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Implicaciones jurídicas de la investigación en genética humana (Gloria Patricia Naranjo Ramírez)

miércoles, 22 de julio de 2009

Implicaciones jurídicas de la investigación en genética humana
Naranjo Ramírez, Gloria Patricia

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http://dialnet.unirioja.es/servlet/oaiart?codigo=2367480


Localización: http://biblioteca.universia.net/irARecurso.do?page=http%3A%2F%2Fdialnet.unirioja.es%2Fservlet%2Foaiart%3Fcodigo%3D2367480&id=28607120(Revista) ISSN 0120-3886
Mediante la investigación y la experimentación, la ciencia y la tecnología han ido alcanzando cada vez más, y con una velocidad asombrosa, un alto grado de desarrollo que tiende a continuar descifrando los misterios sobre el origen de la vida. Este artículo describe algunos temas de especial relevancia para el bioderecho: una aproximación a éste y a sus principios, el estado actual de las reflexiones en materia de manipulación genética, la libertad de investigación, el Proyecto Genoma Humano y el estatuto jurídico del embrión humano; y reclama, a su vez, un marco normativo destinado a ordenar el accionar de la comunidad científica, con miras a establecer soluciones a posibles conflictos de intereses que se deriven de tan vertiginosos avances.

http://biblioteca.universia.net/ficha.do?id=28607120

Profesores universitarios piden que se reconozca la dignidad de la muerte natural y se potencien cuidados paliativos

Profesores universitarios piden que se reconozca la dignidad de la muerte natural y se potencien cuidados paliativos
14:27 - 27/10/2008


Un grupo multidisciplinar de profesores universitarios de Madrid pidieron hoy, durante la presentación del 'Manifiesto en defensa de la muerte natural', que se reconozca la dignidad de la muerte natural y que se potencien los cuidados paliativos.
MADRID, 27 (EUROPA PRESS)
En el texto, señalan que la vida del ser humano es "inviolable", ya que es "independiente de la situación de edad, salud o autonomía que se posea" y está "radicalmente" vinculada a los derechos humanos fundamentales. Por ello, añaden que el Estado tiene el deber "inexcusable" de protegerla y cuidarla, "incluso cuando su titular parezca no darle valor".
"El supuesto derecho a la autodeterminación de la persona, para disponer de su vida como le plazca, entra en conflicto con el derecho irrenunciable a la vida; su utilización para despenalizar el suicidio asistido y la eutanasia no está justificada, podría incluso poner en peligro la vida de personas que de manera natural aspiran a sobrevivir hasta que les llegue el momento final", añaden.
Asimismo, consideran que la eutanasia y el suicidio asistido son "ética y moralmente reprobables", aunque esta posición "no significa que se haya de practicar ningún tipo de obstinación terapéutica hasta extremos injustificables para la práctica médica".
Así, apuestan por potenciar una medicina paliativa al alcance de todos, que aporte los conocimientos especializados y los avances en cuidados médicos y psicológicos. Esta alternativa es, según estos expertos, "la opción asistencial compatible con una concepción ética del morir".
PIDEN A LOS MÉDICOS RESPETO POR LA VIDA
A los profesionales de la salud les piden respeto por la vida humana y su evolución hasta la muerte natural y advierte de que la inversión del valor de curar o aliviar por el de provocar la muerte, "podría abrir vías cuyos límites son impredecibles".
El manifiesto concluye afirmando que una sociedad que acepta la terminación de la vida de algunas personas, en razón a la precariedad de su salud y por la actuación de terceros, "se inflige a sí misma la ofensa que supone considerar la vida de algunas personas enfermas o intensamente disminuidas".
El documento, firmado, entre otros, por el profesor de Microbiología de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), César Nombela, el profesor de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la UCM, José Miguel Serrano Ruiz-Calderón, o por la profesora de Bioética y Antropología Filosófica de la Facultad de Medicina de la Universidad CEU San Pablo de Madrid, cuenta a día de hoy con unas 4.000 adhesiones.
Además del manifiesto, los expertos han elaborado un documento titulado 'La eutanasia: perspectiva ética, jurídica y médica', que pretende "clarificar ideas y conceptos", y animar a los lectores "a adoptar una postura firme y libre de complejos a favor de la vida y en contra de la eutanasia".

http://ecodiario.eleconomista.es/salud/noticias/826127/10/08/Profesores-universitarios-piden-que-se-reconozca-la-dignidad-de-la-muerte-natural-y-se-potencien-cuidados-paliativos.html

PERSONA Y VIDA HUMANA DESDE LA NOCIÓN DE PERSONA DE XAVIER ZUBIRI

martes, 21 de julio de 2009

Gentileza de http://www.bioeticaweb.com/ para laBIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

