamé «el hueco de la personalidad» al contar La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez: el narrador ha jugado largo tiempo, silenciosamente, con don Sandalio, sin la menor confidencia, sin saber nada de él ni de su vida aparte del juego; y cuando deja de acudir, cuando sabe que ha tenido desgracias, que está en la cárcel, finalmente que ha muerto, se encuentra con que se le ha muerto don Sandalio, a quien ha imaginado, con cuya presencia silenciosa ha contado día tras día, cuya personalidad ha ido labrando en torno al hueco de ese silencio.
El ejemplo que me parece más luminoso es el de la amistad entre Don Quijote y Sancho. Hay entre ellos una constante transmigración: Sancho se desliza, por decirlo así, en la vida de Don Quijote; el cariño hace que, a pesar de ver su locura, lo tome en serio; se pone en su punto de vista, se asocia a su proyecto de caballero andante, lo comprende y en esa medida lo comparte; pero permanece instalado en su propia vida, en su actitud realista, utilitaria, desengañada, socarrona, en medio de las vigencias sociales dominantes; por eso sirve de intermediario entre la demencia quijotesca y la cordura a ras de tierra de la gente: va y viene, establece una comunicación que permite a Don Quijote circular por el mundo sin que los tropiezos sean demasiado graves. Y, mientras Sancho se quijotiza, Don Quijote asiste en la persona cercana de su escudero a la forma de vida de los que no son caballeros andantes, y no pierde contacto con el mundo que llaman real. Aquella escena inolvidable en que Don Quijote, que no ha visto ni sentido nada montado en Clavileño, frente a los estupendos relatos de Sancho, promete a éste creerlos, con la condición de que Sancho le crea sus visiones en la cueva de Montesinos, es la culminación de esa singular y desigual amistad, transida de ilusión recíproca, que impregna la totalidad del Quijote, que se va transformando y matizando, con fuerte diferencia entre sus dos partes.
Autor
Julián Marías
(1914 - 2005)
Filósofo, escritor, crítico de cine, periodista. Miembro de la Real Academia de la Lengua Española.
Anécdotas de Diógenes de Sinope
lunes, 17 de agosto de 2009
Anécdotas de Diógenes de Sinope
Diógenes fue uno de los más destacados filósofos de la escuela cínica. Los cínicos tomaron como modelos a la naturaleza y los animales, los adoptaron como ejemplos de autosuficiencia y basándose en ello propusieron un modelo de comportamiento ético que consideraban fundamental para alcanzar la felicidad, aunque esto solo era posible mediante una rigurosa disciplina física y mental.
El cinismo es una forma de vivir, pero también de pensar y de expresarse, y como no se han conservado las obras de los primeros cínicos, hoy son conocidos en gran parte por dichos y anécdotas, que fueron transmitidos en forma de colecciones, la más usada es la de Diógenes Laercio, referencia fundamental para el estudio no sólo de los cínicos, sino de gran parte de la filosofía anterior a su autor. Utilizaron recursos literarios diversos donde no faltan la parodia, la sátira, la anécdota o la burla, pero siempre de forma escandalosa y provocadora.
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Cuando Diógenes llegó a Atenas, quiso ser discípulo de Antístenes, pero fue rechazado, ya que éste no admitía discípulos. Ante su insistencia, Antístenes le amenazó con su bastón, pero Diógenes le dijo: "no hay un bastón lo bastante duro para que me aparte de ti, mientras piense que tengas algo que decir".
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Cuando fue puesto a la venta como esclavo, le preguntaron qué era lo que sabía hacer, contestó: "mandar, comprueba si alguien quiere comprar un amo".
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Cuando le invitaron a la lujosa mansión le advirtieron de no escupir en el suelo, acto seguido le escupió al dueño, diciendo que no había encontrado otro sitio más sucio.
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Se decía que Diógenes iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo "Busco un hombre". Y así se refería a que en realidad ninguno nos comportamos enteramente como seres humanos.
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En otra ocasión le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, a lo que respondió: porque piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos.
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Diógenes, el filósofo griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo... Era un hombre hermoso. Alejandro no podría creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo:
"Señor..." - jamás había llamado "señor" a nadie en su vida- "...señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer?"
Diógenes dijo: "Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más."
Alejandro dijo: "Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que no me convierta en Alejandro de nuevo, sino que me convierta en Diógenes".
Diógenes rió y dijo: "¿Quién te impide serlo ahora? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿Adónde van, para qué?".
Dijo Alejandro: "Voy a la India a conquistar el mundo entero".
"¿Y después qué vas a hacer?", preguntó Diógenes.
Alejandro dijo: "Después voy a descansar".
Diógenes se rió de nuevo y dijo: "Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar y relajarte ¿Por qué no lo haces ahora? Y te digo: Si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en medio del camino, en medio del viaje".
Alejandro se lo agradeció y le dijo que lo recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador, pero no le dio tiempo a descansar antes de morir.