PERSONA Y VIDA HUMANA DESDE LA NOCIÓN DE PERSONA DE XAVIER ZUBIRI

Blanca Castilla y CortázarDra. en FilosofíaUniversidad Complutense

1. Fundamentos metafísicos de la antropología

Toda concepción del ser humano tiene unos fundamentos filosóficos que corresponden a una cosmovisión más completa. A lo largo de la cultura europea la constitución metafísica que explicaba la realidad era la composición hilemórfica. Todo ser del universo está compuesto de materia y forma. Desde ahí se contemplaba también al ser humano. En consecuencia se ha venido pensando que la composición más radical del hombre es la de cuerpo y alma (1).
Sin dejar de ser esto cierto, en los primeros siglos de nuestra era se elaboró un concepto que estaba llamado a tener mucha importancia antropológica: era el concepto de persona. Según eso lo más profundo del ser humano no era su alma, con ser ésta inmortal para muchos pensadores. En el ser humano se da una composición más profunda que la de cuerpo y alma señalada por la diferencia entre naturaleza y persona. La naturaleza está compuesta por cuerpo y alma, pero más allá está la persona, con toda su unicidad irrepetible y su innegable dignidad.

2. En torno al concepto de persona

Es difícil explicar en qué consiste ser persona. Todos los humanos participamos de la misma naturaleza. Pero ésta está individualizada en cada uno, dando lugar a un ser irrepetible, en cuyo poder está su propio destino, con capacidad para comunicarse a los demás, y para poderse entregar a ellos.
Quizá las dos peculiaridades más decisivas de la persona son aparentemente incompatibles:
1 ) su irrepetibilidad, que los clásicos denominaban incomunicabilidad (2), y
2) su apertura y relación con los demás, es decir, su máxima comunicabilidad, a través de la inteligencia y de la libertad, que posibilitan el conocimiento y el amor.
Estos poderes de libertad y relacionalidad suponen una dignidad ontológica de una categoría muy superior al resto de los seres del Cosmos. Su estatuto metafísico está más allá de la división del ente en categorías, y más allá de la composición hilemórfica. Tiene que ver con lo que los clásicos denominaron el nivel de la subsistencia y otros el nivel de la transcendentalidad.
Formulada con profundidad a principios de nuestra era, la noción de persona ha sufrido diversos avatares, de tal manera que no hay aún un consenso en cuanto a su estatuto metafísico y no se han sacado todavía las consecuencias que de ello se derivan (3).
En nuestro tiempo son diversos los autores (4) que se ocupan sobre el tema de la persona (5). Aquí nos detendremos en una figura española: Xavier Zubiri. Zubiri articuló toda su obra filosófica en torno a la noción de persona (6) y tiene de ella una honda concepción metafísica (7). La describe como "realidad en propiedad"(8) queriendo dar a entender que la persona, a diferencia de las cosas, tiene como suyas no sólo sus propiedades sino su propio carácter de realidad. La realidad humana es no sólo un simple sistema de notas que 'de suyo' la constituyen, sino que es, ante todo y sobre todo, la realidad la que le es propia en cuanto realidad. La diferencia radical que separa a la realidad humana de cualquiera otra forma de realidad es justamente el carácter de propiedad de su propia realidad. A esta característica la denomina suidad. Así afirma en su última obra:
"Todas las demás realidades tienen de suyo las propiedades que tienen, pero su realidad no es formal y explícitamente suya. En cambio el hombre es formalmente suyo, es suidad. La suidad no es un acto ni una nota o sistema de notas, sino que es la forma de la realidad humana en cuanto realidad"(9).

3. Diferencia entre ser y actuar

Ahora bien, para adentrarnos en el tema que nos ocupa, el de si el embrión humano tiene o no carácter personal, es preciso distinguir entre el nivel ontológico y el nivel operativo, es decir, entre el plano del ser y el del actuar. En la Edad Media, en la que hubo grandes metafísicos, un conocido adagio decía así: "Operari sequitur esse", es decir, el actuar sigue al ser. Y esto es dos sentidos: primero, y es el más evidente, para actuar hay que ser; podríamos decir, en un lenguaje más común: para actuar hay que estar vivo; los muertos no actúan. Pero hay otro sentido de la fórmula que los medievales desarrollaban del siguiente modo: "modus operandi sequitur modus esendi"; cada cual actúa conforme a su capacidad o a su modo de ser.
A veces, para sostener que el feto no es persona se argumenta diciendo que no actúa como tal. Es decir, un feto no tiene aún capacidad de intimidad, tiene un nivel de conocimiento muy limitado, no toma aún decisiones libres, apenas puede comunicarse con los demás. Sin embargo, apoyarse en esto para decir que no es persona no deja de ser una falacia metafísica. Si antes es el ser, y de ahí se deriva el actuar, habrá que tener en cuenta cual es el ser, la ontologia de una realidad, para calificar su realidad. Puede ser que un ser no esté actuando por determinadas causas, por ejemplo, el sueño, y no por eso deja de tener unas características ontológicas.

4. Lo constitutivo y lo consecutivo

Estas diferencias están relacionadas con lo que los filósofos distinguen entre lo constitutivo y lo consecutivo. Dependiendo de las estructuras esenciales de un ser, de ahí deriva su actuar que en cierto modo es derivado. Así, por ejemplo, Zubiri denomina "notas constitutivas" a las características de la esencia (10). Lo consecutivo lo considera Zubiri si no algo extrínseco, sí derivado de unos esquemas constitutivos. Hablando, por ejemplo, de la convivencia, afirma:
"La convivencia no es simplemente una interacción. La interacción sería, en definitiva, algo sino extrínseco por lo menos sí consecutivo a cada uno de los entes que reaccionan entre si; (... ) Evidentemente no es el caso. La convivencia pertenece a la estructura de cada uno de los hombres. Es decir, el hombre convive esencialmente con los demás hombres, esto es, desde sí mismo"(11).
Otro momento en el que afirma que hay algo previo al actuar es al hablar de la libertad. Esta, que parece caracterizada ante todo como algo operativo, está apoyada en una estructura ontológica(12).
Lo consecutivo, en definitiva, se apoya en el ser de otro. Y lo mismo lo operativo. Así, refiriéndose a la persona como suidad afirma Zubiri: "ejecute o no sus acciones, la realidad humana es como realidad algo formalmente anterior a la ejecución"(13).

5. Diferencia entre personeidad y personalidad

En este sentido, y refiriéndose concretamente a la persona Zubiri distingue entre personeidad y personalidad. La personeidad está constituida por lo más profundamente ontológico. La personalidad se deriva del actuar humano. Veamos lo que afirma:
"Ser persona, evidentemente, no es simplemente ser una realidad inteligente y libre. Tampoco consiste en ser sujeto de sus actos. La persona puede ser sujeto pero es porque es persona, y no al revés. También suele decirse que la razón formal de la persona es la subsistencia. Pero yo no lo creo: la persona es subsistente ciertamente, pero lo es porque es suya. La suidad es la raiz y el carácter formal de la personeidad. La personeidad es inexorablemente el carácter de una realidad subsistente en la medida en que esta realidad es suya. Y si su estructura como realidad es subjetual, entonces la persona será sujeto y podrá tener caracteres de voluntad y libertad. Es el caso del hombre"(14).
Como se ve la personeidad es la fuente más profunda del ser de hombre, la raiz de donde nace todo su actuar. Pues bien, en este sentido la personalidad tiene un caracter en cierto modo derivado: "Si llamamos personeidad a este carácter que tiene la realidad humana en tanto que suya, entonces las modulaciones concretas que esta personeidad va adquiriendo es lo que llamamos personalidad. La personeidad es la forma de realidad; la personalidad es la figura según la cual la forma de realidad se va modelando en sus actos y en cuanto se va modelando en ellos".
El actuar es derivado de la personeidad. Eso no quiere decir que los actos humanos tengan poca importancia en el ser humano. Con ellos decide sobre su vida. Con ellos modula su propia personeidad. En ese sentido Zubiri afirma que "la personalidad no es cuestión de psicología ni de antropología empírica, sino de metafísica"(15). No, la personalidad es importante, pero tiene su raíz y fuente en la personeidad.

6. Constitución del embrión humano

A partir de esta distinción Zubiri hace afirmaciones importantes para nuestro tema:
"Se es persona, en el sentido de personeidad, por el mero hecho de ser realidad humana, esto es, de tener inteligencia. Ciertamente el embrión humano adquiere inteligencia y por tanto personeidad en un momento casi imposible de definir; pero llegado ese momento ese embrión tiene personeidad. Todo el proceso genético anterior a este momento es por esto tan sólo un proceso de hominización"(16).
Como se ve, para ser persona en el sentido de personeidad, lo importante es tener las estructuras constitutivas. Cuando se tienen esas estructuras no hace falta el actuar como tal para poder ser declarado persona.
Zubiri añade, sin embargo, algo más. Dice así:
"Al tener, llegado su momento, esta forma de realidad, ciertamente el embrión no ejecuta todavía actos personales; y podría pensarse entonces que esa personeidad carece aún de personalidad. Pero no es así, porque la personeidad no se configura sólo ejecutando actos, sino también recibiendo pasivamente la figura que en esa personeidad decantan los procesos genéticos que se ejecutan por el viviente humano en su proceso de hominización. Cuando este embrión llega a tener inteligencia va cobrando personalidad pasivamente.
En definitiva, desde que el embrión humano tiene esa forma de realidad que es la personeidad, esta personeidad se va siempre modulando a lo largo de toda la vida humanamente constituida. La personeidad se es, y es siempre la misma; la pesonalidad se va formando a lo largo de todo el proceso psicórgánico desde que el embrión humano posee inteligencia, hasta el momento de la muerte. Por eso el hombre es siempre el mismo pero nunca es lo mismo; por razón de su personeidad es siempre el mismo, por razón de su personalidad nunca es lo mismo (17).
Partiendo de estas interesantes palabras habrá que considerar que la personeidad es estructura, anterior a la operatividad. Y como la inteligencia forma parte de esa estructura, habrá que tener en cuenta que el ser humano es inteligente antes de que actúe con inteligencia, que incluso en el ser humano después de nacido no se despierta hasta después de varios años.
La pregunta de cuándo exactamente el embrión tiene los elementos necesarios para considerar que su estructura básica está completa es una respuesta que no puede dar la filosofía sino la ciencia. En el proceso intelectual de Zubiri hubo una evolución que, sin embargo, desde el punto de vista filosófico no es relevante. El pensaba que desde el momento de la concepción ya había persona (18). Sin embargo al conocer que científicamente se admite que hasta los primeros once días se puede producir una división dando lugar a los gemelos univitelinos, esa duda acerca de una verdadera individuación le llevó a dejar sin precisar el momento. Sin embargo su razonamiento es claro: desde que están presentes los elementos constitutivos, aún cuando se vayan configurando pasivamente en su proceso de hominización, ahí, al haber vida humana, hay personeidad y, por tanto, persona humana en su más hondo sentido, y también en su progresiva modulación. Por tanto se puede decir que según el pensamiento de Zubiri el embrión humano tiene personeidad y ya va adquiriendo, aunque pasivamente, personalidad.

7. Persona y vida humana

Respecto al embrión humano son interesantes las declaraciones del genetista Lejeune, cuando se refiere a la información contenida en la primera célula del embrión. Dice así:
"El huevo fertilizado es la célula más especializada que existe en el mundo, puesto que posee instrucciones especiales que subrayan qué segmentos de ADN deben expresarse y cuáles no. Ninguna otra célula poseerá esto en la vida del individuo. Cuando un óvulo fecundado se divide en dos células, se realiza un intercambio de información entre ambas. Cuando se divide en tres células, éstas reciben la siguiente información: somos un individuo. Y, en el proceso de desarrollo, el sistema de subrayado cambia progresivamente, de modo que las células se diferencian y se especializan (...) A decir verdad, durante este proceso de expansión de la fórmula primaria que está escrita en el ser humano no se aprende nada sino que progresivamente se van olvidando cosas. La primera célula sabía más que el estadio de tres células, y el estadio de tres células sabía más que la mórula, que, a su vez, sabia más que la gástrula, la cual sabía más que la línea primitiva y el sistema nervioso primitivo. Al comienzo, no sólo estaba escrito lo que constituye el mensaje genético que podemos leer en cada célula sino también el modo en que debía leerse, una secuencia tras otra. Todo está escrito en la primera célula, y se olvida progresivamente en las demás células de nuestro cuerpo"(19).
Si la primera célula tiene ya toda la información de lo que será el individuo podría concluirse que ahí está ya la personeidad. Lo que resulta indudable es que desde el momento de la concepción hay vida y vida humana.
Cuándo hay vida humana debidamente individualizada ha de decirlo la ciencia (20). La filosofía en eso depende de la ciencia . Lo que sí puede decir la filosofía es que cuando hay vida humana individualizada allí hay persona en sentido constitutivo. Persona en sentido de personeidad. Personeidad que a través de la actuación se moldeará en personalidad.

Notas bibliográficas:

1. Aún hoy esta concepción se sigue defendiendo como la más profunda que pueda concebirse. Por ejemplo en su estudio sobre las nuevas antropologías, Ruiz de la Peña critica sus deficiencias desde la perspectiva de la unidad humana concebida desde la unidad. Cfr. RUIZ DE LA PEÑA, Las nuevas antropologías. Un reto a la Teología. ed. Sal Terrae, Santander 1983, 203-232. En los capítulos anteriores se repasan las antropologías actuales como el existencialismo, la antropología estructural, el marxismo humanista, el reduccionismo biologista, el antropobiologismo, el monismo fisicalista, el monismo emergentista, y la dualidad interaccionista.
2. Este aspecto de la persona es de una importancia indudable y sigue siendo objeto de estudio. Cfr. CROSBY, John F., The incommunicability of human persons, in "The Thomist" 57 (1993) 403-442.
3. Un filósofo que trabaja en esta línea es Leonardo Polo, que desde hace años habla de una antropología, aunque ésta aún no ha visto la luz. Cfr. segunda parte de POLO, Leonardo, Presente y futuro del hombre, ed. Rialp, Madrid 1993; y los artículos: La coexistencia del hombre, en Actas de las XXV Reuniones Filosóficas de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra, t.I, Pamplona, 1991 pp. 33-48; Tener y dar, en Estudios sobre la Enc. 'Laborem exercens', BAC, Madrid 1897, pp. 201-230; Libertas transcendentalis, en "Anuario filosófico" 25 (1993/3) 703716.
4. La preocupacion por el tema de la persona es creciente. Ejemplo de ello es el ya citado Congreso de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA): "Dignidad personal, Comunidad humana y orden jurídíco",que publica sus actas en dos volumenes, ed. Balmes, Barcelona 1994, que recogen las aportaciones de 106 ponentes.
5. Para una historia del concepto de persona cfr. MILANO, Andrea, La Trinitá dei teologi e dei filosofi. L'intelligenza della persona in Dio, Dehoniane, Napoli 1987, pp. 323, recogido también en PAVAN, A., e MILANO, A., Persona e personalismi, ed. Dehoniane, Napoli 1987, pp. 1-286, donde en artículos de diversos autores (V. MELCHORRE, P. SEQUERI, W. PANNENBERG, A. RIGOBELLO, g. CAMPANINI, f. BORNE, P. VALADIER, P. NEPI, J.D. DURAND.) se da una visión del personalismo contemporáneo.
6. En efecto, en 1959 dictó un curso oral Sobre la persona. Después de haberlo impartido como conferencias comenzó a redactarlo como libro. De ese propósito nació el artículo El hombre, realidad personal, publicado en 1963 (El hombre, realidad personal, en "Revista de Occidente", 2ª Epoca, n. 1, (1963) pp. 5-29.). Fue tal la importancia que en su pensamiento tuvo configurar bien qué es el hombre en cuanto persona que, como es sabido, aquel curso y su posterior redacción le condujo a escribir el libro Sobre la esencia, que nació como una nota a pie de página a un tratado de antropología (Cfr. Introducción a Sobre el hombre de Ignacio Ellacuría, Alianza editorial, Madrid 1986, p.XX.).
7. Un amplio estudio sobre su concepción de la persona, sobre todo en sus aspectos relacionases, se puede encontrar en mi tesis doctoral de próxima publicacion: Noción de persona en Xavier Zubírí.. Una aproximacion al genero, ed. Univ. Complutense.
8. ZUBIRI, Xavier, La persona como forma de realidad: personeidad, en Sobre el hombre, o.c., p. 111.
9. ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, Alianza editorial, Madrid 1984, p. 48.
10. ZUBIRI, X., Sobre la esencia, Alianza editorial, Madrid 1985 (1 ed. 1962 en Moneda y Credito) p. 319: "Por tener este esquema constitutivo, delimitado en acto dentro de la propia esencia constitutiva, es por lo que cada esencia individual tiene su esquema constitutivo 'recibido' y 'común'. Los individuos ascendientes o descendientes esto es, la 'ascendencia' y la 'descendencia' en cuanto tales son posibles tan sólo fundadas en el carácter recibido y común del esquema constitutivo".
11. ZUBIRI, Xavier, Estructura dinámica de la realidad, Alianza editorial, Madrid 1989, p.252.
12. ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, o.c., p. 330: "Hay una cosa previa que es ser libre, anteriormente a todo ejercicio de libertad. Es justamente 'libertad en'. El hombre es libre 'en' la realidad en cuanto tal. Por ser justamente de aquella condición en virtud de la cual yo soy mío, me pertenezco a mí mismo y no a otra realidad".
13. ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, o.c., p. 48-49.
14. ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, o.c., p. 49.
15. ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, o.c., p. 50.
16. Ibidem.
17. ZUBIRI, Xavier, El hombre y Dios, o.c., pp. 50-51.
18. Esto parece deducirse de sus afirmaciones. Cfr. Sobre el hombre, o.c., pp. 49-50.
19. LEJEUNE, Jéróme, ¿Qué es el embrión humano?; Documentos del Instituto de Ciencias para la Familia, Rialp, Madrid 1993, pp. 51-52.
20. Las relaciones entre filosofía y ciencia en este punto son fundamentales. Por un deficiente conocimiento de la fisiología en la Edad Media hubo curiosas teorías sobre la animación de los embriones. Cfr. SEIDI, Horst, Sobre el alma racional en el embrión humano según Aristóteles, Alberto Magno y Tomás de Aquíno, en "Espíritu" 44,(1995)157-168.
(Publicado en Cuadernos de Bioética, 31, 3º 1997, PP. 1113-1118)

http://www.mercaba.org/FICHAS/bioetica/persona_y_vida_humana.htm

¿Por qué hablar de Bioética?

Resúmenes (1) Perú Noviembre 2007

¿Por qué hablar de Bioética?

UPCH Lima 14 11 2007 7:00 pm
Carlos A. Gómez Fajardo

La bioética se ha definido clásicamente como “el estudio sistemático de la conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y de la salud, analizadas a la luz de los valores y principios morales” (Reich). También tiene gran sentido humano la aproximación de Durand: “Llamamos bioética a la búsqueda del conjunto de exigencias del respeto y de la promoción de la vida humana y de la persona en el sector biomédico”.
Relativamente es una disciplina de recién nacimiento. En el inicio de la década de los setenta Potter acuñó el uso exitoso del neologismo a partir de las raíces Bios y Ethos. Desde entonces se ha extendido por el mundo el número de instituciones y publicaciones que se ocupan específicamente del tema.
La Bioética es una disciplina académica de carácter racional, humana, secular, interdisciplinaria, global, dialogal, prospectiva. Tiene sus condiciones de sistema, de rigor documental, histórico, metodológico y analítico. Una de sus especiales características es la gran exigencia de la participación interdisciplinar, lo que a la vez es un dato de la complejidad, magnitud y gravedad de los problemas que debe abarcar. Se pueden enumerar algunos de ellos, para calcular los altos niveles de idoneidad que se exige en la formación de un criterio ponderado desde esta disciplina: manipulación genética, trasplantes, nuevas tecnologías en distintas especialidades de la medicina, aborto, eutanasia, eugenesia, justicia en las políticas de asignación de recursos médicos, educación, aspectos medioambientales, bioderecho, ecología.
La bioética no es mero análisis casuístico. Tampoco es estricto análisis jurídico de circunstancias. En el panorama académico contemporáneo se perfilan algunos campos muy definidos en el desarrollo de la disciplina: bioética fundamental, bioética clínica, bioderecho, bioética y ecología.
En el campo clínico puede afirmarse -de modo necesariamente esquemático y parcial- que se han contrapuesto dos visiones bioéticas principales. Una de ellas de tradición primordialmente anglo-sajona: la bioética de la calidad de vida, del utilitarismo, que hace énfasis en el resultado pragmático de los procesos de decisión-acción, en el análisis materialista costo-beneficio, costo-rendimiento, en la cuantificación objetiva de resultados y decisiones. Esta ética suele apoyarse en acuerdos y consensos (ética minimalista) que aspira a reducir a métodos de mayorías el final de las grandes controversias. Algunos autores muy importantes están en el substrato filosófico del utilitarismo: J. Bentham, Fletcher, Engelhardt.
Por otra parte, está presente en el campo de la bioética la visión personalista realista, que re-afirma el ethos hipocrático clásico de la medicina entendida como un quehacer humano y científico que propone el bien total de la persona. El ethos del acto médico es el servicio y la promoción del bien de la persona en un marco de respeto por su dignidad. Bajo esta premisa, sin dejar de tener en cuenta muchos de los otros aspectos que hacen parte del análisis metódico de las nuevas realidades tecno-científicas, se entiende la importancia del tema de la dignidad intrínseca de la persona humana, especialmente en sus condiciones máximas de fragilidad (inicio y fin de la existencia). Se afirma el valor fundamental e inalienable de la persona, su dignidad expresada en el imperativo kantiano: la persona es siempre fin en sí misma, nunca medio. Además de ello, no dejan de ser tenidos en cuenta datos como la vinculación esencial de los términos “libertad-responsabilidad”, el valor de lo subjetivo en las relaciones interpersonales, la dimensiones de unitotalidad (cuerpo-espíritu) de la persona, el YO como algo irreductible a la noción de cifra, a estructura neuroanatómica ó a número; las dimensiones sociales y de subsidiariedad presentes necesariamente entre los hombres, y otros principios, como el de la totalidad o principio terapéutico. La tradición académica y filosófica de este enfoque se nutre de múltiples pensadores que coinciden en aproximaciones de naturaleza personalista realista (Kierkegaard, Mounier, Marías, Zubiri).
Se propone una actitud de respeto y de prudencia (phrónesis) ante la complejidad de las decisiones que se exigen cada vez con mayor premura y urgencia en el campo de la práctica clínica. Todo ello fundamentado en el reconocimiento de una antropología que abarca las dimensiones totales de la persona y con una vocación permanente de escucha y de diálogo a todas aquellos sectores del saber y del quehacer humano que tienen algo pertinente y documentado para aportar sobre los grandes problemas contemporáneos.

Panfleto contra natura

lunes, 20 de julio de 2009

Ensayo

Panfleto contra natura

A continuación el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince distingue entre ecolatría y ecología: dos términos que pueden fácilmente confundirse en la defensa de la naturaleza y de la pluralidad cultural

Héctor Abad Faciolince*



Claudio Perna. Homo-cosmicus, 1989-1990

Todo el mundo habla de las maravillas de la naturaleza; casi nadie recuerda sus horrores. El registro fósil y las investigaciones de los biólogos nos demuestran que de todas las especies que han existido sobre la tierra, más del 99% se han extinguido. En la extinción del cretácico todos los animales de más de 25 kilos desaparecieron. Las glaciaciones del paleolítico también fueron aterradoras y el frío terminó con miles y miles de especies; al hombre moderno le tocaron algunas; imagínense a la tierra cubierta por una costra de kilómetros de hielo; se helaron las plantas que comían los animales, se murieron los animales y las plantas que los hombres comían. La pelea por la supervivencia tuvo que ser aterradora y en algunas partes del planeta el ser humano, un animal frágil, sobrevivió gracias a su hoy tan denigrada inteligencia.

Millones de especies vegetales y animales han desaparecido. Y no por culpa del hombre, pues la inmensa mayoría de estas especies se extinguieron mucho antes de que el homo sapiens hiciera su aparición en Africa. La naturaleza es ciega y carece de piedad: una erupción destruyó a Pompeya, un terremoto acabó con Lisboa, el deslumbrante nevado del Ruiz borró del mapa a Armero. La armoniosa ciudad de San Francisco, se sabe, será un día tragada por el mar. Y no por culpa del hombre —insisto— sino a pesar de los esfuerzos del hombre por evitarlo. Para el ser humano el estado de naturaleza es demasiado duro, casi aterrador. Muchos hombres de hace 30 mil años eran ya unos ancianos a los treinta años: sin dientes, con caries espantosas, los huesos de la mandíbula carcomidos por los abscesos, con rastros de infecciones terribles en el cráneo y en el tímpano. Guardémonos de mitificar el pasado, olvidémonos de las pías historias que pretenden hacer pasar el estado de naturaleza por un paraíso. Al contrario. El hombre sin cultura, el hombre a la merced de los caprichos de la naturaleza, el hombre de la absoluta pobreza material y cultural, es un hombre, también, de una inmensa pobreza espiritual. La razón es muy simple y muy triste: el ser humano anterior a la agricultura y a la técnica (no se nos olvide que un hacha de piedra, un bumerán o una cerbatana son también tecnología), el hombre primitivo, se ve obligado a dedicar prácticamente todo su tiempo a una sola cosa: la consecución del alimento. Sin tiempo libre no florecen las artes, ni los inventos, ni la medicina, ni la magia, ni la culinaria, ni las herramientas, es decir, todos esos objetos no naturales que forman parte importante de lo que llamamos cultura.

Es cierto, tenemos el deber de conservar la naturaleza. Pero estamos obligados también a combatirla, a intentar contrarrestar sus efectos nocivos sobre el hombre, sobre las plantas, sobre los animales. Una especie de ecología mística —que el filósofo español Fernando Savater ha bautizado como ecolatría— ha hecho que la naturaleza se lleve toda la buena prensa. Los místicos religiosos y los idólatras de la naturaleza comparten una convicción de fondo: el malo es el hombre.

Hay razones sensatas de cierto ecologismo. Como dice Savater, al universo le da lo mismo que la tierra sea "un desierto radiactivo o una fértil pradera, pero a nosotros no". En todo caso, entre los ecólogos sensatos y los ecólatras fanáticos hay mucho trecho. Los primeros proponen un desarrollo racional y sostenible; los segundos pretenden devolvernos a la edad de piedra.

Esta ecolatría, mezclada con buenos sentimientos y con una excesiva atención a lo políticamente correcto, ha difundido también la idea de culturas naturales ingenuas, buenas e incontaminadas, que vivirían en perfecta armonía con la naturaleza. La palabra armonía suena bien, pero no siempre es conveniente. No siempre la incapacidad de intervenir en la naturaleza significa "respeto por la naturaleza". En la naturaleza —por ejemplo— se dan, naturalmente, las pestes, los parásitos, las inundaciones y las sequías: oponerse a ellas mediante la medicina, los diques y el riego es un procedimiento cultural, antinatural, y benéfico. Los antibiótios producen matanzas inclementes de microbios, y se oponen al curso "natural" de la muerte por una infección.

Hay un rasgo natural del hombre, de todos los hombres, que es importante destacar. Todos los humanos tenemos un patrimonio común, el fundamental, el que nos hace tan distintos de las otras especies y tan asombrosamente parecidos entre nosotros: nuestro patrimonio biológico. La materia cerebral bioquímica es común a todas las personas; la herramienta que tenemos para pensar es muy parecida en todos. Judíos, quechuas, arios, mongoles, africanos, tenemos todos una maquinita biológica asombrosamente parecida: el cerebro de un niño de cualquier grupo humano está en condiciones de aprender cualquier lengua, de asimilar cualquier costumbre, de introyectar creencias y conocimientos de las más dispares culturas humanas. Ninguna teoría racista ha resistido los rigores de la prueba. El patrimonio genético de cualquier ser humano le permite asimilar los valores y costumbres de cualquier cultura. No hay razas ni culturas ni lenguas humanas puras, afortunadamente. La genialidad es escasa, pero se da en todas partes y tiene todos los colores de la piel.

Nuestra innegable unidad biológica, sin embargo, no garantiza que en todo tiempo y en todo lugar los seres humanos produzcan culturas equivalentes. El atraso comparativo e innegable que se aprecia en ciertas culturas, no es cuestión del patrimonio genético. Toda cultura tiene, sin duda, rasgos destacables, descubrimientos prácticos o artísticos o espirituales que pueden ser valiosos para los hombres de otras culturas en ciertas circunstancias. Cuando en el siglo XV la condesa Chinchón se curó de la malaria con la quina de los indios peruanos, y cuando luego divulgó los efectos curativos de esa planta en todo el Viejo Continente, los enfermos de los palúdicos pantanos de Italia curados por la planta no se quejaron de intromisión cultural quechua en sus costumbres. No, ellos sustituyeron sus medios autóctonos y mágicos de curación (como eran los rezos, los amuletos y las estampas de santos) por el más eficaz método de los prácticos indígenas americanos.

Hay culturas refractarias y culturas hospitalarias. Culturas que no se sienten despojadas cuando asimilan, imitan, copian logros de otras culturas. Como escribe Robert Hughes, "hay culturas que viven gracias a su eclecticismo, su poder para la imitación lograda y su capacidad para absorber formas y estímulos extraños". Pero hay también culturas que, con el renacimiento del localismo y con el auge, en algunas regiones, de la enfermedad moral del nacionalismo, se vanaglorian del encierro en sí mismos y tienen la tendencia a exaltar lo propio por el solo hecho de ser propio. No se puede exaltar lo propio por el mero hecho de serlo. Que algo sea autóctono no es garantía de su bondad. Tampoco somos pueblos bobos e inocentes a la merced de las influencias del norte. Por supuesto, como dice el mismo autor, no debemos caer en el "servilismo cultural (creer que nada en la cultura local tiene valor hasta que reciba el beneplácito exterior) ni tampoco en la descarada postura defensiva, el pavoneo cultural, en la que uno pretende que nada de lo que se hace fuera de aquí es relevante para nosotros". En palabras corrientes: ni arrogancia ni complejo de inferioridad.

Desaparecen las especies naturales. Y las culturas también. De la imponente y altiva civilización romana quedan apenas algunas ruinas ilustres y algunas normas del derecho civil. El latín es una lengua muerta, y ya casi nadie invoca los dioses a los que los romanos les rezaban. Así como el español es un latín mal hablado, tal vez el culto a la virgen sea también la transformación o el residuo de una divinidad femenina, celta o romana o indígena o todas a la vez. De los indios aburraes que alguna vez poblaron el valle donde hoy queda Medellín, no quedan ni las ruinas. Las costumbres sanguinarias de las tribus bárbaras del norte de Europa también se han extinguido. No todas las culturas son equivalentes ni todas sus costumbres —por auténticas que sean, y por arraigadas que estén— defendibles. La aterradora cultura del nazismo fue derrotada en la segunda guerra mundial por una alianza soviética, europea y americana. Los nazis fueron un cáncer de la cultura alemana, pero por fortuna con la caída de Hitler fue derrotada una de las peores pestes culturales que ha producido la humanidad.

El respeto por la diferencia no puede significar el absoluto silenciamiento de la crítica. La crítica de una cultura a otra no es una manifestación de intolerancia sino un intercambio de ideas y una disputa de valores. La intolerancia, así como el menosprecio y el paternalismo, se disfrazan muy a menudo de eufemismo, es decir, de buenas maneras, de corrección política. Así como al familiar bobo o loco ni siquiera lo contradecimos, no atacar ni contradecir ciertas costumbres de otras culturas equivale a tratarlas como si fueran bobas o locas, incapaces de resistir una crítica. Cuando un europeo o un latinoamericano criticamos la práctica de la extirpación del clítoris que se acostumbra en algunos pueblos árabes y africanos, cuando una compañía aérea extranjera critica el hábito de los varones colombianos de emborracharse en los aviones o cuando un periodista africano critica a Europa por la ridícula y desquiciada fabricación de ídolos de la farándula o de la aristocracia que realizan los medios de comunicación occidentales, en todos estos casos, estamos haciendo un intercambio cultural enriquecedor.

Este intercambio crítico y creativo es más posible hoy que nunca. Hoy, ahora, en este siglo, en nuestro denigrado, pero maravilloso siglo XX.

Para cualquier cultura, sería gravísimo, incluso suicida, tratar de ignorar las posibilidades de intercambio y de enriquecimiento cultural que ofrece el siglo XX. No vayamos a desdeñar por superfluos la ciencia y el arte; cuidado volvemos la espalda con desdén a los logros de otros pueblos. En este gesto de desprecio revelaríamos temor, envidia, e incluso estupidez. Vivimos en un mundo mezclado, intercomunicado, deliciosamente impuro y sometido a múltiples influencias. Nadie quiere una humanidad uniformada y homogénea, ni siquiera los más imperialistas, y aunque la quisieran no la lograrían.

Ahí está, afuera, adentro, en muchas partes, la cultura, las culturas, ofreciéndose para que nosotros tomemos algo de ellas, de cualquiera de ellas. Stravinsky toma ritmos de América, Picasso copia formas africanas, nosotros usamos computadores japoneses. Sin temor, sin complejos. No olvidemos lo que alguna vez dijo Antonio Machado: "La cultura no es caudal que se aminore al repartirse. Su defensa lleva implícita las dos más hondas paradojas de la ética: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da".



______________*Narrador colombiano

http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N1/imagenes/N1/contenido02.htm

Nota

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Medellín, Antioquia, Colombia
Magister en Filosofía y Politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana. Diplomada en Seguridad y Defensa Nacional convenio entre la Universidad Pontificia Bolivariana y la Escuela Superior de Guerra. Docente Investigadora del Instituto de Humanismo Cristiano de la Universidad Pontificia Bolivariana. Directora del Grupo de Investigación Diké (Doctrina Social de la Iglesia). Miembro del Grupo de Investigación en Ética y Bioética (GIEB). Miembro del Observatorio de Ética, Política y Sociedad de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del Centro colombiano de Bioética (CECOLBE). Miembro de Redintercol. Ha sido asesora de campañas políticas, realizadora de programas radiales, así como autora de diversos artículos académicos y de opinión en las áreas de las Ciencias Políticas, la Bioética y el Bioderecho.

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